Tuesday, July 1, 2008

Adiós a los cortejos

No niego que no me guste sentirme incluido en el bonche. Que ponerme el frac o el traje del pingüinito me da ciertos súper poderes y fácil acceso a sentarme en primera fila a ver a los tórtolos lanzarse al agua. También me permite ejercer con destreza la actividad de deporte extremo por excelencia en los casorios caraqueños: entarimarse.
Tampoco niego que si tienes el frac, la "zoociedad "es más permisiva y se cagan de la risa con las loqueras de uno “porque es amigo del novio y está animando”, mientras que cuando uno está de flux, con la corbata amarrada a la cabeza cual karateka y con un florero de la mesa como pandereta eres “el pobre guevón que está rascado”. Eso lo sé, porque he estado en las dos situaciones varias veces (aún cuando la mayoría de las veces no esté rascado. Lo que pasa es que me aburro).

No niego que los cortejos en los que me han pedido caminar con la desconocida de turno por el ala de la Iglesia (la pobre gordita prima de la novia que viene de Kentucky y no conoce a nadie) hayan sido actos que solamente he hecho por mis mejores amigos. Eso de que te manden un viernes de quincena y encima lluvioso a vestirte de frac a las 3 de la tarde y cruzar Mystic River (el Guaire) para tomarse unas fotos con la novia (que jamás está lista cuando llegas) antes de salir para la Iglesia es una patada a la amistad, por lo que uno tiene que estar muy seguro de quiénes son sus amigos.
El novio, sentado jugando Nintendo porque uno se viste en cinco minutos y los panas sudando la gota gorda en la cola infernal para llegar a casa de la novia porque según la mamá (la Engendradora de Bridezilla) “¡hay que estar aquí en punto!” Yo me los he calado todos, y me tomo la sempiterna fotico con los fotógrafos que me deben odiar, a sabiendas que ni una sola de esas fotos va a salir en tamaño grande en los álbumes del connubio. En esos momentos pienso que hubiese sido más fácil mandarle una foto mía por Internet y que el fotógrafo me photoshopee.

La Iglesia me la tripeo porque es la única vez que voy y cursimente me encanta cuando leen la Carta de San Pablo a los Corintios. Está un poco overrated porque se puso de moda y ahora todas las novias sacan a Pablillo, pero me he resignado al hecho que me gusta y que en mi cabeza la traduzco al inglés dándomelas de traductor simultáneo en la Asamblea General de la ONU (“love is patient, love is kind"). Y sí, me encanta que efectivamente la niña es la más bella de todas (aún cuando a la más bella de todas le dije que parecía la Barbie Llanera) y mi pana está demasiado feliz. Algo que yo no sé si quiera hacer en un futuro, pero me ha gustado estar ahí acompañando a los valientes que ya encontraron lo que todo el mundo busca (uno solo que dije “estos no van pa’l baile. Was not wrong!).

Lo que me enerva es no solamente que el frac del carrizo siempre me queda mal porque yo soy muy flaco y que el platal que hay que desembolsillarse es tal, que la novia ha debido ser más inteligente: ¡usen esa plata para pagarme la luna de miel! Hoy pasé toda la tarde en una cola para ir al sitio de alquiler a un cortejo que tengo el viernes (si leen esto, los adoro. Ustedes se salvaron de mi embargo fraqueril). Te atienden de maravilla, te miden como si fueses un Lord haciéndose sacos para cazar pavones y de verdad lo que falta es que te pongan un whisky en la mano para ver como te imaginas en la fiesta. Y después con aquella cara de vendedor egipcio te dicen “son 440 mil Bolívares”, con un tonito de voz como si te estuviesen diciendo que estas comprando en Pepeganga.
Es efectivamente una patada a la pobreza. Y ahí, con cara de tercera finalista, cuando sacas la tarjeta, ligando que pase, es cuando piensas: am I really such friends with these people? Piensas que has podido decir que no. Pero, decir que no a un cortejo es como terminar una relación en Facebook. Todo el mundo se entera y alguien siempre sale herido. Y uno es tan pajuo que no lo dice en un principio, temiendo ofender a gente que igualito se van a buscar a the next best thing (siempre hay wannabes). Ojo esto es un frac. No quiero escribir sobre los venenosos y ácidos comentarios de las féminas del cortejo que se quejan a mares por el mal gusto de la novia con el vestidito color frambuesa y el lazo de tul anaranjado que le montan en el moño. Eso sí merece un blog aparte, con anécdotas. Con un top ten worst.
Por eso, el viernes he decretado que es mi último acto oficial como miembro de un cortejo. A menos que mis panas se pongan creativos y hagan un matrimonio de disfraces, de come as you are, de “vente en flux pero tienes que usar esta corbata”, en traje de baño, o algo temático como Star Wars. Pagar por estar en el primer banco es un muy alto precio, cuando los invitados de atrás get in for free. Adoro a todos mis amigos y ojala yo fuese el cura para casarlos. Por eso tengo dos opciones: casarme y hacerlos sufrir o no volver a caminar por la alfombra roja.

Mientras tanto les advierto a los próximos: yo leo muy bien la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios. No hay que disfrazarse para leer bien.-

2 comments:

Manuela Zarate said...

Coñooo JUAN...no hagas esas promesas mira que te puedo necesitar algún día...it´s me remember!!! jajajaa...pero te prometo entonces mantenerme en lo temático,

Ana Cristina Sosa Morasso said...

jajajajajajajajajajaja, cai en esta entrada por tu super gadget, que risa Toto... te felicito por la decisión que tomaste, muy sabia! Yo sólo he estado en uno y en verdad lo odié (pero no podía decir que no)

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