Monday, August 18, 2008

De cómo le salvé el mundo a Roche Bonche

Roche Bonche ha arribado a la ciudad. Su sempiterno savoir faire de gente que ha conocido el mundo (y que la han botado tres veces de Sephora), le prohíbe tener contacto directo con cualquier engendro de la raza humana hasta tanto ella no se haya hecho presentable en cuerpo y alma. Léase: cita a la peluquería, al psicólogo y a Locatel para comprar líquidos de los lentes de contacto. Ayer me permitió verla en circunstancias extrañas, cuando aún no había cumplido los tres requisitos sine a qua non para concederles una audiencia a los simples mortales. Con la advertencia “estoy en mono” me invitó a almorzar con ella bajo la estricta orden de venir lo más rápido posible porque ella no espera por nadie.

Llegué al CSI más rápido que Meteoro (yo en verdad le tengo miedo a la Reina Abeja) esperando ver a una veintiseisañera (ella aun no me ha revelado su edad pero me jura que es por ahí) escondida detrás de un par de lentes de pasta grueso y quizás un velo fúnebre. Es en serio cuando digo que ella no se deja ver. No estaba. Volví a ver y me metí hasta en los baños porque uno nunca sabe que tan ermitaña se pueda volver esta mujer. No es casual pensar que de repente había ordenado que le pusieren una mesita privada en la despensa. El celular sonaba y sonaba y nada que la Roche Bonche contestaba.

Ahí me quedé esperando en una de las barandas como guapetón de liceo haciendo tiempo para encontrarse con su colegiala (el otro día me contaron de uno que tenía que venir con permiso escrito de la mamá para que lo dejasen llevarse a su novia del colegio). Por fin me entró una llamada de esas SOS. Era la Señorita Bonche con voz de Tom Hanks gritando por Wilson. Me contó que estaba atrapada y que la tenía que venir a rescatar. Pero antes me hizo jurar por las siete vírgenes que no se lo iba a contar a nadie y que jamás divulgaría las condiciones de su rescate. Lo juré, pero solo por seis vírgenes en vez de las siete, así que técnicamente no incumplí mi promesa. Dándome pistas de pirata encontrando tesoro, me llevó a un local de esos escondidos que terminó siendo una peluquería.

Roche Bonche tiene tanto tiempo fuera del país que las redes de seguridad de las tarjetas de crédito, léase Jaime, el Operador 181, activaron todas las alarmas creyéndola una Carmen San Diego terrorista. Salvándole la patria, y el miedo que le volvieran a enchichar el pelo con un tobo de agua por no poder pagar las cuentas (¿qué harán en serio cuando no se tiene real para pagar?) saqué mi tarjeta y pregunté “¿Cuánto es?”. Como en Kung Fu Panda, me fue revelado un misterio que los hombres jamás deberían saber: cuánto gasta una mujer en una peluquería. A todos aquellos que están afuera: es una patada a la pobreza que lo que provoca es raparle el pelo a todas. Pero como sabía que de este acto de heroísmo dependía la presentación en zoociedad de la Srta. Bonche, pagué. Cruzando los dedos porque Pedro, el Operador 182, no me llamase a mí para hablar de mi cuenta sin fondos.

Hay distintas maneras de salvar el mundo. A Roche Bonche le pagué su peluquería. Ella me pagó con una tarde de amigos que tenía tiempo que no veía. Welcome home Roach Bonch. ¡A menear la peluca!

5 comments:

Doña Treme said...

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
Podremos estas deprimidas, enfurecidas, acongojadas... pero jamas espelucadas!

Bibi said...

Jajajajajajajajajajajajajajaja
excelente!!!!

Carito said...

Que divertido!!!!!!! me acabo de imaginar a mí y a mis amigas calvas y la escena fue patética! jejejeje, así que trabajaré toda la vida o sobornaré al marido (si es que lo llego a tener) para que se haga cargo de la peluquería!

eusucre said...

jajajaja...
definitivamente todas tus anecdotas son geniales!

Nina said...

Jajajaja, eres más solidario de lo que pensábamos.

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