Monday, January 12, 2009

Time Goes By (So Slowly)

“Mira, me da una pena contigo pero yo no he almorzado.” Esa fue la excusa para postergar la entrevista de trabajo que tenían conmigo a las dos de la tarde. Yo espeté el rutinario “tranquilo, yo espero” como a quien no le importa la cosa. Total, el interesado en conseguir el trabajo soy yo y es de mala educación decirle a tu potencial jefe: “ese no es mi problema”. Pero en verdad, sí es mi problema. Por conformista. El grandísimo problema que tenemos todos los venezolanos es que hacemos caso omiso a la puntualidad. Eso de a “más o menos como a las ocho” o a las “nueve y piquito” es inherente a nuestro propio ser. Nos desvivimos por un reloj pero es más por el caché de portarlo que por la utilidad que nos provee.

Con mi “tranquilo, llámame al celular cuando termines” empezó mi hora de calvario. No hay nada peor que le puedan hacer a un entrevistado que esperar. Atrás quedó la media hora en las que uno se atragantó un almuerzo, se cambió la corbata porque le cayó pasta de dientes, se fumó un cigarro en el camino por nervios y se metió un Halls Mentho-Lyptus por decencia. Ahí quedó esa media hora en la que uno hizo la cola de tres colegios porque resulta que la 1:45 es genial para salir de clase, atravesó cinco estacionamientos en los que los parqueros (a mi parecer los que más saben de todo en este país) le dijeron que no había puesto, decidió estacionarse en la calle y echar la carrera a toda metra, poniéndose el saco y metiéndose las mangas de la camisa que son demasiado largas.

En los últimos segundos antes de las dos de la tarde se estrujó la mano derecha contra el pantalón en un vano intento por repeler el sudor que inadvertidamente producen los nervios, (un Wet N’Wild pre-estrechada de mano ajena) y se llegó a la recepción. A la 1:59 con cero segundos, cual clavel. Sin aliento pero con la compostura intacta. 2:00 p.m. y nada pasa, porque entra la fatídica llamada que dice: “qué pena contigo pero yo no he almorzado”. Demonios.

He ahí, lo que uno más se teme: la ansiedad de la espera. Una ansiedad, sin poder fumar porque se acabaron los Halls. Una incertidumbre por revisar la señal del celular cada cinco nano segundos. Un cúmulo de pensamientos variados que surgen mientras se camina por una calle de arriba hacia abajo, como las palomas. Ciclos repetitivos de resignación, arrechera, planes maquiavélicos, calma y nerviosismo. Quebrantables únicamente por la llamada “Sube. Perdón por hacerte esperar” y la siempre respuesta de pajuo que uno ofrece en estos casos: “Tranquilo”. Manos (resignadamente sudadas) a la obra.-

3 comments:

Carlitos Huerta said...

Preach on broda, muy cierto. tenemos que cambiar eso

Chigüire said...

Lo dice la hora chanante http://www.youtube.com/watch?v=MXolkYmTzsQ

Manuel Andrés Casas said...

mmm probablemente era un problema endémico, probablemente ya la excusa del tráfico nos roba cualquier intento de estandarizar la puntualidad

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