Wednesday, November 5, 2008

Sueños Negros y Pijamas Bolivarianas

Simón Bolívar en Central Park, Manhattan

Hay eventos en el mundo que se recuerdan de por vida. Sabes exactamente dónde estabas, como ibas vestido y con quien estabas en el momento que el mundo giró para derrumbar un paradigma. Anoche mientras veía el discurso de Barack Obama como ganador de las contiendas electorales estadounidenses, me di cuenta de una cosa: todos mis momentos paradigmáticos los he vivido en pijamas. Era muy chamo para entender el significado de la caída del muro de Berlín por lo que mis eventos se circunscriben a la última década del siglo XX y los comienzos de éste.

Para mí, los momentos cruciales que me cambiaron el mundo como lo había concebido fueron los madrugonazos acaecidos como consecuencia de los atentados golpistas del 4 de febrero y el 27 de noviembre, la caída del World Trade Center y la renuncia del presidente Chávez y su posterior devuelta al poder. Lo curioso es que todos estos eventos han ocurrido tarde en la noche o temprano en la mañana, agarrándome a mí tomándome un café o preparándome para dormir. Hasta la muerte de la princesa Diana – que de por si no constituye un cambio paradigmático, salvo en que derrumbó el mito que nuestros líderes eran netamente políticos – me agarró en bóxers.

Anoche no fue distinto. Me había pasado todo el día pendiente de la contienda electoral a sabiendas que el triunfo de Obama era lo más probable. Me reí de las quejas americanas sobre las largas colas de dos horas cuando en mi país, siete horas fue lo mínimo en una contienda revocatoria que no dio frutos. Me maravillé que no fue visto ni un solo militar por ninguna parte, dado que la protección y garantía del voto está en manos de millones de civiles y comprendí aquello de que algunas maquinitas arcaicas no servían. En Venezuela, a pesar de nuestra tecnología de avanzada, también pasa.

Los noticieros estadounidenses, parcializados con el candidato demócrata, daban sus proyecciones y opiniones, sin la prevención y calumnia de un poder electoral de por medio que se los previniese. Tanto es así que mientras la CBS le otorgaba estados a Obama o a McCaín, CNN se cuidaba de emitir resultados hasta tanto los centros electorales no hubiesen terminado de votar. Sabemos que el sistema electoral americano no es perfecto; evidencia de ello lo tenemos en los casos de personas registradas más de dos veces (hubo en caso de un hombre que se registró más de setenta veces), personas que no aparecen en los libros y el uso del voto provisional. Pero no pude evitar de pensar que más democracia se evidenció ayer en los Estados Unidos que en mi país en donde no se pueden emitir encuestas, proyecciones u opiniones sobre la contienda electoral el día de la elección, hasta tanto el Consejo Nacional Electoral no se pronuncie.

Ya tarde en la noche y empijamado, y luego de haber jugado al jueguito de asignar estados rojos y azules, presencié la proclamación de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. No eran las dos de la mañana, ni treinta días después como en el año 2000. Pero la diferencia con esto y mi país es que no había ex militares amenazando con emitir los resultados verdaderos o políticos cayéndose a piñas antes que a la presidenta del Consejo Nacional Electoral estimase que ya no se podría aguantar más la verdad a los venezolanos.

El cambio producido con la elección de Obama es ciertamente histórico. Independientemente del resultado final en cuatro u ocho años, el momento y la circunstancia de la elección – dos guerras y el peor desastre económico en lo que va de siglo – ofreció una visión esperanzadora en la televisión. De emancipación, de cambio pero sobre todo de regocijo en el saber que América está muy lejos de ser solamente un hombre en tweed gris con una rejita blanca en su patio y una esposa en crinolina con un pavo al horno. América constituye hoy en día una tierra de corbatas, de turbantes, dreadlocks y hasta banderas de arcoíris, en donde todo es posible. Por más imposible que sea. Obama no ganó por los negros; ganó porque es distinto. Como el resto de los estadounidenses.

Y mientras él pronunciaba su discurso de aceptación no pude sino sentirme celoso. En discursos anteriores, mi presidente ha parafraseado las mismas palabras que ofreció Obama anoche: todos somos uno y no puede ser que haya un Wall Street pudiente cuando hay un Main Street que se derrumba. Venezuela y Estados Unidos comparten la misma tesis que la pobreza no puede ser desmedida. La diferencia radical es que el presidente Obama se ofreció a gobernar para todos, porque también oye sus voces. Hasta los de McCain que salió de la palestra con la misma caballerosidad con la que entró, aún cuando no estuve de acuerdo con él en ningún momento.

El presidente Chávez, no oye ni toma en cuenta a todos los ciudadanos venezolanos, pues los que disentimos, somos catalogados como "enemigos" del pueblo. ¿Entonces qué es pueblo? Ignora el presidente venezolano que lo que nos diferencia de los Estados Unidos no son los valores en los que creemos (que por cierto, son los mismos). Sino que allá el indio no se mezcló con el blanco (y en muchos casos continua siendo así) mientras que aquí construimos nuestra sociedad sobre burdeles nativos. Por lo tanto no es la preocupación del racismo los que no agobia, sino la consternación de no ser tomados en cuenta por el mismo hecho de ser mezclados; de ser venezolanos. Aún cuando opinemos distinto que la administración central.

Mientras me acostaba, feliz por los estadounidenses y preocupado porque ideales como esos no han corrido con suerte en sociedades libres – Kennedy, Luther King, los Gandhi, y por mucho tiempo, Mandela – solamente me acordaba del mensajito ese que reza “Venezuela ahora es de todos”. Hay una inmensa parte del país que no se identifica con ese mensaje porque sabe que no es verdad. La implicación directa que el gobierno nacional no apoyará a ciertas alcaldías y gobernaciones luego de las elecciones del venidero 23 de noviembre es prueba de ello. Obama lo logró en un solo discurso. Sin franelas rojas, ni amenazas tajantes a su propia población ni vallas que unifican al pueblo americano con mensajes bolivarianos. Solamente con el cántico gospel que en democracia y en libertad de pensamiento, todo se puede.

El discurso de Obama fue una retórica sumamente calmada en la cual no se vanaglorió a si mismo, ni humilló a su contrincante ni a sus adversarios sino que se lo dedicó a quienes son los verdaderos detentores de la democracia: los más de trescientos millones de estadounidenses. Mi lástima antes de cerrar mis ojos es que afuera, una buena parte de veintinueve millones de venezolanos empijamados cerraban los suyos y no pensaban en el “por ahora”. Solamente en “ojala…”-

4 comments:

Jefferson said...

Muchas cosas se esperan de esta elección. Por ahora los venezolanos necesitamos repasar ese discurso de aceptación de Obama, y encontrar los lugares comunes de los cuales podemos colgarnos el próximo 23 de noviembre.

drew said...

que buen escrito tots. bravo.

Igor Zurimendi said...

Estimado Toto. Escribe más de política por favor. El domingo cuando lea las pistoladas que escriben los columnistas en el periódico pensaré en esto.

victor_marin said...

Excelente escrito Toto.

Yo también estuve bastante pendiente ayer con esas elecciones. Tuve casi que todo el día con el televisor puesto en CNN. Es como dijo una vez Ellen Degeneres: "He estado viendo por tanto tiempo a Anderson Cooper que lo siento como a un pana". El discurso de Obama ciertamente me conmovió. Él era mi candidato, aunque la verdad es que no me convencía del todo, pero igual nada que ver con McCain. Lo que le toca ahora no es nada fácil. Le toca gobernar a una gran potencia en declive. Pero ayer viéndolo y escuchándolo sentí que podía cambiar las cosas. De hecho, sentí que lo va a hacer. Sé que suena cursi la vaina pero fue lo que sentí anoche.

un gran abrazo

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