Tuesday, October 28, 2008

Antídoto a los Mean Reds o De como Ela y Toto estafaron al Demon Bar

Me perturba que la gente se ría en el cine del comercial donde el niñito le dice a su papá que se sacó un veinte pirata, como la película que le regaló. Nos reímos de una cruda realidad que nos azota en donde vimos sucumbir a lugares como Video Color Yamin – conocido como el santuario de Toto – por fomentar nuestra propia necesidad por el entretenimiento rápido y barato. James Bond no ha llegado al cine (créanme, llevo el countdown) y seguro en menos de tres semanas antes de su estreno, habrá tres personas que me dirán que “es buenísima”.

Por años protesté el hecho que en mi casa se compró otro DVD por la única razón que las películas piratas no se veían en el aparato de zona única pero últimamente sucumbí a las tentaciones. Yo confieso ante el Oscar Todopoderoso que he pecado igual que el resto de la mancomunidad cinéfila. Yo también me lanzo de vez en cuando a sitios como en Plaza Las Amércias donde llevan todo el catalógo de esta temporada. Y de la próxima. A pesar de las burlas de mi familia, igual me siento mal por eso, porque no puedo dejar de pensar que si fuese parte de la INTERPOL me encantaría enjuiciar a todos mis conocidos.

Pero bueno, suficiente Pepito Grillismo con ínfulas de Inspector Gadget internacional. Mi cuento no va por salvarle a Spielberg unos dolarcillos, sino más bien en el hecho que el domingo pasado me sentí como el papá del niño pirata: ladrón sin saber que lo era. Y el lunes, cuando me di cuenta que sí estaba ponchado, me dieron esos mean reds a los que se refería Truman Capote en Breakfast at Tiffany’s. Fue una cosa estúpida y básica pero igual me dio tanto remordimiento de conciencia que no se me quitó hasta que fui a “undo it”. Que chévere que hay cosas en la vida en donde uno tiene la opción de “undo” (excelente disfraz: vestirse de tecla).

El hecho es que el sábado fuimos al Bar Endemoniado para culminar las celebraciones de Strazzavodk y la China Seijas (alias Ela, Negro y Negro, Maria Von Trapp). No digo el nombre verdadero del local porque Nina mi editora dice que yo todo lo termino puteando pero sí digo que el Demon Bar es el bar in por excelencia en estos momentos en Caracas. No porque lo diga alguna revista andrógina criolla o lo frecuente la muy chic Manolita Zarate (de “Le Divorcée” a “la más chic” en Look Caras, you’ve come a long way Manoleta!) sino porque lo digo yo. Es que se goza demasiado en esta tasca (porque eso es lo que es). Este es el único field trip en donde cruzar Mystic River vale la pena. A nadie le interesa con quien vas, ni quién eres o en que carro te montas (a fin de cuentas te paras en la calle). Te puedes disfrazar de jugador de polo como hice yo esta semana en mi investigación de los “Beaujolais” y las “Lollipops” o vas en pinta de que te tiraste el combo McDonald’s y una película dominical. No importa, con tal que goces.

La música es la misma que está en tu Ipod – desde Josie’s on a vacation far away, Queen, la salsa que no bailas y la única internacional que fue más criolla de lo que se ha vuelto Olga Tañon últimamente: Whigfield. Tomas, bailas, abrazas y llamas a Josefa porque viste en la “esplasma” que los Tampa Bay’s perdieron y te debe plata. Lo que pagas en el Demon Bar es ridículamente barato, el saludo de los mesoneros es más efusivo que cuando te saludaban en Pal’s en tu mejor época, ves a gente que no has visto en años y lo único que se pide es pura y simple actitud de que te vas a gozar la noche. Así termines cantando Mamma Mia.

De repente mi recomendación no es buena porque hay veces que a mi me gusta lo tierrúo, pero yo gozo. Tanto que el sábado después de “salir a rumbear sin pensar en la cuenta”, intentamos pasar las tarjetas de crédito y no pasaban. Que te tiren un “refusée” en la tarjeta es el peor insulto a tu pea. Que tú y tus cuates se larguen escapados porque pasaron la tarjeta cinco veces sin balances positivos es un insulto a nuestro dios Johnnie (Walker). No fue escape correcaminos, pero de que no pagamos no pagamos y nos fuimos con el "dale, dale chola, arranca" propio de cinco pre-púberes en el robo de una Vespa, una Semana Santa aburrida en Terrazas de Guacuco.

La risa de la noche dio paso el domingo a los mean reds de Capote. A eso conclusión llegamos Ela, la homenajeada de la rumba y co-participe del “refusée”, y yo. Gozarse un sitio y encima robárselo nos quedaría muy Bonnie & Clyde de nosotros, y esos no son los personajes que queremos ser en Halloween. Te puede pasar en otros sitios en donde te tienen más confianza y no importa, vas al día sigueinte y pagas. Pero por alguna razón esta vez el pepito grillazo nos dio fuerte en la cabeza: había que ir a pagar la cuenta.

A todas estas, el remordimiento es porque queremos volver el fin que viene y el miedo era que nos regañasen y nos prohibiesen la entrada (noooo). Nos sentíamos como Jegny Carolina cuando la botaron del liceo pero había que enmendar lo malo. El lunes Ela me pasó buscando “con Roberto en su camaro” (no mentira, es que me salió Laura la Sifrina en la cabeza de repente porque el carro de Ela echa chispas cual Sierra del '88) y nos dirigimos hacia el Demon Bar. Cabizbajos como estábamos, hablamos de todos los posibles escenarios: regañada, botada, prohibición, pago penalizado o un “¿Quiénes son ustedes?” Todo podía pasar. Entramos por la puerta – los únicos en el local – y a Ela no se le ocurrió más nada que gritar “¡ayyy que bello, ya lo pusieron de Halloween!” Yeah, Ela not the time for the appreciation of interior decorating.

Los mesoneros, el dueño y la cajera sentados al fondo voltearon a vernos con cara de “yo te conozco, bandido”, lo que hizo que mi caminata fuese de Forrest Gump y la pasarela de Ela no fuese precisamente de Tropicana. Mi “Hola si buenas mire..” fue interrumpido por “Si, compadre como no la cuenta de Bs. XXX, aquí se la tenemos, disculpen que no les pasó.” El alivio de no habernos enfrentado con lo peor y que nuestro propio embargo mental de ir de nuevo al bar se había levantado fue tal, que casi que pedimos un whiskycillo ahí mismo. Sin importar que me negasen la tarjeta nuevamente mientras la cajera me enseñaba la cantidad de tarjetas, cédulas, carnets, y llaves (¿!?!?!) que la gente deja en sus loqueras. La volvieron a pasar y funcionó (thanks Bank).

Ya en el carro, Ela me dijo que los volvimos a estafar porque cree que pagamos un pelín menos de lo que debíamos originalmente pero demasiada bondad ya con eso que fuimos. No nos íbamos a devolver, cuando ya los mean reds se habían esfumado para siempre. Confesados con Johnnie Walker, amparados por el banco y congraciados con el Bar Endemoniado, podíamos regresar a la semana cotidiana en paz, sin sentirnos como el papá que compra la película pirata. A fin de cuentas, la rumba continúa en el fin de semana. Por lo menos hasta el próximo "refusée".-

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