Sunday, September 14, 2008

La Sobremesa

Un domingo cualquiera es de pantalones kaki y de camisa amarilla. Uno no es golfista pero esa es la pinta que se merece el primer día de la semana: casual. Porque de casualidad te vistes. El cuerpo te paga los whiskys del fin de semana y la mente te lleva a reírte de tus arrepentimientos por tu mal comportamiento. Pero el estomago, es lo único que funciona correctamente. Ese sí lleva la presidencia del consejo comunal que es tu cuerpo. No permite engaños, conoce muy bien sus horarios, pero tiene la gentileza de conceder que es perfectamente normal esperar hasta las tres de la tarde para meterse un atracón dominguero. Con tal de que te pares de tu cama, te vistas y te montes en el asiento de atrás de la Flanders station wagon.

Escoger un restaurante en mi familia es una tragedia china. Cada quien tiene su opinión y su preferencia, inclinándose inclusive por la lista de vinos, el rating en la visita anterior del carpacho y si se quiere saludar a gente o no. Ahora estamos prendados de uno en los Palos Grandes que tiene unos ventiladores que echan mist (no sé decirlo en español) y eso le viene de perla a cualquiera que esté echado con una vodkilla con aguakina (trago que va muy bien con el estado mental kaki y camisa amarilla) mientras espera que le den la mesa. Un refresque del ratón cuando uno ya no está para irse a meter en una piscina como cuando era chamo.

Las conversaciones preliminares son de actualidades mundanas. De loqueras familiares y de las loqueras presidenciales (tema común en las mesas aledañas). Allá está el cuento fresquecito de la tía que llamó al ex novio de su hija para decirle que le deseaba lo mejor en la vida y que “sus piernas siempre estarían abiertas para él”. Efectos de alguna pepa somnolienta que confundieron puertas con extremidades, valiéndole no solamente una reprimenda cuasi divorciable del marido sino la fórmula perfecta para asegurar que el ex novio de la hija “jamás volverá”. De otra loca en una despedida de soltera gritando porque habían soltado a los perros y se la iban a comer, procurando que el dueño de la casa gritase desde una ventana: “¡ojalá que si!”

Con la comida vienen las conversaciones comunistas. Eso de pedir un plato para ti solo, es una quimera en mi familia. La orden de “tienes que probar este ratatouille” debe ser cumplida y acatada, so pena que te vayan a preguntar si estas deprimido. Es el “what do you mean you don’t eat meat?” de My Big Fat Greek Wedding. Platos van, platos vienen, se tumba la copa y los mesoneros nos ven con cara de “that’s so middle class”. Pero uno goza, porque en verdad el ratatouille es tal cual como el de la película. En esta parte imperan las business conversations. Las finanzas de cada quien, los trabajos y las ideas de nuevas empresas. El pesar del hermanito que empieza a laborar formalmente mañana (y la respectiva burla que se le acabó su pan de piquito y recomenzó la era de la lonchera en el almuerzo), la anotación en agenda de los próximos viajes de los pater familias (“not again Fatha”) y la sugerencia que ahora el trago in es el Fragolino, para cuando monte los bares ilegales en mi casa en su próxima ausencia.

Con el postre, el cafecito, dos que tres cigarros y la empinada de la botella, viene la sobremesa. Para mi es un calvario porque soy de esos que termina de comer y ya se quiere ir. Los demás entran en un trance letargoso en donde mencionar “¿pedimos la cuenta?” es el pecado capital (los días de semana es la soltería, no así los domingos.) Ahí imperan las conversaciones “de cuando yo estaba chiquito”. Un viaje virulento down memory lane en el que no falta nada sino una narguila. No importa que sea septiembre, es válido echar el cuento del Niño Jesús. De cómo mi mamá entró a las cinco de la mañana a poner los regalos (seguramente entonada de la fiesta del Country) y mi hermana se levantó. Mi madre, toda una proeza de las artes dramáticas, se puso un paño en la cabeza y le dijo “mi amor, soy la Virgen María, duérmete”.

Otros cómo cuando el Junip se enteró que la conejita de pascua (¿porque en Venezuela el conejo chocolatero es mujer?) no existía, cuando oyó a la Tía Mamá preguntar: “Viejooo, ¿ya la conejita puso los huevos?” Y mi tío respondió: “Ya va vieja, que le estoy quitando el precio al de oro y lo meto en el matorral”. Y si no está siempre el clásico cuento de la amiguita en Nueva York que se quedó dormida en el taxi y con el bolsero, los papás no se dieron cuenta y la dejaron ahí rendida, para ser retornada tres horas después por un confundido paquistaní. Very Home Alone. Son anécdotas que se repiten una y otra vez, mientras se dobla la servilleta repetidamente o se termina de extinguir el último cabo. Los mesoneros “amablemente” nos traen la cuenta sin que la pidamos.

Y de ahí al carro, no sin antes hacer la tournée de la saludadera. Tres viejas chochas cayéndose a White Labels un domingo, en el que preguntas por todos los nietos e inevitablemente te terminan hablando de Chávez. El ex marido de alguien con nombre estilo Titina con la nueva, los primos golfistas (esos que si pegan con la camisa amarilla y los kakis) que jamás ves, al dueño del restaurant para felicitarlo por el ratatouille, los tres mesoneros que trabajaron en los ochenta en otro restaurant “famosísimo” en La Candelaria, la viuda alegre, el que responde efusivamente a la pregunta “¿ya tú eres abuelo?, los recién casados “fuiste la novia más bella de todas”, sin importar que mi papá le confunda el nombre al marido con el novio anterior. Hasta al parquero se le pregunta por su esposa. Así somos los Flanders, un domingo cualquiera. Tres conversaciones que giran hacia la sobremesa, en añoranzas de una siesta que nos agarra a todos por igual. Mientras el Sol se pone y el kaki se desvanece.-

4 comments:

Doña Treme said...

I made a mistake... lei la sobremesa hoy. Es fabuloso, como todos los demas, pero no dejé material para mañana...

Andrea said...

Totin!!!

Tengo anios sin comentar, pero es que no supero “mi amor, soy la Virgen María, duérmete”. jajajaja demasiado bueno, ademas que la imagen mental es even better!!!

Besos desde DC

Bibi said...

No habia tenido chance de visitarte y leerte... Como siempre buenísimo este y el de six degrees!!
Conviertes algo tan simple en algo genial jajaja... Saludos!!!
Morí de las risas con esto "la tía que llamó al ex novio de su hija para decirle que le deseaba lo mejor en la vida y que “sus piernas siempre estarían abiertas para él”."

victor_marin said...

Jajaja qué bueno lo de las "piernas" abiertas

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