Saturday, February 28, 2009

Sube los brazos

Es bastante cómico los prejuicios que tenemos de las personas que conocemos. La palabra “prejuicio” suena nefasta pero es porque siempre la utilizamos en términos denigrantes. La que es promiscua es promiscua desde chiquita, el que es flojo ni que amarre cien burros. Pero hay algunos que sorprenden. El caso viene por mis amigos nocturnos. Ese estilo de gente que no ves ni por casualidad durante el día. Ellos salen de una bola de disco por las noches. Gozas con ellos, tomas, te abrazas en cien abrazos de “tú eres lo máximo” y después te vas a tu casa con la promesa que “mañana nos vamos para Galipán”. Siempre pasa lo mismo. Ya sea por el ratón del día siguiente o porque en verdad esa gente no existe de día, la casita de Galipán se queda con las flores secas.

No es muy común la mezcla de conversaciones filosóficas cuando todos los que te rodean están en plan de “compae venga un abrazo” pero a veces pasa. Con mi amiga la Buroz me pegué una conversa una vez de la saga de los Reyes Malditos en el pleno centro de un matrimonio. Alex me explicó el problema Palestina/Israel cuando ya íbamos por la segunda botella. Y como olvidar todos los cientos de trabajos potenciales, libros, clases universitarias y filantropías que vamos a fundar Moirah y yo. El único problema de la Frasca de Toledo es que te hace olvidar todo lo que conversaste una vez que sales del recinto flamenquero y te percatas que ya no es mediodía en China.

Por eso me sorprendió una amiga de Alejandro mi hermano en una conversa que tuvimos en el cumpleaños de él (Happy Birthday Junip! Me dio fastidio escribirte un post). Ella es una de esas a quien denominaremos “jovencitas con mentalidad de viuda alegre en crucero de Carnaval”. Alguien que la ves desde los dieciséis años con la cartera clavada al codo y el brazo extendido en pose de mujer que fuma desinteresadamente. Una de esas que juega a los naipes un jueves en la tarde escapada del trabajo o que no concibe un viernes sin secarse el pelo. Me imagino que tiene novio pero igual no lo necesita para empinarse una botella ella solita. Una que seguramente heredará millones del tercer marido y a la que verás en Maiquetía escapándose para Capri gritando “Coraaaa que bueno verte. Tú no cambias vale”.

Ese era mi prejuicio de ella. Por razones que desconocemos (mentira estábamos los dos en la barra tratando de tomarnos las aguas de las poncheras) nos pusimos a hablar de la vida. Entre todas las cosas que hablamos algo que me llamó la atención fue lo siguiente: “Es que tú no entiendes Toto. A la gente le preguntan ‘¿cual fue tú día favorito?’ y se ponen a pensar y a pensar. Yo no. Para mí todos los días son el día favorito de mi vida. Yo gozo tanto que eso de no tener algo favorito en un día me aburre”. Este fue el sentimiento general que podemos atribuírselo a alguien con mucho Prozac y Proseco o a alguien que es verdaderamente feliz. Pero ella no había terminado. Fue cuando me dijo lo siguiente que entendí que yo no soy tan feliz como ella: “Toto, aprende que la vida es una montaña rusa. Sube los brazos.”

Eso me sorprendió bastante. Por lo general soy optimista (salvo cuando me invitan a almorzar) con todo el mundo y soy de los que ofrezco ese tipo de consejos. Pero que esa persona que debe ser unos seis años menor que yo me lance ese batazo digno de frase de Phoebe ("Santa Claus, on Prozac! At Disneyland! Getting laid!“) me hace pensar que hay algo que ella sabe que yo ignoro. O eso o mi prejucio está errado. Es que hay gente así. Personas que soplan las velas sin ser su cumpleaños y que no se levantan de la silla del tea party ni que lo cierre el SENIAT por moroso. Gente que goza 24/7. Eso me deja pensando ¿qué saben los nocturnos campaneadores de vasos que no sepamos la gente del monstruo de la mañana para ser feliz? Quizás sea cuestión de montarse en una montaña rusa y ver que pasa.-

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