Thursday, March 12, 2009

Períódicos que no añejan

Manuelita Zarate se despertó esta mañana sin darle más mirada a su espejo que la rutinaria volteada de retrovisor para ponerse el rímel mientras pasaba por el McDonald’s del Rosal en vías a su oficina. Entró a su edificio sin más pensamiento que aquel que solamente tienen las súper heroínas cuando juran que nadie las está viendo: cantar en su cabeza el soundtrack de Los Supersónicos.

Antes solía hacer un bailecito con los pies mientras esperaba el ascensor. Pero ahora, como lleva el chamo en el shuffle de su Ipod corporal, le pesa un poco el camino. No ha perdido el glamour con eso de encholarse solamente porque está en estado. Pero ya ha aprendido las técnicas karatekas, la inflada de bemba y la pose de mujer delicada cuando algún vivo en chaqueta de cuero imitación de camello se le colea justo cuando la lucecita del ascensor lanza la flecha para arriba, en señal que llegó.

Todo iba bien en esta mañana de cielos nublados. La ascensorista a la que Manuela le compra chicles para apoyar el subdesarrollo y combatir el aliento (aunque no necesariamente en ese orden) la saludó más efusivamente que de costumbre. Como toda ascensorista de este país, la inquilina del “Subieeendo” también tiene otras tareas para ocupar su estadía en la caja de acero. Una de ellas es mantener la cartelera del mes; aquel recuadrito dentro del ascensor que nadie lee pero que sirve como herramienta útil para ocuparnos la mirada cuando entra alguien a quien no se quiere saludar.

La señora ascensorista está muy orgullosa de su cartelera. Para alegrar la maraña de papeles informando la morosidad de las empresas inquilinas y la notificación de la demanda que le metieron al Señor Gómez del 6 por haber permitido una filtración que desbordó todo el piso 5 –ocasionando que el pobre Gómez tenga que subir escaleras para evitar el bochorno- a la ascensorista se le ocurrió en una tarde de poco tráfico, pasar por cada oficina con una lista para que la gente anotase los cumpleaños.

Como en el edificio están tratando de implantar una comuna y la gente quiere apoyar para que no los invadan, todos colaboraron con la señora ascensorista. Y ella de lo más nice hizo un calendario con los nombres de los cumpleañeros y la empresa donde trabajan la cual actualiza todos los meses, tachando a los que se van, a los que botan o los que no la saludan. La señora ascensorista es la única que le para a su papelito rosado con escarcha. Pero es que si nos ponemos a pensar, salvo apretar el botón de los bomberos para ver qué pasa, la verdad es que no hay mucho que hacer allí dentro.

Manuela entró al ascensor y se ubicó detrás de la sillita anaranjada que alberga la “oficina” de la señora ascensorista. Como toda madre primeriza, Manuela Zarate está un poco insegura de su figura. Por un lado, no sabe si embatolarse como Soledad Bravo de una buena vez por todas y comerse a Tío Rico (no un helado, sino las reservas completas de Bati Bati que están en la fabrica) de la ansiedad que tiene. Por otro, sabe que en este país no hay excusa para la gordura. Ni siquiera un chamo a bordo. Es todo culpa de la primera anoréxica que decidió tener un bebé. Cuando las demás gordas vieron a “te es esbelta” todas dijeron “yo quiero, yo puedo, yo voy”. Desde ese entonces, mujer embarazada gorda es potencial de presa para crítica y robo de marido. Manolita está entre los dos polos. “No muy flaca” como busca It’s Good to Be a la potencial pequeña gran fortuna latinoamericana con la que espera flechar para poder retirarse.

Por eso, Manolita no le dio más pensamiento al “Bueeeenas mi reina, tan bella usté. Felicitacioooneees” que le dio la señora ascensorista en su vuelo al piso 2, donde labora Manolita. De repente el claustro había afectado a la ascensorista y se había olvidado que Manola estaba encinta. De repente es que no sabía y ya salió Migdalis la recepcionista a echarle el cuento para que estuviese pendiente de no tachar a Manola de la cartelera cuando no la viera en seis meses. No es que la botaron, es cuestión de preaviso. Además a Manola no la pueden botar porque ella es la jefa. O eso me dice ella.

Pero Manola entendió el efusivo cumplido de la ascensorista cuando ésta no se detuvo en el piso 2. Las puertas ni se abrieron, provocando que Manola hiciese ese paso en falso con sonrisa de quinta finalista que da la gente despistada cuando se baja de un ascensor y se da cuenta que se equivocó de piso. “No” –le dijo la ascensorista – “hoy le toca en el piso 3. Porque Usted está cumpliendo 30 años. Baje sus escaleras si quiere trabajar”. Una risita de esas de abuela que lo que provoca es cachetearlas y una cerrada de puertas dejó a Manuela en blanco.

Mierda. A Manola se le había olvidado su cumplida de tri-gliceridos. No lo había evadido. Es más, tenía una fiesta en la noche para celebralos. Pero hay algunas mañanas que vienen sin fechas. Hela ahí, sola y desamparada en un pasillo desconocido parada en un piso al que, hasta el día de ayer, solamente había conocido como techo. “Feliz cumpleaños Manoleta” seguramente se dijo a si misma. “Eres la señora de las tres décadas”. El patetismo de Arjona “Señooora. No le quite años a su vida. Quítele vida a los años”, propio de las cuarentonas pero que en estos predios del valle capitalino se comienza a restar desde la tierna edad de los 22, le sonaba a lo lejos.

No tuvo más remedio que irse a la puerta de emergencia y empezar a bajar escaleras hacia su oficina en el piso 2. El piso 2, hogar de sus veintes. Cuando fue todo aquello que otrora escribiese Joseph Mankiewicz sobre un personaje llamado Eva para el guión de una película de los años cincuenta: "Eva, la mujer dorada, la de las portadas de las revistas, la chica sencilla, la que vino de la luna. El tiempo ha sido bueno con Eva. La vida va donde ella va. La han entrevistado, biografiado, retratado, elogiado. Lo que come, lo que usa, a quien conoce, lo que fue, y cuando y adónde irá. Eva, todos saben quién es Eva. ¿Qué más hay que pueda decirse de Eva?..."

Cada escalón que bajaba Manuela le iba dando una razón por la cual pensar en sus veintes. Independencia, matrimonios, divorcios, tangos en Buenos Aires, vinos en París. Compromisos, empresas, amigos del alma, dedos tatuados de azul, anillos de oro en el anular derecho, protestas, placeres. Cada escalón un recordatorio de todo lo que había vivido y todo lo que le faltó por hacer. Bajó el último escalón y se vio ante la puerta de hierro pero volteó la mirada hacia la puerta de arriba. No es mucha la distancia, pensó. Pero y con todo y eso se siente distinto.

Un fuerte empujón la sorprendió. La puerta de hierro se había abierto violentamente sin dar cuenta que había una persona detrás de ella, sacudiendo a Manuela y todos sus pensamientos a caer al piso. Allí estaba la señora ascensorista y quince secuaces con cara de perros bajando o subiendo escaleras. Mientras Manuela se sobaba el codo, la ascensorista le gritaba por la mitad de la escalera: “Ay mi reina perdón. Se daño el ascensor por la filtración mamita. Párese que ese piso ta’ sucio. Ya le subo una selva negra con una vela pa' su oficina que voy a donde Alfredo a comprar un número”.

Nuevamente sola, Manuela pensó en una sola cosa: Fuck it. La vida es así. Cuando piensas que eres un periódico del ayer, alguna puerta te da un coñazo recordándote que sigues siendo noticia. Manuela sonrió. Se levantó, se limpió el pantalón y con una mano se sacudió el pelo de su hombro derecho. Se puso su cartera, tocó su barriga como para revisar que todo el paquete estuviese bien y abrió la puerta del piso 2.

Manuela Zarate, de treinta años, se fue a trabajar.-

N.R. Como todos mis escritos sobre Manuela, esto es pura ficción. Salvo su cumpleaños el día de hoy, la verdadera Manoleta está seguramente montada encima de un autobús con la camisa levantada, un smiley-face pintado en la barriga preñada y gritando a todo pulmón: "Long live the Dirty Thirties! ¡Fuera el Presi!"

1 comment:

Ciruclo de Lectura Amagi said...

Chamo no había visto esto!!!!! Por qué no sé. Si siempre navego tu blog!!!! Let me know next time!!
De dónde sacastes esa foto????!!!!!
Besos. Love ya. Very very much!

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