Friday, September 5, 2008

De cómo la Gorda y Toto conocieron a Jegny Carolina (Vol. 1)

Yo estudié en un colegio de la hi-lux. De esos en donde todos estábamos más uniformados que la camisita beige comunistoide impuesta por Luis Herrera Campins. No eras nadie si no tenías un Tag Heuer y unos Timberland. Y cuando eso se ennichó, no eras nadie si no usabas zapatos Bass de gamuza y olías a Eternity. Las agendas de las niñas eran todas de Oh Lilly (una trajo el primer día de clases una agenda de Pasqualita y hasta el sol de hoy, su nombre sale en el juego de papelitos) y los bultos de los hombres eran todos de Jansport. Azul o negro. Todos, menos el del más rata que no usaba bulto y el del mamarracho que llevaba su cuaderno en una especie de bolsa que se asemejaba a una de los Auto mercados Plaza.

A mí me ponían a hacer los trabajos de biología con el mamarracho. No porque nadie quisiera trabajar con él (mentira, esa es la razón) sino porque yo no tenía rollos en hablarle. Él no decía mucho, pero era inteligente; me enseñaba como sacar el coseno de la tangente del logaritmo algebraico de los crepúsculos de Krauss y me regalaba borras y marcadores Marquette (estos últimos indispensables en la vida de un bachiller para las exposiciones con rota folio en la era previa al Power Point). El mamarracho me decía que esos útiles se los regalaba Belinda, su novia. Befea, como le dijo la Gorda después de verla en una foto tamaño carné que èl guardaba celosamente en su cartera de Velcro, comprada en el concierto de Guns N’Roses en el año 91, trabajaba medio tiempo en un liceo en el salón de materiales y constantemente le regalaba reglas y cartulinas en sus meses de aniversario. Hoy me doy cuenta que Befea era una ladrona pero a mí me parecía lo máximo porque cada tres semanas tenía una goma Nata para reemplazar las que me robaba Eduardo Nicolicchia.

Una tarde después del colegio me fui con el mamarracho a hacer un trabajo de historia. Luego de comer unas pastas frías con requesón y salsa rosada que nos preparó la mamá, nos fuimos a su cuarto a copiarnos todo de la Enciclopedia Grolier CD ROM, como era costumbre hacer los trabajos en mi era pre-Internet. Mientras èl tipeaba yo dictaba: “Benjamin Franklin coma lanzó un papagayo con una llave pegada punto y aparte..” Cuando me fastidié me puse a ver su corcho. Todas las fotos eran de él y Befea en múltiples escenarios pero siempre con la misma pose. Él con su camisa sin mangas de los Lakers y ella con la lengua en su cachete viendo hacia la cámara en pose de gatica en celo. Solamente una foto era de dos mujeres, bien cargadas en el pecho, con un trajecito ajustado de cheerleaders con “Liceo Pastor Bueno” marcado en las camisas. Reconocí a Befe al instante y pregunté que quien era la otra que la acompañaba. “Ah, esa es Jegny. La mejor amiga de mi Bubita”.

Jegny me pareció un personaje fascinante. Su pose no era de prosti. Más bien una que no le importa el mundo. Ella sabía lo buena que estaba, aunque en verdad todo de ella exudaba lo contrario. En mi colegio no abundaban esos personajes fascinantes. Salvo el grupo de los drogos, los rejects y los incomprendidos (el 1%), los demás eran seudo adultos: pelucas planchadas que conversaban como su viaje a Courchevel les había cambiado la impresión de la pobreza mundial. Como la Gorda y yo no viajábamos a Courchevel no podíamos opinar sobre la pobreza mundial. Eso nos dejaba buscando material de discusión. Pensábamos que la teníamos en una estudiante de intercambio que llegó en octubre. Pero cuando logramos devolverla a su país en desgracia en las vacaciones de diciembre, nos propusimos encontrar proyectos en otras fronteras institucionales (léase otros colegios). Por eso, ahí en el cuarto del mamarracho viendo la foto de la porrista Jegny, decidí que estaba el tema de conversación con la Gorda en la hora de Cátedra Bolivariana.

Al día siguiente, la Gorda y yo nos compramos nuestro sanduchito de queso aplastado (con los reales que me daba Josefa porque mis papás se quedaron en el 4,30 y me daban una locha para comerme un almuerzo de 500 bolívares...la Gorda me chuleaba porque su mamà ignoraba que en el colegio se almorzaba) y nos sentamos con el mamarracho a almorzar. Mientras él abría su termo negro para tomarse una sopa de cubitos, la Gorda empezó a inquirir sobre Befe y Jegny. Él mamarracho no entendía mucho pero esto de tener compañía en el almuerzo le gustó y así empezó a contar la historia de las alumnas del Liceo Pastor Bueno.

(Continuará ...)

3 comments:

Miss Alice said...

No no no... terrible que hayas dejado el cuento hasta ahi, Sr Toto. Me siento como en sexto grado, cuando mi mejor amiga que estudiaba en otro salón me dejaba un cuento a la mitad porque se acababa el recreo. Terrible!!!

Necesito saber la historia de Jegny y Befea y el pobre Mamarracho que fue utilizado por la Gorda para tener alguien que disectar en clases contigo.

iLi said...

noooo ... como se te ocurre dejarlo ahi...
terminalo valeeeeee

iLi

Ps. la mama de Nicolicchia me daba clases a mi en el colegio...

Doña Treme said...

LOL aun cuando solemos ser muy crueles de niños y de adolescentes, admito que a mis 31 años disfruté mucho imaginandome todas las escenas descritas.
BTW, no sólo tus padres se quedaron en el 4.30, mi papá habla de comprar una vaca a medio (Bs 0.25)

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