Friday, December 26, 2008

Falta Vivir

Este artículo lo escribí hace bastante tiempo pero es que la miseria no se detuvo ni siquiera el 24 de diciembre y hoy me vino a la memoria lo que escribí. Saliendo a celebrar la Navidad en familia recibimos una llamada que uno de los hijos de la mejor amiga de mi mamá había sido abaleado como consecuencia de un atraco. De todos los regalos, ese debe ser el peor que puedas recibir. Una maldad que no tiene nombre.

Hoy, luego del entierro acudí a una fiesta en donde parte de la conversación giró espontáneamente hacia los asaltos en Venezuela. Cada uno de nosotros - quince en total - menos uno, tenía un cuento personal sobre un atraco. El único que no tenía, tiene una bala metida en el cuerpo. Lo indignante es que los cuentos se vuelven jocosos. Total, a todos nos pasa. Está de moda ser asaltado. Pues, no. Me niego a vivir en una ciudad de paranoias, que huela a muerte todos los días. Una inseguridad que te ve al retrovisor, retándote. A ver si es verdad que hoy llegas a casa. ¡Feliz Navidad al asesino! Hoy, en el entierro hasta pedimos por tí , chico.-

Falta Vivir

El concreto caliente me quemaba los brazos y el Sol inclemente me retaba a levantarme pero yo me rehusaba. Por más encandilado y acalorado que estuviese, no podía pararme. Las trompetas ensordecedoras de los altoparlantes se confundían con la voz de una chica informando sobre los minutos transcurridos. “¿Dios, cuánto falta?” – gritó desesperada una persona acostada cerca de mí. Sorpresivamente, algún vivo, pero que de repente fue Dios, respondió: “Falta vivir”.

Como otras 24.000 personas, según encuesta, fui uno de esos que trazó su silueta con una tiza blanca en la Avenida Francisco de Miranda y se “acostó” para protestar por las 70.000 muertes violentas que han ocurrido en nuestra querida Venezuela en los últimos siete años. Organizado por estudiantes de nuestras casas universitarias fue el acto masivo más diverso y más intenso al que he asistido. Con mis amigos hice el recorrido de la Avenida viendo las siluetas ya trazadas por quienes habían llegado antes que nosotros y divisamos todo tipo de figuras: jóvenes, hombres, mujeres, niños, inválidos y hasta trazados de animales. Viendo ese museo de siluetas humanas y animales entendí que esto iba más allá de un movimiento estudiantil: los homicidios violentos y la seguridad de nuestros ciudadanos nos concierne a todos.

Llegada la hora de “acostarse” buscamos nuestras siluetas en las calle. Al principio la jocosidad nos jugó una treta en nuestras cabezas. Acostarse en una calle por la que ni caminamos sino manejamos todos los días en absoluta rapidez por ganarle tiempo al Tiempo, se contraponía con la serenidad a la que obligábamos nuestros cuerpos a enmascararnos y afrontar una mortalidad aún no correspondida. Las risas nerviosas por la novedad de la experiencia afloraron en un principio pero lentamente se fueron ahogando con el sonar de las trompetas. Poco a poco imperó el silencio. Imperante, el Sol llegó como un enemigo retándonos a levantarnos. Un asesino con pistola de fuego.

La tentación de movernos, sin embargo, no fue correspondida. Dentro de nuestros ojos había demasiadas imágenes, de noticieros, balas, pistolas y ropas ensangrentadas. Dentro de nuestras mentes estaban las absurdas muertes que nos han agobiado en los últimos siete años: los asesinatos, las muertes por choques, los secuestros, los suicidios. Dentro de nuestros corazones estaba la duda de dónde estaban acostados los familiares de estas victimas; y dentro de nuestros cuerpos estaban aquellas vivencias desagradables de las que todos hemos sido víctimas en algún momento u otro. Por ello cuando Dios – o algún vivo – sentenció “Falta vivir”, comprendí que no estamos viviendo.

No estamos viviendo porque aún cuando nos acostamos para protestar por las muertes violentas, el saldo de ese fin de semana les sesgó la vida a 24 venezolanos. No estamos viviendo porque no podemos salir de nuestras casas sin enrejarlas como Auschwitz. No estamos viviendo porque nuestros carros, nuestras cuentas bancarias y nuestras vidas son presa fácil de unos insensatos cuya temporada de caza dura los 365 días del año. No estamos viviendo porque los casos que vemos en televisión y leemos en los periódicos se asemejan a algo que vivimos en carne propia o algo parecido que algún vecino nos contó. Yo no vivo porque la reciente aparición del presbítero Piñango Mascareño me trae a la memoria aquella fatídica mañana cuando en similares circunstancias aparecí desnudo en un hotel barato, victima de un caso de burundanga. La única diferencia es que yo, como muchos otros, estamos vivos para contar la historia. Pero no estamos viviendo.

Falta vivir. Falta tomar conciencia de que hay que trabajar para lograr un plan gubernamental de seguridad ciudadana que nos garantice la vida. Falta construir un país de empleos dignos, de remuneraciones estables que satisfagan necesidades que frenen los asaltos. Falta una construcción de valores morales que nos lleven a condenar no solamente al ladrón que mata sino al ladrón que todos llevamos por dentro. ¿O no somos ladrones al apoyar a la economía informal comprándonos un Cocosete en las colas de las seis de la tarde o una película pirateada en Capitolio? Falta acostarnos más, protestar más, exigir más. Falta vivir. Por ahora, no estamos viviendo.-

Toto Aguerrevere

6 comments:

Rol said...

same things happened were I was, after reading your post I remembered.. we were talking about prevention methods. such as everyone that has a BB has two phones in the car, the Old one y y el BB va escondido. pero con la última llamada, sabiendo a quien fue, en caso de una emergencia darle send dos veces y dejarlo en llamada abierto so people know what's happening,

Doña Treme said...

Nos esta pasando como a la ranita de la fabula... el agua se esta poniendo caliente y creemos que eso es confort.

Beatriz E Moreno said...

Mi toto, te iba a comentar, pero preferí hacerte un post:


http://enlapalestra.blogspot.com/2008/12/toto-claro-que-falta-vivir.html

Tinker said...

ditto...

Victoria said...

Wow!, me desestabilizó muchísimo este post. Ese día me marcó.No sólo porque era la primera protesta a la que asistía, por el simbolismo del acto o por el desafió que implicaba mantenernos allí...sino porque, en medio de ese silencio incómodo y de esa rabia concentrada tratando de volverse paz, por primera vez, tomé conciencia del miedo que sentía. Detenerme y decirme a mi misma "tienes pánico" me hizo, paradójicamente, mucho más valiente.

victor_marin said...

Toto, este es uno de los escritos que más me ha llegado de este Tea Party. Excelente reflexión. Y cuando digo excelente me refiero a que me dejó pensando profundamente, a que me llevo a cuestionarme y, sobre todo, me invitó a VIVIR.

hats down to you man

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