Tuesday, August 26, 2008

Un gueto llamado Penny Lane

Hoy me pasé toda la tarde sintiéndome enfermo. Quizás era por las actividades engorrosas del día, quizás era porque me sentía mal. La verdad es que escoger entre un dolor de garganta e ir a dos bancos –uno para reclamar que unos imberbes me clonaron la tarjeta y otra para sacar dinero con la finalidad de entregárselos en contra de mi voluntad a Mrs. Danvers para que le pague el sueldo a los “de a por día” que transitan en esta casa– da lo mismo. Ninguna de las dos es placentera. Caminé hacia el banco con una novelita de esas de Agatha Christie que ahora venden en el Kiosco Millonario, las cuales me encantan porque no tienes que pararle mucho (sino al final), pudiendo estar pendiente del ding ding que anuncia los numeritos de espera.

Luego de entrevistarme con Mildred para contarle que alguien había usurpado mi identidad sin mi consentimiento (yo quisiera usurparme a mí mismo algún día a ver qué tal es ser yo), firmar trescientos papeles y “colocar” mi huella en quince, salí del banco. Ahí viéndome en el reflejo de la puerta procurando también ver el simbolito de “hale” (yo siempre empujo) fue que me di cuenta del merengón. El merengón es un sobrenombre que le puso Sally Mae a la única parte del pelo que me crece con regularidad. Es abajo a nivel de la nuca en donde se me forman unos churcos cual Juan Luis Guerra en su mejor época. Con esto de ser un monje capuchino es difícil saber cuando es que uno tiene el pelo largo y no soy uno de esos hombres que metódicamente van a la barbería cada quince días. Como si en el recibo del salario le dirían al tipo de “Luis vete de vacaciones”, “Luis…córtate el pelo”. Yo voy cuando la situación ya es de cola de Pedro el Escamoso.

Aprovechando la caminata por los Palos Grandes me metí en mi barbero de siempre. Una barbería que escogí hace mucho tiempo por eso de apoyar el talento local. Ergo, un corte rápido, sin complicaciones y sin mucha pavería. Los del San Ignacio siempre se jactaban de su barbería en el edificio Mónaco que los dejaba a todos con la pollina para hacer su movimiento trademark de pasarse la mano izquierda por la frente. Pero a mí los curas no me dejaron entrar en el San Ignacio. Presagio de que en menos de diez años no tendría pollina. Los curas a la final siempre tienen la razón (excepto en el caso de Galileo).

Mi barbero se llama Tony. Uno de esos italianos que no se acuerda cuando llegó Venezuela pero la hizo suya desde que puso pie en La Guaira. Su local le vino en la época de bonanza, después de cortar muchas cabezas extranjeras en barberías de hoteles. Hoy en día, se nota el paso del tiempo. Las sillas raídas y las maderas de los lavamanos desconchadas. Algún modelo ochentoso parecido a Iván Drago cuelga entre los espejos. Amarillento como su pelo oxigenado, fuera de moda como sus hombreras de rayas. Pero ahí sigue Tony. Contento y alegre. A sabiendas que para completar las quincenas, él y su esposa se vieron obligados a abrir un kiosco dentro de la barbería. A mí no me importa mucho. No hay nada como cortarse el pelo comiéndose un Cri-Cri.

Las conversaciones siempre empiezan de la misma manera. -Abogado, ¿Cómo está el negocio?- Que no es más indicativo para que yo comience a echarle mi visión de cómo va la política en este país. Vivir en el mismo municipio nos ha llevado a ambos a hablar de política desde que a Irene se le ocurrió dejar las coronas por los cascos de honguitos. Nos entendemos. No siempre pero por lo menos la conversa es coherente y estructurada. Desde el estado de las aceras hasta las leyes de la Asamblea. Lo único es que hace tiempo nos dejamos de hablar de valores democráticos. Hoy, ya empezamos a hablar de tiros.

No es fácil que un hombre te hable de rifles cuando tiene una navaja clavada en tu nuca. Pero concuerdo con él, porque uno se desayuna con la inevitable conclusión todos los días de su vida al leer el titular del periódico. Y mientras me sostiene el espejo para que yo observe los resultados de su trabajo, yo sigo hablando. Agitado por las desgracias de la desesperación ante la incoherencia pero lo suficientemente resignado –tanto en política como en calvicie– para darle las gracias. Así nos despedimos siempre. Con un apretón de manos, que cada vez se hace más fuerte. Un indicativo que la próxima vez que Tony y yo nos veamos, todo –como el merengón en la nuca– estará peor.-

3 comments:

Manuel Andrés Casas said...

Un buen barbero de siempre es el equivalente de los no multimillonarios de un mayordomo.

Anonymous said...

"Pero a mí los curas no me dejaron entrar en el San Ignacio. Presagio de que en menos de diez años no tendría pollina" jajajajajajajajajajajajajaja tengo como diez minutos riendome de esto, en serio no es normal!!! looove your blog!!

Anonymous said...

"Pero a mí los curas no me dejaron entrar en el San Ignacio. Presagio de que en menos de diez años no tendría pollina" jajajajajajajajajajajajajaja tengo como diez minutos riendome de esto, en serio no es normal!!! looove your blog!!

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