Sunday, January 11, 2009

Ideas Gone Bad

El sábado en una de esas conversas sabrosas, estuvimos hablando que todo momento en la vida tiene su respectiva cita de Friends. No importa donde estés o qué te esté pasando, seguramente es algo que lo puedas relacionar con algún chiste de la serie televisiva. Por ejemplo, ante un plan fastidioso uno siempre dice "no", inventando la excusa más chimba de todas. Yo no me levanto un sábado en la mañana ni para casarme y cuando tengo algo, mi excusa patética – que nadie me la cree – es decir “no puedo porque tengo un bautizo.” Es muy caradura eso de salirse con una de Phoebe cuando dice “I would but I just don’t want to.” Por eso es mejor inventarse un cuento chino sobre “apothecary tables”. (“Well there’s yore. And uh, y’know, yesteryear”).

Balbucear el nombre de alguien famoso a quien te encuentras por el celular es el equivalente al “I’m stuck in an ATM vestibule with Jill Goodacre”. Que te cuenten un chisme sobre alguien que conoces es lo mismo que llamarla a decirle “You were the hermaphrodite cheerleader from Long Island?” y oír los nombres que las niñas de mi generación le están poniendo a sus pobres criaturas, Lucrezia, Melinda o Paloma Prieto, no hubiese pasado si alguien con conciencia estuviese ahí para decirle “Ruth? Are we having an eighty-six year old?” o ““Hi, I'm Rain. I have my own kiln, and my dress is made out of wheat”.

El pasado fin de semana tuve dos momentos inconscientes de Phoebe. El primero fue aquel episodio sobre “there are no selfless good deeds”. Phoebe y Joey entran en una diatriba, dado que éste último argumenta que no hay ni una sola buena obra que sea hecha desinteresadamente. Phoebe lucha contra este argumento bajo la premisa que no puede permitirse criar a sus hijos en un mundo donde Joey tenga la razón. La verdad es que sí la tiene. En una graduación el jueves me enteré que mi amigo Igor cumplía años al día siguiente y tenía una fiesta en su casa.

Dado que estoy solo pues mis pater nostros están en algún rincón del mundo gastándose mi herencia, le ofrecí mi casa para hacer su fiesta bajo la premisa que en la suya, no hay puestos seguros para estacionarse. Igor me ha agradecido enormemente por este gesto de permitirle hacer su soirée en mi casa y tres de las que vinieron me dijeron que “yo sí era bueno”. La verdad, es que no soy nada bueno. Lo hice porque me daba fastidio salir de mi casa. Más que un gesto desinteresado, fue una opción personalista de alguien que no quería manejar esa noche.

El otro episodio de Phoebe sucedió porque Igor me dijo que él traía todos los implementos: caña, comida, gente y actitud. No hay nada peor que le digan a un Leo que se quede tranquilo que los demás se encargan de todo. Craso error. Lejos de encargarme del “cups and ice” que le dieron a Phoebe, con lo que estaba ya listo para salir al mercado de Chacao y llenar mi carro de hielo seco, se me ocurrió llenar la casa con cortinas de bombas (o globos, después del último post no sé como se dice). Mi idea era ponerle mi casa a Igor como un verdadero cumpleaños y nada dice más con una soplada de velas que bombas multicolores. No tanto como tres globitos pegados a la puerta. Eso es tacky e infantil. Mi visión era un verdadero arsenal de bombas. (“I wanted to do something where I could really help people and really make a difference.” “Wow, what do you do then?” “I’m a party planner.”)

Exagerado como soy, compré 250 globitos para inflarlos. Me pareció poco al momento pero eso me pasa por no haberme aprendido las dimensiones del espacio en clases de Física. Tres horas después, quince explosiones, un dedo mallugado como consecuencia de los nudos y una aspiradora en reversa recalentada, estaba hasta las metras en bombas por toda la casa. Sara, mi perra ciega, asustada por las masas de plástico extraño que se encontraba en cada paso en falso, se puso su casco de guerra y se escondió, pues yo nada que encontraba la forma de amarrar hileras de bombas para dar cabida a mi idea original de hacer cortinas. Encima que las bombas anarjandas que escogí se tornaban amarillas al momento de inflarlas, por lo que la conjunción con las blancas, le daba a la fiesta un aspecto de Convención Anual del Opus Dei en el Vaticano. Igor, el cumpleañero, es ateo.

La conclusión fue dejar el alibombombero regado por toda la casa sin dar mayores explicaciones a los invitados que no conocía, los cuales seguramente se fueron de mi casa rascándose la cabeza. Pero a lo hecho pecho y aun cuando no fue una selfless good deed, cuando todo se acabó y quedé solo explotando mi arsenal con un alfiler, pensé quizás que sí valió la pena, por más gallo que hubiese sido mi intento. Pues, no importa que tan grande se vuelva uno en la vida, send in the clowns. the Birthday Boy ALWAYS deserves balloons. Y con eso no hay intereses en juego.-

1 comment:

Igor Zurimendi said...

Jajaja, que risa toto.

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