Dicen que una buena fiesta realmente no
termina hasta que no es comentada en el desayuno el día después. Ahí, entre el Corn
Flakes para la energía y el café para el ratón, se comienza a dar respuesta a
la gran pregunta que uno se hizo veinte minutos atrás cuando abrió los ojos y
vio una chaqueta y un pantalón tirado al piso junto a la cama: “¿qué pasó
ayer?”
Anoche la marca de vodka Absolut ofreció una
fiesta como no se había visto en Caracas en mucho tiempo. Por lo general
eventos de esta índole consisten en ir, pasear, tomarte un traguito
pre-establecido, oír a un gerente de marca echarte un cuento fastidiosísimo e
irte a tu casa. Absolut, con su fiesta #AbsolutAmind apostó por todo lo contrario. No solo echó la casa por
la ventana, la ventana también la lanzó.
Una casa vacía en Los Chorros fue el
escenario del bonche, en la cual los invitados podíamos entrar donde fuera y
encontrar sorpresas. “Tienes que subir al cuarto de juegos”, “entra ya a la
disco-cocina para que te de algo”, y “¿viste la sala glam?” fueron las frases
que me recibieron al llegar a la fiesta. Pero mi aclaratoria de “estoy
llegando” ni siquiera funcionó. Cualquier persona que entrara a esa casa era
arrastrada por una amiga hacia cualquier cuarto para que viera la maravilla.
La casa había sido decorada y amoblada con
objetos retro que no dejaban que uno pasara a otro cuarto sin primero
curucutear a fondo lo que veía. Estanterías llenas de gatos mecánicos, barras
con televisores ochentosos de fondo y vitrinas plagadas de juguetes que solo se
ven en la página cuandoerachamo.com hacían que me preguntara: “¿en qué sarao
tan bueno estoy yo?”
La fiesta estaba en todas partes. Había
barras sirviendo las vodkas más suculentas –y potentes- en todos los rincones
imaginables con bartenders atentos (cosas que no se da en muchas partes)
echándote el cuento del trago que te iban a preparar. Si tenías hambre pues
ibas a la nevera en la cocina y sacabas un ceviche o unos langostinos. Si te
querías lavar los dientes pues abrías un cepillo nuevo en el baño. Si querías
jugar, agarrabas un control de videojuegos en el cuarto de juego. Si querías
bailar, echabas un pie donde fuera.
Era una fiesta sin reglas porque en la
decoración reglas no había. En la cocina, por ejemplo la lámpara era una bola
de disco tan grande que pegaría perfectamente en un concierto de Kyle Minogue.
En la barra principal en el jardín colgaban espejos desde los árboles permitiendo
que uno se buceara a todo el mundo mientras esperaba por su vodkita.
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| La cocina (foto @unatalluisa) |
Lo que me encantó fue que fui sin ninguna
expectativa, pues el evento no hizo gran jolgorio en su promoción. Una sencilla
invitación en una postal sin mayor información y listo. Y ya en la entrada el
factor wow era tan impresionante que lo que provocaba era marcar diez números
de teléfono y decir: “pana, vente ya a la fiesta Absolut, no, no ¡deja todo y
vente ya!”. Eso me fascina, ir a una fiesta a la cual no se espera gran cosa e
irse de la misma absolutamente devastado que se acabó. La fiesta Absolut prueba
que sentarse a pensar en la experiencia sensorial del invitado lo es todo en un
evento y lo lograron. Los comentarios en el desayuno a la mañana siguiente del
bonche así lo comprueban.-


















