Monday, April 6, 2009

¿Qué estabas haciendo cuando pasó el temblor?

Toda mi vida me había dado curiosidad por saber que se sentía cuando la tierra temblaba. Viviendo en Los Palos Grandes y teniendo a la más exagerada de las madres quien aún hoy profesa que la pantalla de cine le cayó encima a ella solita en un cine de Caraballeda en 1967, mis preocupaciones tenían fundamento. Desde chiquito me prepararon en el colegio sobre que hacer cuando ocurre un terremoto. Desde 1987 a 1994 me dijeron que me metiese debajo de mi pupitre o cualquier superficie. Después de eso, vinieron los forwards de e-mails con el "ALERTA: ¿qué hacer en un terremoto?” asegurando que un gurú en esto de los tembleteques recomendaba el “triangulo de la vida”.

En You Tube me metí alguna vez para oír una grabación del sonido del terremoto del 67; me he estudiado la escala de Richter de arriba para abajo y siempre he pensado que si debo correr, me gustaría traerme mi cajita de recuerdos conmigo. Pero nada me preparó para lo que yo estaba haciendo en el justo momento cuando empezó a temblar la tierra. En el preciso instante en que el mundo sonaba como rocas vomitando y la casa se movía de lado a lado, Toto se encontraba metido en una página pornográfica.

Llamémoslo aburrimiento dominical. Un pensamiento, un clic y hay dos tetas frente a ti. Eso no se piensa mucho. Pero si Dios quería castigarme por no haber ido a misa en el Domingo de Ramos, lo logró. En medio de la reacción “esto es un terremoto” y la apuradera por salir corriendo hacia el jardín, el instinto de aquel niño quesuo de catorce años que borraba el historial de su Internet en la computadora comunitaria, volvió. Nada más pensar que uno muere haciéndose la paja es finiquito para la eterna burla de los ángeles en la puerta de San Pedro.

Josefa estaba abajo y no sintió nada, salvo que la televisión se movió y Eparquio el loro se cayó de culo desde el palo donde estaba guindado. Llamó la Coqui luego que el temblor había pasado y ella tampoco sintió nada. Solamente quería pasar buscando “Slumdog Millionaire”. Está bien pues, la testosterona me volvió loco. Nadie más lo sintió. Gracias a Dios mi abuela es un megáfono humano de alertas inocuas. “Cooorraaaan que el mundo se acabaaaa” gritaba por el teléfono. Todo a la calma, pensé. Mi abuela sigue de manicomio.

Lo que sigue luego es una tensa calma que da miedo. Los perros ladran y uno se recuerda de algún consejo que seguramente oyó en Tío Simón el cual dice que los perros sienten todo antes que los humanos. Aquí viene otra vez. Después ramas que se caen y uno piensa que el araguaney pajuo (porque es el único en Caracas que NO ha floreado) se terminó de desplomar. Después no queda nada sino poner Globovisión. Porque al venezolano le encanta un estrés. No pasa más nada sino el recuerdo de creer que el mundo se te derrumbaba encima. Y reírte a solas por el hecho que no sabes cómo explicarle a tu mamá que llama despavorida preguntando “¿y qué estabas haciendo tú cuando pasó el temblor?

2 comments:

Joseph Barbera said...

Jajajajaja... buenísimo, de verdad que sí xDDDD Bueno, a todos nos toca de vez en cuando jugar solitario xDDDDD

el whittie said...

JAJAJA dale gracias a dios que no fueron a buscarte jajaja

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