Monday, December 1, 2008

Calendarios de Adviento

Cuando yo era chamo, la llegada de diciembre era lo máximo. Mi carta a San Nicolás (yo era gringo, eso del Niño Jesús me parecía irrisorio) ya había sido escrita y enviada en noviembre. Mi tesis era que San Nicolás viajaría primero por Asia y Europa antes de llegar a mi casa por lo que seguramente se le habrían agotado las bicicletas. Pero, si yo aplicaba más temprano que los habitantes del hemisferio oriental, haciendo una apología por no haber nacido en Tonga, los elfos se apiadarían de mi causa y me apartarían una bicicleta para mí. Revisando una de mis cartas que guarda mi mamá en un cajón secreto (ellos jamás me han confesado que son el Niño Jesús) me doy cuenta que yo hacía mis relaciones públicas de la misma manera que las hago ahora.

Saludaba a San Nicolás, le mandaba un beso a la señora, a los renos, a los elfos, a Frosty, a Rodolfillo y hasta uno que se llamaba Néstor, del cual me apiadé después de ver una comiquita sobre él. Luego procedía a contar chismes sobre mi familia, acusaba a mi hermana porque en verdad se había portado malísimo (¡la Gestapo!) y le explicaba mis razones por las que yo me merecía la bicicleta. Terminaba la carta preguntando por la salud de todos en el Polo Norte. Una vez leí que una empresa completa había cerrado por un caso de gripe y me entró un miedo enorme que lo mismo le pasase a la fábrica de San Nicolás. Por eso le recomendaba Vitamina C en el novísimo empaque de Los Picapiedras, señalándole que las mejores eran las moradas de Betty Mármol. Quedar antipático ante mi Dios infantil en la época navideña (en todas las demás épocas era Walt) constituía en mi mente un pecado mortal.

La carta desaparecía mágicamente (los míos entendieron plenamente mis súplicas de fantasía). No así las cartas de seguimiento que yo hacía por si las moscas no le había llegado la primera. Jamás encontraban mis escondites. Pero ya para esa época estaba ocupado en otra cosa que nos tenía en vilo a mí, mis hermanos y mis primos: un calendario de adviento. Este calendario era tangible. Tenía una serie de veinticinco ventanitas enumeradas, las cuales deberían abrirse una por cada día del mes hasta la llegada de la Navidad. Cuando abrías una ventana, aparecía un dibujito escarchado de algo navideño. Un burro o un ángel o algún arbolito de Navidad. Y así se iba hasta llegar a la ventana más grande de todas: la del veinticinco de diciembre. Era una forma de entretenimiento barato pues nos daba un aproximado de cuantos días faltaban para recibir la bicicleta que no terminaba de llegar.

No era fácil la espera, aún cuando a nosotros nos habían adoctrinado y criado en ella. Un día para nosotros era prender una manguera en el jardín, montar una carpa y jugar a la guerra, con la única intención de distraer nuestras barrigas hasta la hora de la merienda. No importaba que la despensa fuese tan accesible como es ahora. Te costaba la vida si te cachaban comiéndote una Oreo antes de la hora indicada. Por eso, el calendario era emocionante, pues no era la mamá la que dictaminaba la hora de la apertura de la ventana, ni quien la abría, sino que éramos nosotros mismos. Decisiones cual “El Señor de las Moscas” de Golding sin más canibalismo que los empujones, mordiscos, puños y haladas de pelo para dictaminar quien llegaba primero al calendario y quien lo abría y quien adivinaba que habría al día siguiente. A mi primo Gus, le costó nuestra amistad una vez cuando, picado porque no lo habíamos dejado abrir la ventanita del día catorce, arrancó la del veinticinco. Esa no fue una buena Navidad.

No sé si habrá chamos hoy en día que tengan esos calendarios. Mucho menos que estén educados para la paciencia de esperar por veinticinco días. Yo no la tengo. Recientemente me puse a jugar un juego de Agatha Christie por Internet en su versión de prueba. Te daban una hora para jugarlo y al término del mismo, tenías que o comprarlo o dejar de jugar. Con el último cupo de CADIVI me bajé el jueguito para terminar el misterio de Hércules Poirot sobre las orillas del Rio Nilo. La impaciencia por ver quién era el asesino me previno de lanzarme a las calles de Caracas a ver donde encontraba el juego o ver si lo podía bajar de otra manera. Definitivamente, estos tiempos de inmediatez no están mandados a hacer para la espera de San Nicolás. Pero por si acaso, y la cosa sigue siendo cierta: ¿Qué pasó Nicolás? Un saludo a todo el mundo allá arriba.-

p.d. A Gus: On the first day of Christmas my true love gave to me, a partridge in a pear tree.-

7 comments:

oly said...

pues en esta casa hay un calendario de adviento que mis dos hijas administran el quién y cuando abren las ventanitas...

y nada como ¨the twelve days of christmas¨ to get in you in holiday mood!

loved it!

iLi said...

jajajaja toto en mi casa todavia los ponen todas las navidades.. y la pasada tenian en cada ventanita como extra unos chocolates divinos.. y que crees mi mamá y yo nos peleamos porque yo me comí el chocolate del día que a ella le tocaba..
Por cierto si te gustan esos juegos como el de agatha Christie hay uno buenisimo que se llama Madame Fate de Mistery Case Files.. son absolutamente adictivos.. y creo que los puedes bajar por internet.

Mene said...

me identifique perfecto con todo lo que describes! me encanta tu blog

GBA said...

buen post.

Tinker said...

Nosotras tuvimos varios de esos y los que tenian chocolates no eran muy ricos que digamos... seguro que no eran los mismos de iLi.

Tonti y este año no le escribiste a Santa?? no pierdas la esperanzas ;-)

Beatriz E Moreno said...

Friend y que pasó? Por fin te trajeron la bici?? Hey por cierto asegurate de poner tu blog PG-13 ahora que decides revelar informacion TOP SECRET navideña.

Toto said...

Thanks.
Ili: ya me lo baje!
BEM: la bici vino! Le puse el vasito plastico requerido para que sonara como una moto!

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