Sunday, April 12, 2009

Sardinas en Lata

Para nosotros los venezolanos, salir de viaje es lo mismo que jugar a sardinas en lata. Somos el único país cuya idea de vacaciones es irnos todos al mismo lugar. Nos encontramos en el aeropuerto con la misma gente por la cual compramos el pasaje para escapar de ellos. Solo que ahora no son estorbos. Son compañeros de viaje. Todos llegamos a la misma hora. O cuarenta horas antes o cinco minutos después. Jamás a la hora correcta. Nos hacemos panas de la persona que está delante de nosotros en la cola del chequeo de maletas. Es importante ese punto de referencia porque no nos vamos de viaje sin decirle a un completo extraño “guárdame el puesto que ya yo vengo”. No tenemos paciencia para la cola.

El procedimiento de embarque es precisamente eso, una idea embarcada. “Aserca anuncia la salida de su vuelo” es leitmotiv para la corredera a enfilarse en una cola ficticia. Tenemos el mal augurio que el avión nos va a dejar o que está sobrevendido. La economía procesal de abordar por filas es para nosotros un engaño. Si no estamos en una fila no estamos tranquilos. Si no hay veinte personas recogiendo bolsas del duty free, el vuelo está cancelado. Todos abordamos con un maletín de mano el cual probablemente sería clasificado como una maleta de las de verdad verdad en cualquier aeropuerto en los Estados Unidos. De que cabe, cabe. Siempre hay un bigotudo que se encarga de darle un trancazo a la compuerta para que eso ocurra.

A todos nos tocan los mismos tres personajes en el avión. El papá con camiseta blanca, lipa sobresaliente y cadena de oro, la sifrina con sombrero de paja, anteojos cubre-caras y chispitas moradas en el bolsillo trasero de su blue jean que combinan con el forro de su Blackberry y la señora de las mechas malhechas cargando al infante con corte de totuma que llora a mitad de vuelo porque se le taparon sus oídos. Nadie es capaz de admitir que va sentado en el asiento del medio. Si viene alguien se paran o se hacen los locos pero jamás asumimos que el vuelo va full o que el compartimiento de nuestro asiento va a estar vacío si nos montamos tarde.

Las aeromozas son todas clones Stepford. El moñito circular de Vilma Picapiedra laqueado a la perfección con suficiente aerosol para matar a un enjambre de abejas apenas se mueve mientras son forzadas a encaramar un coche, un almohadón y a la abuela en donde quepan. La explicación de las regulaciones aéreas en una voz en off que siempre parece imitar a Raquel Lares se pierde entre el bullicio de la pasada de hojas del catalogo de Rattan y la pasajera imbécil que siempre se para cuando el avión está despegando para abrir la compuerta a buscar algo que, como siempre, es innecesario. Ya en vuelo, los venezolanos todos persignados y con el cinturón desamarrado, comienza el tráfico. Dos azafatas ingeniándoselas para mover el carrito solamente porque al gordo del asiento 2C se le ocurrió la brillante idea de ir a hacer pupú y no hay forma que se aguante.

El avión no ha aterrizado y ya todos los venezolanos están haciendo la cola. Con el maletín de mano en la mano. Los europeos y los chinos se asustan pensando que se perdieron algo en el altavoz o que el avión está a punto de caerse. Tesis última que confirman cuando las ruedas del avión pisan tierra y la marabunta empieza a aplaudir. No debe existir otra explicación de ese aplauso para un chino en un vuelo a Margarita. El venezolano es sabio. Por cuarenta y cinco minutos, Chávez no es Dios. Dios es el piloto que aterrizó esa verga.

Como somos apurados, sabemos que el mejor puesto para recoger las maletas en el carrusel es en la boca del mismo. Ahí cuando salen las maletas hay trece gorilas de cada familia. Que una maleta de la vuelta completa en el carrusel es de pajuos. Los venezolanos tienen el don de la elasticidad manual. El problema viene con la cava. Equipaje fundamental en todo viaje playero. Todos tenemos la misma. Una cava de anime forrada en tiro y marcada “Familia Gutiérrez” en todos sus costados con marcador. Siempre usamos el mismo color rojo de Markette. Como si en Educación Familiar y Ciudadana nos hubiesen enseñado que cuando se empaca el atuncito y el tosti arepa hay que marcar la cava con rojo. Ponerlo en verde es mal agüero. Aparentemente se pierde la maleta. Inclusive a aquellos que se empeñan en forrarla como virgen con cinturón de castidad.

De ahí pasamos todos a otra cola. La del gafo que revisa un papelito de barras para ver si la maleta, la cava y la abuela que trajimos son efectivamente de nuestra propiedad. Los perros pueden ladrar en Maiquetía, los rayos X denotar sustancias psicotrópicas, el guardia del SENIAT puede pegar gritos y el detector de metales puede cantar la canción de cumpleaños. A nada de eso le paramos. Solamente al flaquito que colecciona los papelitos de barras. Como si le tuviéramos que probar a alguien que no somos ladrones. Sardinas en lata. Saliendo todos de una puerta como toros en Pamplona a marearse con el desconfío de moscas que gritan “taxi a la orden”. Como si eso faltara en un vuelo nacional: orden en la pea.-

1 comment:

ardi! said...

Gracias por hacerme reir tanto, TANTO. Lloré. Sólo me pregunto, ¿por qué no había leído este blog antes?

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