Monday, September 1, 2008

I'd like to commend

A los siete años me deportaron a un campamento de verano en los Estados Unidos. La palabra correcta es esa: deportar. Mis papás fallaron en notificarme que iba a pasar las siguientes ocho semanas sin su supervisión paterna, haciendo pipí debajo de los árboles cual “Lord of the Flies”. Mi sorpresa del abandono no vino tanto cuando me hicieron mi camita y piraron más rápido que inmediatamente, sino cuando nos obligaron el primer domingo a escribir una carta a nuestras casas.

Yo hice una carta más larga que la del Niño Jesús en el año 87, probablemente contando sobre alguna huelga de hambre o una disertación sobre el derecho de los niños abandonados. Pero mi mayor sorpresa fue cuando fui a meter la carta en el sobre para mandarla. Mi papá me había pre impreso unos sobres con la dirección. Ahora bien, mi impresión mundanal era que yo vivía en Caracas, Venezuela. No en una casa llamada P.O. Box en Miami, Florida. Ahí fue cuando sentí el abandono. Oficialmente era el protagonista de Cast Away.

He ahí en ese momento cuando decidí por independizarme. Me aprendí a cortar las uñas yo solito, a amarrarme los zapatos (eran de Velcro pero eso es un logro) y a enseñarle a los gringos a como decir la “erre” en mi apellido (las primeras tres semanas fui sencillamente Juan Smith). Era un renacuajo en un bosque que aprendió a diferenciar a los árboles tanto como a buscar sanguijuelas y depositarlas en frascos. A nadar buscando tortugas que muerden y a jurarle pleitesía a una bandera que no era mía todas las mañanas. Podemos decir que me aculturizaron como los nativos. Ese campamento fue mi Compañía Jesuita.

Una de las cosas que más me gustaba eran los domingos. Al final de la tarde todo el campamento se reunía en la mitad de un bosque mistiquísimo para hacer una fogata empleando solamente una cuerda larga halada por todos nosotros, enrollada a un palo. Eso producía una llama de la que solo Prometeo conocerá el secreto y así empezaba la jornada. Ahí se hacía un resumen de las actividades de la semana y que premios se había ganado cada quien. Se distinguían a ciertos muchachos por su liderazgo o buena ciudadanía, admitiéndose en unos clubes selectos (una especie de Rotary pre-puberto) y se cantaban canciones campamenteras.

Mi parte favorita venía después de todo esto. Los guías se paraban y echaban un cuento sobre alguna acción o comportamiento de un campista y lo reconocían públicamente. Ya sea porque ayudó a alguien o porque era una buena persona. Y eso era para todos nosotros tan honorífico como usar el uniforme. Que alguien cien años mayor que tú (en verdad tenían 16 pero a los siete, 18 es senior citizen) hubiese notado en ti una cualidad particular, sin tu esforzarte ni hacerlo por que te reconocieran, era la máxima de las condecoraciones. Siempre terminaban con la frase “I’d like to commend” y decían el nombre. Cuando decían tu nombre te parabas y te volvías a sentar rapidito. Pero esa parada era casi como lo que deben sentir cuando te otorgan una silla en la Academia de la Historia.

Con el tiempo pasé de campista a guía y pude yo reconocer a aquellos pequeños talentos carismáticos con los que uno se topa por la vida. Ahí fue que aprendí el arte de hablar en público sin que me diera pena y me di cuenta que no es fácil decirle a otra persona, con las palabras exactas, lo mucho que lo admiras. Por más que sea un infante de doce años. Por más que sea un “acnezoide” de catorce. Ya, cuando uno no está para vestirse de cholas y caminar por los bosques, pierde a veces esa capacidad de decirle las cosas a otras personas. De decirle lo mucho que lo admiras por alguna acción que haya podido realizar esta semana. A ti, a él mismo o a otras personas.

No bastan los “te quieros” de los mensajitos de Facebook, ni el abrazo de compadre en el matrimonio de turno. No. Es apartarte y describirte y darte las gracias por algo que tú hiciste sin pensarlo. Es como la Tía Mamá. Personaje fascinante que te agarra y te ve como si más nadie existiese en ese salón para decirte lo mucho que te estima por la gafedad más grande de todas. Pero que ella lo siente tan de corazón, todo le parece tan bello (salvo las cosas chinas que dice que son pavosas) que te deja pensando en lo mucho que uno puede significar para otra persona, sin esperar nada a cambio. El arte de dar las gracias no se aprende en cursos de mesoneros ni en manuales de Carreño. Se aprende en apreciar aquellos toques especiales que aportan los demás.

Mi “I’d like to commend” de esta semana es para la más grande de todas las catiras. Ya se lo dije privadamente en un e-mail que es demasiado “racy” para los blogs y con esto de la criticadera anónima, es poco lo que puede hacer por nuestra reputación. Hoy es su cumpleaños y está lejos de nosotros. Pero yo sé que ella lo que más quisiera en estos Labor Days es tirarse una de Bianca Jagger internacional y lanzarse al valle capitalino para que la abracemos como si no hubiese cumpleaños para más nadie. A mi lo que me encanta de ella es que me hace sentir que no hay canción que no pueda ser cantada. Mientras más niche, mejor. A vox populi y en abrazo. Si no, no merece ser cantada.

Me ha enseñado que cuando las personas le dicen “es que tú y yo somos de mundo” es mejor huir cual colono civilizatorio. Porque no podemos andar viviendo en un mundo de Dangerous Liasions. Que nunca es tarde para aprender más sobre la vida, asumiendo plenamente nuestra capacidad histriónica de ignorancia previa. Así es más sabroso el aprendizaje: sin tapujos ni falsos críticos. Como los que se hacen llamar conocedores del arte pre-colombino porque tienen una pimpina larense en su terraza. Lo que más me gusta de ella, es que tiene el don de preguntar. Por todo. No es fácil lanzarse a preguntas en este mundo. Pero ella lo hace sin temor al ridículo. Porque así le viene y así conoce. Así todos los demás le digan que ella “es un show”. Te quiero Papillón. Ya no te hace falta arrástrate por alcantarillas. Nueva York es de los rascacielos. Donde tú perteneces. Donde tú eres tú. Joyeux Anniversaire ma petite!

Non, rien de rien, non, je ne regrette rien! Ni le bien qu'on m'a fait,ni le mal; tout ça m'est bien egal! Non, rien de rien, non, je ne regrette rien! Car ma vie, car me joies aujourd'hui ça commence avec toi!

2 comments:

Anonymous said...

amor de ma vie!!! me quieres matar de la felicidad y la ternura, pero si es asi, muero feliz!

EL INCONDICIONAL.....
Tú, el mismo siempre tú
Amistad, ternura qué sé yo
Tú, mi amigo has sido tú
La historia de un blog
que no se acaba

Existe AAmu entre tú y yo
Nada de dolores
Nada de nada!!!!!

Ohhhh Tú, el mismo totuuuu
el incondicional
el que no espera nada
ohhh Tú....

Doña Treme said...

A pesar de ser un preámbulo para una felicitación, me encantó. "Acnezoide" pertenece a la RAE?
Por cierto, me encantó la imagen de cortarte tu solito las uñas a los 7 años.
No sé como podría pasar las 8 horas de capadoccia, si decidieras dejar de escribir!
Besos

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