Sunday, October 5, 2008

Mañanas de Cascos Amarillos

Me pasa con bastante frecuencia que me despierto los domingos con una absoluta felicidad. Esas mañanas –en verdad dos de la tarde- en donde lo único que falta son dos pajaritos imbéciles postrados en tu ventana y quizás un Bambi caminando a lo lejos. El Sol parece sacado de la comiquita de Strawberry Shortcake y el Ávila es testigo fiel que algún OVNI no vino a secuestrarme en la noche. Son esos diez segundos entre abrir los ojos y reflexionar sobre tu día, cuando de repente se postra una nube negra encima de tu cama. Ha llegado a invadirte el más grande de los aguafiestas: el recuerdo. El Bambi maricón huye por la izquierda.

El recuerdo es aquel que te pasa en película Súper 8 lo que hiciste o dijiste anoche. Te dice que gozaste pero que también mezclaste la excitación con la guarapita en el cumpleaños de La Maraquita y contaste sobre el embarazo número 2 que técnicamente sigue siendo un secreto. Te llevaron a una despedida de solteros formalísima y te dedicaste a gritar “que uuuuutil” cada vez que la novia abría algún regalo. No contento con eso, te vas de la fiesta con casco amarillo puesto, que resulta ser uno de los regalos que le hicieron al novio y te presentas en otra fiesta con tu propio cotillón. Eres uno de los Village People pero no sabes que se hizo el resto. Algún beso te diste en una esquina oscura, pero no te acuerdas ni del apellido.



Lo patético es que lo que me enrolla es el casco. La conclusión inevitable es que tengo que devolverlo. Fue un regalo ingenioso de alguien que quería hacer una diferencia en el trillado tema de “bar o herramientas”. Pero fue un regalo al fin. Y yo no me doy cuenta de las cosas que hago o las mesas en las que me monto hasta el día siguiente. El mal llamado ratón moral me lo regala el recuerdo y me hace preocuparme por cosas fútiles como el que más habré dicho, y como voy a tocar el timbre de una casa decente para decir “Muchas gracias por su casco. Atentamente, Bob el Constructor”.

La cuestión está en esa: el enrolle de uno. Nos preocupamos demasiado por cosas banales que no son tan serias para empezar pero que nos agobian por enmendarlas. Tuve una de las mejores noches en lo que va de año pero igual no puedo dejar de pensar que lo que parecía una loquera, en verdad estaba mal. Y eso es lo patético del asunto: enrollarse por gafedades. A menos que hayas ofendido a una persona directamente o hayas incendiado un baño, la verdad es que uno no es tan importante como cree serlo y lo más probable es que los demás ni se hayan dado cuenta que estás ahí. Entonces, “why do we care so much what other people think?”

El jueves en Lola’s una señora se quitó los pantalones al lado mío para ponerse otros pantalones que le habían regalado a la cumpleañera, como parte de una broma. Ella sentadita se bajó los pantalones y se los puso con una rapidez y una gracia que no tiene nada que envidiarle a un cambio de vestuario fugaz en un circo. Desacostumbrado a eso, a mí me dio una pena tremenda y la traté de tapar con la caja del regalo pero la señora siguió con su cometido. Y después me dijo: “nadie me está viendo y si lo están a mi no me da pena. ¿Entonces por qué te enrollas tú?” Igual me siguió dando pena, y aun cuando sigo opinando que no era el lugar para hacerlo, ella tiene toda la razón.

La cuestión está en tener la personalidad, la seguridad mejor dicho, de afrontar la vida con gallardía y de no arrepentirte de las cosas que haces o dices. Nadie está volteando a verte porque están demasiado ocupados explotando sus seguridades y escondiendo sus inseguridades. Quizás sería mejor eso de “piensa antes de actuar” pero una noche divertida no es para intelectualidades. Es para bailar como te sientes. Y si hay que pedir perdón, se pide. Pero no se puede pedir perdón a la multitud. Entonces, ¿Cuál es el rollo?

Eso me hizo pensar en una historia que leí similar a la de la señora en cuestión. En una época en Nueva York donde no era común que las mujeres usasen pantalones, se presentó una señora de esas avant garde con esa indumentaria a un restaurant famoso. Le negaron la entrada por portar los pantalones y ella sencillamente se los quitó utilizando su chaqueta para que fungiese como vestido. Los patrones del restaurant no pudieron decirle nada y tuvieron que dejarla pasar. ¿Qué hace que la gente sea así? Seguras de sí mismas sin nada de qué arrepentirse. A mí, por lo visto, me falta mucho que aprender en mis mañanas de domingos con un casco amarillo postrado en la mesa de noche. No a que no me importe, pero sí a que no me arrepienta.-

2 comments:

Carito said...

Estaré esperando impaciente por la respuesta a la pregunta "¿Qué hace que la gente sea así? Seguras de sí mismas sin nada de qué arrepentirse".... Yo necesito, al igual que tú, aprender...Así que si descubres la respuesta: compártela!.. un abrazo!

Manuela Zarate said...

No sé qué hace que la gente sea así. Quizás es el darte cuenta de que aún cuando sientas que no tienes casco amarillo de qué avergonzarte igual va a haber alguien que te critique. Te levantarás y alguien dirá: que "niño-Cumbre Toto que se la pasada sentadito en su silla, y ni se quiso poner el casco!"
Entonces, para que dejar de hacer lo que te provoca? Lo que te hace feliz? Lo que te hace sentir que vives al máximo? Remember:
- Its better to regret having done something, than to have the feeling you have never done anything.
- Criticar es muy facil, cualquier idiota puede hacerlo.
- Cuando señalas a alguien apuntas un dedo a los demás, tres a ti mismo.
Al final la gente que critica, de esa por la que estás cuidando sólo tiene dos posibilidades: o haría exactamente lo mismo que tú, o te tiene envidia porque le gustaría haberlo hecho y no se atreve.
ENJOY your Avila bañado de azul and ENJOY de fact de que toda Caracas disfruta el mismo cielo, pero tú eres el único que lo disfruta con el casco amarillo en la mesa de noche. ;)

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