Monday, December 15, 2008

Diez hallazgos a bordo de una buseta llamada Diolimar

Estuve todo el día en Maracay visitando una fábrica de plásticos. La verdad es que decirlo así suena a dos cosas totalmente opuestas. La primera es de inversionista que se aventuró hacia los predios aragueños en búsqueda de afirmar si era cierto aquel consejo que le dieron a Benjamín Braddock en El Graduado: “Plastics!”. El otro, se asemeja a un colegial en paseo escolar luego que la mamá le firmase el permisito que la maestra le engrapaba a uno en la muñeca cual armadura de He-Man para poder ir. Que autóctono eso del engrape. Digamos, por los momentos, que fue un viaje de exploración profesional. Vasco da Gama en Levis. Sin la carabela y sin la iniciativa globalizadora.

Mis hallazgos en este viaje fuera de Caracas fueron pensados mientras recostaba mi cabeza en la ventana de la furgoneta que me llevó para allá. Ahí, reclinado con la técnica aprendida de amuñuñar el sweatercito junto a la ventana para hacer una almohada, me di cuenta de varias cosas que pasan desapercibidas en esos viajes en los que uno no tiene más nada que hacer sino recrear las posiciones de yoga que aprende en los aviones para no tener que sentarse derecho.

El primer hallazgo es que Caracas de mañana es bella. De mañanísima. Esa cuando los comercios de Sabana Grande abren las santamarías que bostezan y los viejitos que ya están despiertos desde las tres pueden por fin salir con sombrero y camisa manga corta a comprarse el periódico y hablar del Magallanes con el dueño de la panadería. El Ávila recién prendida de colores resalta el capín melao que tiene a la mitad de los electores del CNE en coma asmático mientras alguien aprieta el botón para apagar la Cruz decembrina. Siempre sabemos quien prende la Cruz del Ávila la primera noche pero nunca sabemos quien es el técnico encargado de apagarla en las mañanas. Eso debe ser un trabajo chévere.

El segundo hallazgo es que Caracas se vuelve insoportable justo al pasar a María Lionza. Las guacamayas que viste volar en un momento seudo cuchi por encima del autobús pierden su encanto cuando pasas a la Reina de Sorte y te das cuenta que más que una deidad, funge como la primera fiscal de tránsito que te dice: “ni sueñes papá que te vas a ir de Caracas sin cola”. Justo en la estatua cubierta de coronas florales, empieza la maraña de luces de freno, corneteos y la siempre pintoresca pintada de paloma al motorizado que te pasó tan de cerca que hizo que se te cayera el cigarrito mañanero. Uno que iba tan feliz porque Marta Colomina no sale al aire sino al mediodía y ya, entre el Jardín Botánico y la lamentablemente enrojizada Teresa Carreño, te jodieron el día.

El tercer hallazgo es que los grafitos de Caracas varían dependiendo de la zona. En el este radican los artísticos con la misma letra. Como si el señor de “Arquitecto Constructor” hubiese sacado un molde de letra grafítero que el resto de los artistas decidieron copiar. Hacia el centro se apoya a Marulanda en tinta roja. Uno hubiese pensado que el top de los graffitis internacionales sería Fidel o el Che. De repente el presidente de Vietnam porque ese estuvo aquí no hace mucho, pero Marulanda se lleva los honores de nuestras paredes para este fin de año. Llegando a Fuerte Tiuna, la cosa se pone artística. Son murales pensados, con fachas, fechas y fichas sobre El Libertador. En letra “Vivaldi” nos dan información sobre su pensamiento y sus maestros, con quien se casó y en donde murió. Una Wikipedia o un Primera Hora condensado en tres paredes de colorido nacional.

El cuarto hallazgo es que no sé si J.K. Rowling vino a visitar Caracas alguna vez pero estoy convencido que se inspiró en Francisco de Miranda para crear la imagen de Lucius Malfoy. Los murales que pintan a Miranda (por cierto me di cuenta hoy que la estación del Metro Parque del Este fue cambiada a Miranda; por un momento me perdí) no lo reflejan como se ve en la Carraca. Utilizan para su simbología la imagen del cuadro de Martín Tovar y Tovar. Y uno es patriótico y yo quiero a mis héroes y de ninguna manera estoy diciendo que la maldad de Malfoy se traspola a lo que haya hecho Miranda. Pero verlos a los dos uno junto al otro es concluir que Miranda tuvo un jujú con una witch de Hogwarts quien para tapar la metida de pata con un Muggle, se empató rapidísimo con un adinerado heredero de la fortuna Malfoy y con ello tuvieron a Lucius.

El quinto hallazgo es que me compadezco de las personas que viven en Los Teques y se tienen que calar la cola hacia Caracas. No les digo más porque sería insultarlos a Ustedes diciéndole que uno se puede dar el lujo de despertarse con sol. Pero les deseo una Feliz Navidad y un prospero año en el que el MINFRA le caiga la locha que tiene que decretar el plan pico y placa o regalarnos a todos como la revolución de Mao, unas bicicletas repotenciadas.

El sexto hallazgo es que en Maracay no hay algo como las panelitas de San Joaquín como en la entrada a Carabobo. ¿Qué pasó? Uno muerto de hambre y ni ve un platillo autóctono empaquetado cual doggy bag para el camino. Ni tampoco a los restos de mandarinas que observa en el hombrillo cuando va para Puerto La Cruz. Maracay, los visitantes demandamos algo autóctono que nos haga recordarlos a Ustedes. No puede ser que la Venus de Tacarigua no me ofreció ni siquiera un fresco.

El séptimo hallazgo es que no hay nada más chévere que aprender como se fabrica una botella de plástico. Todo es a maquina pero ver como se infla un tubo de ensayo largo para crear el botellón es impresionante. Quedas imbecílismo con la persona que te está haciendo el tour de la planta pero ¿qué carrizos iba a saber yo como se hacía el botellón ese que tanto odio cargar cuando llega mi mamá del mercado? Suficiente con decir que más nunca me vuelven a invitar para una fábrica porque toqué todo.

El octavo hallazgo es que en Maracay hace calor. Parejo. El sweatercito amuñuñado en una parte del hombro te hace ver como lo que eres: un turista ignorante.

El noveno hallazgo es que no me interesa lo que digan del capitalismo masivo, si es bueno o malo. Uno sabe dos cosas en esto de la viajadera con Maltín Polar por Venezuela: que el vasito grande de Dixie a la derecha te indica que vas en la dirección correcta hacia Caracas y que los arcos de McDonald’s al lado de la bomba Trebol salvan tanto la patria como la vejiga.

Llegar Caracas por el túnel de los Ocumitos, rezando porque a nadie se le vayan los frenos, compensa las ansias por ver como la noche arropa a esa montaña con la que te identificas cual Pedro el Cabrero. Sólo que Caracas no es conquistable en crepúsculos nocturnos. La maraña de carros estacionados, como si no se hubiesen movido desde la mañana, origina una paciencia involuntaria por llegar a casa. Una paciencia que la paga el sweatercito hecho trizas por el desespero de no poder hacer más que pegar la frente a la ventana y hacer humos en el vidrio con el aliento. O mirar hacia los edificios con sus luces de neón. He ahí el décimo hallazgo. ¿Qué carrizos estará haciendo ahorita en Venezuela una oficina que se llama Fondo Intergubernamental para la Descentralización? -


3 comments:

Gustvao said...

Empanadas operadas: eso es lo que tiene Maracay para recordarla.

idream2 said...

El Avila.
Una vez mas, protagonista.

Toto said...

Siempre. El Avila siempre será otra Leading Lady en todas mis historias.

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