Wednesday, August 23, 2017

Vivir en Caracas es para Gente que Toma Coca Cola Normal


Cuando viajo fuera de Venezuela la pregunta más frecuente que me hacen es que cuando me largo. Siempre contesto: “¡Pero si acabo de llegar!” Toda mi vida he estado de acuerdo con aquella frase que dice que un huésped es como el queso que comienza a oler después de unos días y quizás mis anfitriones ya andan hartos de mí. Pero esa no es la intención de la pregunta, por supuesto. Ya estoy acostumbrado a que a donde quiera que vaya se me pregunte que cuando me largo de Venezuela. 

He llegado a la conclusión de que una mentira blanca siempre ha sido la mejor respuesta. Siempre contesto: “Tengo pensado irme a España el año que viene”. No es verdad y no estoy totalmente seguro de que la gente se lo crea, pero por lo menos les alivia la respuesta. Verán, decir que no tengo planes inmediatos para salir de mi casa no solo causa alarma, sino también preocupación, asombro y descontento. No está de moda decir que uno se queda porque aquí es donde vive. 

Yo comparo todo esto con la llegada de la Coca Cola Light a nuestras vidas. Cuando llegó el refresco sin azúcar no se llamaba así. Se le conocía simplemente como “Coca Cola de dieta”. Fue un fenómeno porque la gente en la onda fit (y el gordito consciente) todavía podían darse el gustazo de un refresco mientras contaba sus calorías. El marketing se aprovechó de ello, le cambió el nombre a algo más sexy como “Light” y se encargó de que la lata se montara cual Tongolele en el sitial de honor y destronara a la Coca Cola de toda la vida. 

¿Qué sucedió? Que a quienes tomábamos Coca Cola nos comenzaron a fastidiar la vida. Los mesoneros se vieron obligados a preguntarnos: “Light o normal?” y nosotros a contestar que queríamos la “normal”, la de la gente gordita pues. El fenómeno de lo “light” fue tal que a nadie se le ocurrió que lo normal era llevar la Coca Cola con sabor original a la mesa y lo extraordinario era el dietético. Tal fue el éxito, que un día sencillamente dejaron de preguntar y simplemente asumieron que toda persona adulta siempre, siempre, siempre se tomaría una Coca Cola Light. 

Nota: Si alguien no ha tomado refresco en su vida y no entiende esta referencia, sustituya “Coca Cola” por “gluten”. Es lo mismo. 

Así ha ocurrido con el Plan B de la emigración en Venezuela. Ya que todo el mundo se fue, se asume que los que se quedan se van en algún momento. Cuando todas las noticias que salen de acá son fatídicas, lo anormal es quedarse. Por eso mi analogía con la Coca Cola light. ¿En qué momento lo normal se convirtió en lo extraordinario? 

Ahora, ¿por qué miento? ¿Por qué creo que es mejor decir que me voy a España? Pues, porque no es fácil explicar que uno se quede inmóvil en un mundo que no es light. Cierto, vivo muerto de miedo, no sé cuándo será mi próximo asalto, voy al mercado a comprar mayonesa y no Mavesa y ya perdí la cuenta de a cuantos restaurantes no puedo ir porque no puedo costeármelos. La señal de Internet es una sugerencia, la luz va y viene y hoy el filtro de la nevera se dañó y sale agua amarilla. Mi cuenta bancaria es un chiste, mis proyecciones de vida dejaron de ser de seis meses y pasaron a ser de seis horas, y estoy más que seguro de que si a mí me dan la banda presidencial, yo haría cien veces mejor el trabajo de Nicolás Maduro. 

¿Es horrible vivir en Caracas? Depende. No es fácil ver tu ciudad en llamas, ni manejar por un lugar donde hace apenas un par de horas asesinaron a un estudiante. No da gusto tener que salir a la calle a protestar y devolverte porque te bombardearon. Es triste sentirse aturdido por un silencio nocturno en una ciudad que siempre se caracterizó por ser bulliciosa. Pero no quiere decir que sea anormal vivir aquí. De hecho, es más normal de lo que se piensa. En toda guerra la gente nace, se gradúa y se casa. Caracas no ha dejado ni dejará de existir porque el chavismo la mató. 

Un día normal en mi vida no tiene nada de extraordinario. Todas las mañanas me despierto y me hago un café. Miro al Ávila y a las guacamayas volar. A los periquitos les pongo cambur en el balcón, el cual no se comen porque debe ser que yo soy un nuevo inquilino y todavía no me tienen confianza. Observo los pocos carros que transitan y me pregunto cuál de ellos anda en una de carpool karaoke y cual otro está de mal humor. Me baño, me visto y me siento en mi oficina a escribir o cuando tengo radio, me voy a la radio. Almuerzo, duermo siesta. Pienso que debería subir el cerro, pero recuerdo que soy un flojo. Escribo un poco más, pienso en un chiste para Instagram, hablo con mis amigos en WhatsApp, me tomo una copa de vino blanco y veo la tarde caer. Si no me lo pienso mucho, salgo a un restaurante y si es viernes me voy a mi bar favorito. Me tomo mis traguitos y regreso a casa a dormir. 

Y eso es lo que no me entienden afuera. Existe una normalidad tacita dentro del caos que suscitó todas las protestas y dentro de la escasez y la anti política. La gente sale. “No, Toto déjate de vainas, en Caracas no sale nadie”, me pueden decir. Es cierto, pero primero hay que definir “salir”. Si por salir significa hacer lo que yo hacía antes que me podía pasar por tres discotecas, terminar en un antro flamenco y después salir a la playa, mira pues no. Y tampoco estoy interesado en hacerlo. Se llama temor al ratón producido por la vejez. Algo que seguramente comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera. Ahora, si por salir significa sentarse en un café a comerse un cachito o ir al cine a distraerse, mira sí. La gente así sale. Algo que también comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera... mentira, afuera no hay buenos cachitos. 

Claro, a todo eso hay que añadirle el pandemonio del bachaqueo, la ruta de la seda para buscar medicinas, la histeria que causa una cadena nacional cuando estás oyendo tu programa de radio favorito y el descenso a Mordor que significa entrar a Twitter. Eso es vivir en Caracas. Aquí se juega a ser normales, pero en realidad estamos todos locos. Y explicar eso es tan difícil como decirle a alguien que la Coca Cola Light no es lo mismo que la Coca Cola normal. Por más que te refuten diciendo que sabe igualito, uno sabe que eso no es verdad.

Pero bueno, así que España ¿no? 

Tuesday, August 22, 2017

El Toto Eclipse of the Heart


Ayer cumplí 38 años. También hubo un eclipse. Los astrólogos me amaron. Había uno que quería bañarme en formol y estudiarme, pero le dije que no porque ya yo me había bañado en la mañana. Aparentemente es un fenómeno y a la persona que cumple años el mismo día de un eclipse le pasan cosas interesantes. Ya han pasado 24 horas y hasta ahora no me ha ocurrido nada significativo. Mentira, me comí tres chocolates de leche. Quizás eso no sea un momento guao pero de repente hay una gordita a dieta que le parecería lo máximo comerse tres chocolates de leche. 

Confieso que este último mes me han pasado cosas que podrían etiquetarse como cerradas de capítulos. Viajé a Miami recientemente a celebrar mis 20 años de graduado del colegio. La celebración habría sido en Venezuela con la salvedad de que al menos 20 de los 54 que nos graduamos en esa promoción viven en Florida y era o celebrarlo allá o abrir una botella de vino y celebrarlo por Skype. No es fácil perder a tus amigos. Estoy en un chat con 18 amigos y antier se fue el penúltimo de Venezuela. Ahora solo quedo yo. Soy oficialmente Wall-E. 

El reencuentro estuvo bueno. Hay algo de los amigos del colegio que no lo tienen los demás grupos de amistades. Yo creo que fue tanto el sudor acumulado en los recreos que nos unió como una especie de pacto de sangre. O pacto de sudor en este caso. Lo cierto es que con ellos pasan cinco minutos y todos volvemos a tener una camisa escolar. Claro, la camisa está un poco más ajustada porque estamos todos acabados. Pero las personalidades son exactas a cómo éramos hace 20 años. La de moral dudosa sigue buscando hombre, el que todos sabíamos que iba a ser millonario está considerando comprarse un avión y yo, bueno yo sigo siendo un inseguro con necesidad de aceptación. 

Después de ahí, volé a Portland, Maine a asistir a los 100 años del campamento de verano donde fui por más de 15 años. ¿15 años, Toto? ¿Quien es lo suficientemente pegado como para meterse en un bosque a hacer pipí en los árboles? Pues yo. Algo de ese lugar me atrajo lo suficiente como para que piense todos los días en volver y por fin pude hacerlo. Mis sueños están ubicados ahí, casi todas mis contraseñas estuvieron relacionadas en algún momento con el campamento y sentía que tenía que regresar. Al pisarlo de nuevo me puse a llorar. Muy trágico, lo sé y lo hice en privado porque tampoco es que es un drama de Raúl Amundaray. Pero volver a un lugar al que llamé mi casa por tanto tiempo y encontrarlo exacto a cómo lo dejé fue una sensación increíble. Pasar un fin de semana rodeado de amigos que ni Facebook adivinaría que tienen una conexión es una de las cosas más sensacionales que me han pasado. 

Así que lo podemos llamar un cierre de capítulos. La vida es tan cursi que decidió hacerme una limpieza de historial para esta nueva etapa que apenas comienza. No creo mucho en eclipses y con los astrólogos solo estoy de acuerdo cuando me dicen que los nacidos el 21 de agosto tienen un problema con la autoridad. Eso es totalmente verdad. A mí siempre me ha gustado esto de ser un espíritu libre. Encadenado al Wi-Fi claro pero libre al fin. 

No sé por qué razón pero siento que me viene una mudanza pronto. De casa, de vida, o de lo que sea pero cuando uno sabe que algo le va a pasar, pues generalmente ocurre. Es como un TOTO Eclipse of the Heart, lo que sientoYo mientras tanto hago mi maleta. Si no me pasa nada más interesante que los tres chocolates que me comí esta mañana, pues deshago la maleta y ya. Pero hay una aventura por ahí. Espero poder contar nuevas historias en este nuevo capítulo de mi vida. Y si no es así, ¡pues que venga pronto un nuevo eclipse porque guillo!- 

Friday, February 5, 2016

Cómo Deshacerse de una Rata en 30 Pasos (No Muy Varoniles)


  1. Descubrir la rata
  2. Ignorarla
  3. Considerar mudarte de casa
  4. Revisar tu cuenta bancaria y dar por concluido que no te vas a poder mudar de casa
  5. Volver al lugar donde se encuentra la rata
  6. Cuestionar entre tus nauseas el porqué es tan grande
  7. Agarrar una escoba y una pala porque vamos, ¡tú eres un hombre y tu puedes!
  8. Tocar ligeramente la cola de la rata con la escoba para ver si está viva
  9. Salir corriendo hacia el otro extremo de tu casa porque puede haber un 50% de posibilidades de que esa condenada esté viva
  10. Respirar profundo
  11. Volver al lugar donde se encuentra la rata
  12. Asomarse no vaya a ser que las probabilidades incorrectas se hayan dado 
  13. Respirar profundo
  14. Agarrar la escoba y con los ojos muy cerrados y sin respirar intentar barrer la rata hacia la pala
  15. Salir corriendo hacia el otro extremo de la casa ante el primer indicio del despertar de una mosca que dormía plácidamente en la oreja de la rata
  16. Respirar profundo 
  17. Ver periódico sobre una mesa y agarrarlo con la idea de tapar la rata
  18. Lanzar el papel periódico sobre la rata
  19. Maldecir que el periódico no es lo suficientemente pesado como para caer con gracia sobre la rata
  20. Mover el periódico con el pie para tapar a la fallecida
  21. Arrastrar la pala por debajo del periódico hasta sentir que toca el cuerpo de algo parecido a un mastodonte
  22. Tras comprobar que no se puede mover más la pala, colocar la escoba encima del periódico. 
  23. Apretar con fuerza la pala y presionar duro la escoba
  24. Decir en voz bajita: “Aquí fue”
  25. Sin dejar de presionar, levantar la pala y la escoba al mismo tiempo 
  26. Dirigirse hacia la basura más cercana
  27. Gritar: “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Coño de la madre!” o cualquier otra vulgaridad favorita que desee emplear en el momento hasta dejar caer el periódico y la rata dentro de la basura
  28. Soltar la escoba y la pala y tapar la basura lo más rápido posible 
  29. Salir corriendo hacia el otro extremo de la casa para sacudirse los hombros en asco
  30. Felicitarse por ser el hombre de la casa. 


Monday, August 3, 2015

Las Narco Piñatas de Hoy


He asistido recientemente a una de las experiencias más terroríficas de mi vida. Me encantaría decir que fue una citación en el SENIAT por un error en la declaración de mis impuestos, una visita al proctólogo o una visita al mercado justo en el momento en que llegó la harina P.A.N. Nada de eso, he decidido que nada me ha dado más miedo en esta vida que acudir a las piñatas de hoy en día. 

Yo no tengo hijos por lo cual mi presencia en una piñata es sospechosa. Algo así como Sascha Fitness en un McDonald’s. Lo que sí tengo es una abundancia de sobrinos en edad para festejar sus cumpleaños en fiestas infantiles y se espera que el tío asista, pues. Lo que no me espero de estas fiestas es darme cuenta de cómo han cambiado. Las piñatas de mi época eran seis imberbes intentando tumbar una figura de cartón que mi mamá insistía era el Pájaro Loco. Las de hoy llevan más producción que el video “California Girls” de Katy Perry y si no fuera por la respetable moral de sus padres, creería que estoy en una fiesta en casa del hijo de Pablo Escobar. 

La primera diferencia que noto es en la invitación a la piñata. Antes uno iba a una librería y compraba una tarjeta donde decía “Te invito a mi fiesta” y rellenaba las casillas de la fecha, hora, y la dirección. Ahora, las invitaciones son una producción en tercera dimensión que escupen escarcha, tienen fondo musical y casi que te sacan la sangre. Algunas tienen indicaciones como “trae tus patines” o “ven en ropa cómoda”, aunque mi favorita de todos los tiempos sería: “no traigas a tu cargadora, trae a tu mamá y que no sea floja”. 

Todas las piñatas vienen ambientadas con un tema. No es que Marcela Josefina cumple cinco años, es que la Princesa Marcela Josefina ha llegado a la edad casadera en el reino e invita a todas las doncellas a una tarde de té donde se harán masajes reductores, gozarán de servicios de peluquería, jugos detox y ayuda psicológica. Me parece chévere que el tema sea de princesas, ¿pero por qué las mamás se empeñan en regalarles a sus hijas una tarde típica de mujeres divorciadas? 

Ni siquiera los juegos son como los de antes. Cuando yo era niño ponían siete sillas juntas y jugábamos a las sillas musicales. Nos vendaban los ojos y le poníamos la cola al burro; jugábamos a la ere; nos embadurnábamos de lodo; y cantábamos “Mi Amigo Félix” de Enrique y Ana como si estuviéramos en un concierto en El Poliedro. En las piñatas de hoy, los niños se montan en naves espaciales, tazas de té, carruseles, y montañas rusas. No lo critico, es solo que me doy cuenta de que yo nací en una era totalmente pichirre y que mi mamá era pobre. 

Pero la mayor diferencia es la piñata. Madres, ¿puede existir una peor canción que “dale, dale, túmbala pa’l suelo, queremos caramelo?” ¿Dónde están los gritos violentos de mi época tipo “¡María Joaquina apártate que Félix te va a dar un palazo!” Y mi otra pregunta es, ¿por qué no se ha creado un sindicato infantil en contra de las cargadoras recoge regalos?

En mi época recoger los regalitos que caían de la piñata era un arte. Yo envidiaba a las niñas porque tenían falda y podían meter más cosas debajo de su vestido. Pero ahora me doy cuenta de que las cargadoras se lanzan en el juego y son unas dignas contrincantes de Los Juegos del Hambre. Miren, competir contra otros niños para agarrar pistolitas de agua, caramelos surtidos y serpentinas es una cosa. Pero tener que competir con una mujer adulta, vestida de santera, con uñas largas es como para voltearse a donde está tu mamá y decirle: “¿Qué haces ahí parada? ¡Ayúdame!” 

Todo esto me parece terrorífico. Pero nada peor que los regalitos de salida que ahora, por niches, se llaman “cotillón”. Antes te daban un marca libros, un yo-yo o si era una fiesta de millonarios ecológicos, un pececito que se moría al llegar a tu casa. Pero ahora los niños salen de ahí con un sable de La Guerra de las Galaxias que funciona, una máscara africana traída de Namibia o las llaves de un apartamento en La Lagunita. 

La mejor piñata que yo fui en mi vida fue la del un niño cuya madre nos mandó a todos a venir en traje de baño, nos dio un tobo llenos de bombitas de agua y dijo: “Destáquense”: Yo solo espero que con tanta parafernalia, producción y coreografía empleada, los niños de hoy gocen igual que yo disfruté mi infancia. A fin de cuentas, no son las piñatas a las que asistí las que recuerdo, sino lo mucho que gocé  en ellas con tan poco material P.O.P.-

Tuesday, June 16, 2015

Juguemos a Palito Mantequillero



Uno de mis juegos favoritos cuando yo era chamo se llamaba “Palito Mantequillero”. Este juego consistía en nombrar a un capitán para que escondiese la ramita de un árbol en un lugar sin que el resto de los niños lo viéramos. Cuando ya estaba escondida, todos salíamos en su búsqueda y el capitán nos señalaba con la palabra “frío” si estábamos muy lejos del lugar donde escondió el palito o “caliente” si a su vez estábamos muy cerca del sitio. Cuando alguien encontraba el palito mantequillero, le tocaba el turno de ser capitán y el juego volvía a comenzar.

Lo que jamás imaginé es que en mi vida adulta tendría que jugar a lo mismo para conseguir productos de primera necesidad. Todos los días debo someterme a esta modalidad de juego para comprar detergente, afeitadoras o harina. Solo que ahora al capitán se le conoce como “bachaquero” y el palito ahora es un pote de leche o un champú. Las palabras del juego también cambiaron; “caliente” ahora es “pitazo” y “frío” es “No, mijo”. Hasta el nombre del juego varió. Principalmente porque la mantequilla es difícil de conseguir.

A falta de políticas serias, los venezolanos estamos sometidos diariamente a todo tipo de juegos infantiles. Para evadir los huecos en las calles debemos saltar en un solo pie como lo hacíamos en “El Avioncito”. Con el hampa –quien tiene 17 años invicto en el juego “Policías y Ladrones”– debemos jugar a “La Ere” y si ocurre una protesta e interviene la Guardia Nacional, nos toca jugar “Quemado”. A menos que llegue el SEBIN a nuestras casas, en cuyo caso es mejor optar por el “Escondite”.

Suena ridículo, pero no es mentira que el Gobierno de Nicolás Maduro nos trata a todos como si Venezuela fuera una guardería. Adivina, adivinador ¿a qué juega el TSJ? A “La Gallinita Ciega”. ¿A qué juega Ricardo Sánchez? A saltar la cuerda. ¿A qué juega Diosdado Cabello? Diosdado no juega.

Tomemos las elecciones parlamentarias. No importa que la MUD sienta predilección por el pasatiempo de “halar la cuerda”, todas las semanas el CNE nos dice que está más cerca de anunciar la fecha de la elección. “Falta poco”, anuncian… “En dos o tres semanas la damos”… Nos acercan pero nos mantienen alejados, lo cual es la premisa completa del juego “1, 2, 3 Pollito Inglés”.

Y así es con todo. ¿Nadie jugó a “Cero Contra Por Cero”? Este era un juego donde uno de los jugadores se colocaba inclinado hacia adelante con las manos en las rodillas y la barbilla recogida. Luego el resto de los participantes saltaba por encima de este jugador. Llámenme loco, pero ¿eso no es lo mismo que hacen los bolienchufados con todos los que debemos pedir cita para nuestros trámites?

El problema, como aprendimos desde pequeños, es que con mucho juego y poca educación nadie se beneficia. Lamentable entonces que el Gobierno ignore esta premisa. Si por cada vez que Nicolás Maduro culpase a la oposición, a los Estados Unidos o a la otitis por los problemas del país, tendría suficientes “papas calientes” como para alimentar a miles de niños en nuestros  colegios. Tremendo lío estamos entonces, cuando el máximo líder siempre es el más acuseta. Pues así estamos en Venezuela. Todos metidos en una carrera de sacos, intentando ganar en el juego “Paz y Guerra”.

Friday, June 12, 2015

Autopista al Infierno



Sé que siempre he dicho que cruzar el Mystic River y subir a La Lagunita es comparable con hacerse una endoscopia y un examen de próstata en un mismo día. Lo que no sabía es que mi aversión humorística se iba a convertir en ataques de pánico al hacerlo. Ahora ya no es odio, sino miedo. Quisiera decir que es una mini paranoia tipo subes el vidrio porque viene un motorizado pero esto es peor. Esto es miedo que no puedo respirar bien, me dan ganas de soltar el volante (suicide watch anyone?), y quiero estacionar el carro, llamar a un helicóptero a que baje con veinte rescatistas o tuitear: “Se busca un amigo urgente en la cola. #necesitounabrazo”. 

La sensación es horrible. En un punto específico de la autopista que es justo donde comienza la cola del túnel de La Trinidad comienzo a hiperventilar. Se me acaba la saliva, tengo que bajar el vidrio del carro porque creo que me ahogo y después lo tengo que subir porque ¿y si me asaltan? Prendo la radio, apago la radio y luego me doy cuenta de que no tengo las dos manos sobre el volante y que puedo chocar. Esto es estacionado en una cola de carros que no se mueven, por cierto. Pero yo soy fatalista. 

Esto me dura hasta que llego a La Lagunita. No importa que me estacione y tenga cinco minutos de paz. La ansiedad comienza ahí mismo porque después me pongo a pensar que tengo que hacer todo eso de nuevo de regreso. No importa que esté en una cena, un teatro o quien sabe qué hace la gente del otro lado de Mystic River. Lo mío es un miedo como si en cinco minutos llegara un platillo volador, se abrieran sus puertas y me saliera E.T. Lo lamento por la gente que le parece cuchi E.T. Yo veo eso y le echo Off.

La peor sensación del mundo es tener ansiedad sobre algo que está en mi imaginación. Es como una señora conocida que estuvo tan paranoica con los asaltos que cuando por fin los ladrones entraron a su casa les dijo: “¡Por fin! Mijitos, aquí les tengo hasta el café puesto”. Yo no soy el mejor conductor del mundo para nada, pero voy tranquilito, respeto mis normas y juzgo sobre lo mal que manejan los demás. En mi perfeccionismo, arreglo el tráfico, me comunico mentalmente con los infractores y a veces me provoca ser policía de tránsito. Yo sería un genial policía. Multaría a todo el mundo hasta que mi mamá me dijera: “por el amor a Cristo, renuncia que no puedo pagar más una de tus multas”. 

Ayer me dio uno de estos ataques lo cual me hizo hacer una regresión tipo brujo y me di cuenta de que es algo que he tenido desde siempre. Lo que pasa es que jamás me había ocurrido que el pánico se sentara en el puesto del copiloto –sin amarrarse el cinturón- y me hiciera querer abordar esto tipo: “Toto, we have a problem”. 

No estoy muy seguro pero creo que es más sobre un accidente que pasó ahí en los noventa que me mortificó sobre un carro que salió volando por el canal contrario y se estampó encima de otro carro, dejando solo a un superviviente. Yo no conocía a nadie en ese carro pero por alguna razón siempre pienso en eso cuando paso por ahí. O de repente es algo súper freudiano o quizás me llevé a un gato ahí y no lo recuerdo. O capaz no es nada y yo lo que soy es un malcriado desesperado por ser rico para tener un chófer. 

Estar de copiloto no ayuda mucho que digamos. ¿Esos copilotos que van con el pie derecho pegado como si fuera un freno, agarrados por sus vidas en la manilla y que gritan: “¡Frena! ¡Frena, coño, frena!”? Ese soy yo. Tenerme a mí en un carro es lo peor que te puede pasar a ti en tu vida. Siempre digo que yo me voy a ofrecer como pasajero voluntario en Auto Escuela Rossini. Si el principiante sobrevive una hora conmigo está apto para manejar a 200 kilómetros por la Panamericana. 

Claramente tengo que hablar con un psicólogo sobre esto porque no puedo ser ese tipo de gente que dejó de manejar porque le da miedo. Tengo 35 años y no 83. Pero en realidad lo que me provoca es montarme en el carro y manejar cien veces una y otra vez por la misma zona de los ataques de pánico durante todo el día hasta que se me quite. Porque eventualmente debo llegar a Mystic River y me niego a ser esa gente que cuando no encuentra quien lo lleve  tiene que ocultar la verdad y decir una mentira tipo: “Creo que no podré”. Yo no llevo el Instagram para que la gente se crea el cuento de que no podré. 

Así que autopista justo antes del túnel de la Trinidad: Bring it on bitch! Qué voy a tu conquista. 

Thursday, June 11, 2015

Eres Venezolano si...



Este vídeo es más para los expatriados venezolanos pero sin duda me dio risa porque cualquiera de nosotros nos podemos identificar. ¡Yo juraba que lo de los grupos del WhatsApp me pasaba solo a mí! Bueno saber que puedo crear un grupo de auto ayuda y se unen unos cuantos. Lo malo es que seguro abrirían un chat. 

Monday, June 8, 2015

Un Brindis en La Noche de La Hora Loca



No hay nada mejor que compartir entre amigos, sobre todo cuando hay buenos motivos para celebrar. Mi libro “La Hora Loca” se encuentra actualmente en su segunda edición y siempre había querido hacerle un mini debut como lo hice con “Cuentos de Sobremesa”. Así fue, el pasado jueves 4 de junio, muchos de mis más cercanos amigos se dieron cita en la Librería Alejandría del Centro Comercial Paseo Las Mercedes para acompañarme en este nuevo hito. Cosa curiosa, el 4 de junio este tea party cumplía siete años de haber abierto sus puertas. 

Por cuestiones de la vida, jamás festejé a “La Hora Loca” cuando salió por primera vez al mercado. Simplemente lo llevé a su nuevo hogar como son las librerías y rápidamente pasó a ocupar un espacio en las carteras y bultos de mis “Yo Te Leo” que se llevaron a “La Hora Loca” alrededor del mundo como entretenimiento para sus viajes. Siempre digo que mis libros viajan más que yo y eso me pica. Para el tercer libro considero subastarme y yo mismo le echo los cuentos a la persona que me lleve de viaje. 

En la noche de su mini debut, quise que mis amigos pasaran un buen momento de la mano del whisky Buchanan’s, quien actualmente emprende una campaña ideada por Diageo de la cual estoy absolutamente fascinado que se llama #YoBrindoPor. Anclado en los valores de la amistad y la camaradería, esta campaña nos invita a todos a pensar en esa persona especial que impactó nuestras vidas y dedicarle un minuto de su tiempo para brindar por ella de manera pública en señal de su profundo agradecimiento. 

Foto: Gabriella Hernández

En sintonía con ese mensaje, se me ocurrió que la mejor manera de rendirle tributo a mis libros sería brindando por la persona que me convirtió a mí en autor, quien es mi socia en este proyecto y mejor amiga: Ana María Zubillaga. De antemano, ella no sabía que yo iba a brindar por ella lo cual hizo de la noche más especial. A fin de cuentas, ¿qué hora loca no viene sin sorpresas? 

Un momento especial antes del brindis fue conocer a tres de mis “Yo Te Leo”. En un concurso que saqué por Instagram les pedí a mis seguidores  que subieran una foto contándome con el hashtag #YoBrindoPor sobre esa persona especial que les había marcado su vida. Y así fue como conocí a las ganadoras Verónica Dávila, Gabriella Hernández y Edwarlyn Bencomo. Es un honor sincero el llegar a conocer a gente que lee mi blog, mis libros o mi Twitter porque es como conocer a un amigo que jamás has visto. Estas tres chicas no podían ser más simpáticas en la vida y pude compartir con ellas momentos de confidencias sobre mi blog. Fue un momento especial y espero que si leen estas letras sepan que nunca me había sentido tan rock star. 

Con las 3 "Yo Te Leo", ganadoras del concurso "#YoBrindoPor" 

La encargada de abrir el brindis fue mi editora de este blog Nina Rancel, quien, como muchos sabrán, es mi editora porque fue ella la que me animó a abrirme este blog en el 2008. Todavía retumban en mis oídos una frase que dijo de mí: “Eres simpático, tienes buenas opiniones y todo el mundo te quiere leer. Si estuvieras bueno, serías insoportable”. Creo que eso es lo más bonito que han dicho sobre mí en mi vida. 

Las palabras de Nina. 

Luego de mi introducción, Nina me pasó el micrófono y por fin pude brindar por la responsable de la mitad de “La Hora Loca”, mi amiga Ana María Zubillaga. Para quienes no la conocen, les cuento un poco sobre La Zubi. Yo la conozco desde que eramos dos chipilines pero nuestra amistad se solidificó en piedra por un episodio conocido como “La Barbie Llanera”. Verán, Ana María se casó con mi primo. El 90% de su decisión de casarse con él es porque estaba enamorada y el otro 10% es porque mis papás, es decir sus nuevos tíos, tenían una casa en Galipán y eso Ana María lo vio como un plus al matrimonio.

El día que se casó, Ana estaba bella. Era un mediodía soleado y todo era campestre pero lo más bello sin duda era Ana. Tan bella, de hecho, que cuando la fui a felicitar y le vi su vestido solo le dije: "Ana María qué bella estás. Pareces la Barbie Llanera".

Novia más bella. ¡Es la Barbie Llanera!
Ana María no me habló por un mes exacto. Eso sin contar el mes que pasó en su luna de miel. Y cuando por fin me sentó y me hizo ver que en el Top Ten de cosas que NO hay que decirle a las novias es compararla con una Barbie y menos vaquera, nos hicimos socios. Porque Ana vino con una idea de su luna de miel: alquilar la casa de mis papás para hacer fiestas. Y cuando se enteró de que mis papás la habían vendido (cosa que la hizo considerar el divorcio) me dijo: “Pues mi nuevo negocio eres tú. Vamos a convertir tu blog en un libro para venderlo entre los amigos en Navidad”.

Esa idea lucía descabellada por todas partes. Ni ella ni yo sabíamos nada de libros y yo opinaba que nadie compraría un libro que podía leerse gratis en Internet. Pero Ana no se quedaba quieta. Ese día llegó a mi casa con 842 páginas impresas y me dijo: "Éste es todo tu blog. Si aquí no hay 50 historias cómicas que podamos escoger para hacer un libro tú tienes años perdiendo tu tiempo. Además tus papás están locos de remate y les ha pasado de todo así que cuentos hay". 



Yo le contesté: “Ana, pero yo no quiero publicar mi blog;  yo estoy en esto porque quiero publicar una novela”. Ana me dijo: “Mira Juan José, mi vida es una novela. Y cuentos míos que te has robado tienes de sobra en el blog. Te doy permiso para publicarlos todos”. 

Y así comenzamos. Juntos los dos a reescribir mis historias más chéveres, e inventar otras originales. Queríamos hacer un libro de cuentos que fuera divertido de leer en un consultorio o en la playa sin necesidad de seguir un orden cronológico de páginas porque como me decía Ana María: "qué fastidio con esos cuentos donde hablas mucho". Ana María es una persona que no se ha callado desde que salió de la barriga de su mamá así que decir que yo hablo demasiado es casi que un regaño.


Y así fue. El 4 de noviembre del 2010 nos entregaron en la imprenta a nuestro bebé: “Cuentos de Sobremesa”. Esa noche lo debutamos en sociedad como lo llamamos porque ya habíamos ido a demasiados bautizos de bebés en la vida real y estábamos fastidiados del término. Éramos autores auto publicados con 1000 libros metidos en 25 cajas. Tip para potenciales autores que sueñan con la auto publicación: tú no quieres 25 cajas de libros en la entrada de tu casa jamás. 

La explicación matemática que me dio Ana María para recuperar la inversión de los 1000 libros que imprimimos fue ésta: “Mira Toto, esto es muy fácil. 600 copias las vendemos entre mis amigas y tus fans “Yo Te Leo”. Y las otras 400 te las va a comprar tu abuela que seguro le da lástima que nadie te los compró”. 

Gracias a Dios nada de eso hizo falta. Un mes exacto después de haberlo publicado, “Cuentos de Sobremesa” estaba agotado. Los libreros nos decían que éramos las personas más brutas en toda la tierra. Era el libro que más rápido había arrasado en Navidad y no teníamos más copias para vender. ¿Y por qué se vendió tan rápido? Pues por Ana María. 



Del debut social del libro a los 20 libros que solamente me compró mi abuela porque se enteró de nuestro complot de usar su chequera, a Ana se le ocurrió la idea de venderlos en un bazar navideño. Eso fue un éxito rotundo. Después consiguió una cita con el presidente de Tecni-Ciencia. “¿Quiénes son ustedes dos, si nadie sabe de ese libro?” nos decía el señor. “Es un libro cómico y la gente necesita leer cosas cómicas, señor Tecni-Ciencia” le decía Ana. “Bueno mándeme cien copias si quiere”, dijo con resignación, jurando que no íbamos a volver… pero volvimos. 

De esa cita en Tecni-Ciencia, Ana me mandó derechito a promocionarme en la radio. “Ana pero si no conocemos a nadie en la radio”, le decía yo. Ella me contestó: “Pues no me importa. Hay que convencer al Señor Tecni-Ciencia que tú eres famoso. Ahora shh y dedica este libro. Pon ahí: para Cesar Miguel Rondon con cariño”. 

A la semana, el Sr. Tecni-Ciencia había pedido 400 copias más. Y de la nada yo tenía gente en Puerto Ordaz que me quería entrevistar, lectores en Maracaibo, fans en Anzoátegui, todos muertos de la risa con un libro que nació porque Ana María Zubillaga se antojó de hacer de mi talento un proyecto exitoso. 

Bautizo oficial de "La Hora Loca"

Todo esto fue y continúa siendo una historia de éxito donde tuvimos lo que se llama la suerte de principiantes. “Cuentos de Sobremesa” es un libro que, hoy cinco años después de esta historia, todavía llena mi correo de anécdotas. Comentarios típicos como: “Me hizo reír tanto en el avión que la gente pensaba que estaba loca”, son los más comunes. Otros son más serios. “Te quiero dar las gracias Toto, porque éste fue el último libro que le leímos a mi abuelo antes de que muriera en la clínica y se fue contento”. Hay algo en ese libro que le toca a la gente y solo comprueba que Ana tenía razón: entre reír y llorar, la gente siempre quiere reír. 

Agradezco que todo eso me haya pasado y por es que yo brindo por Ana María. Porque me empujó a escribir los cuentos que yo nací para echar. Ella me cambió la vida. Éste es un extracto del brindis que le di esa noche en la Librería Alejandría: 

“Ana, yo brindo por ti por haberme cambiado la vida. Si no hubiera sido por ti, yo probablemente seguiría escribiendo mi blog, esperando por una novela que jamás se hubiera materializado. Si no hubiera sido por ti, jamás hubiera metido un libro en un sobre dirigido a Erika de la Vega, tenido una entrevista con ella en la radio, hacerme amigo de ella en Twitter y ver cómo años después me pedía que fuera su escritor  en los monólogos de Érika Tipo 11 y Érika Casi Late Night. 

Si no hubiera sido por ti Ana María, Marianella Salazar no me hubiera atrapado en una cena y decidido que yo era el perfecto candidato para acompañarla todas las semanas en un segmento sobre las cosas insólitamente cómicas del país llamado apropiadamente “Cuentos de Sobremesa”. Si no hubiera sido por ti, revistas como Clímax, Etiqueta y Urbe Bikini no hubieran tocado mi puerta para pedirme columnas de humor. 

Bella foto que nos tomó una de mis "Yo Te Leo", Gabriella Hernández

Gracias por el empujoncito. Hoy, cuando le damos el debut social a nuestro segundo hijo “La Hora Loca” –que ya va por su segunda edición pero al cual jamás le habíamos dado un debut oficial- me enorgullece de compartir este momento contigo. Compartir es un placer como dicen mis amigos queridos de Buchanan’s y esto todo lo comparto contigo Ana. Y eso para mí es maravilloso. Ana, por todo esto yo brindo por ti. Por sacarle punta a mi talento de escribir y mandarme a la calle a compartir mis cuentos con los demás. 

Nadie sabe que por cada caja de libros que yo despache a una librería, estás tú al lado mío cargando otra, las dos veces en estado por cierto. Nadie sabe que cada factura que se cobra, eres tú la cupido motorizado que me acompaña a buscarlos. Compartir este legado de mis libros a partes iguales contigo va mucho más de lo económico. Son todos esos momentos en el carro, despachando libros o yendo a entrevistas, donde hablamos de nuestras vidas, y de futuros cuentos para que continuemos ofreciéndoles risas a todos mis “Yo te Leo”. 

Es cierto, mi nombre es el que está en la portada de los libros, pero en verdad son nuestros libros y yo brindo porque sean mucho más. Sobre todo brindo por ti y te lo pongo de esta manera, Ana: Si tú no existieras mi vida no sería cómica y eso es inaceptable. Gracias, por ser siempre La Hora Loca en todos mis Cuentos de Sobremesa”. 

Fun fact: Ana María no llora jamás. Y esa noche la vi derramar una lagrímita. Pero es que la gente así merece que otra le diga cuanto la quieren. Porque hay personas que te cambian la vida, y eso siempre merece un brindis.- 


Epílogo del episodio "La Barbie Llanera": Años despúes del impasse, Ana María me envió esta postal felictándome por mis 30 años. ¡El sentido del humor es clave en toda amistad!

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