Saturday, May 9, 2009

El último beso

Es de buena educación que te presenten. Un fastidio pero es educado. Lo que no entiendo es porque hay un cierto denominador de personas que caen en la categoría de intercambio de una sola palabra: “encantado”. No es porque no hubo compatibilidad, afinidad o queso. Es sencillamente un idiota de referencia que casualmente está hablando con alguien a quien uno conoce. Para esa otra persona, uno también es un idiota de referencia, un desconocido/a al que se le tiene que dar la mano. El amigo en común que nos tiene a ambos en Facebook queda estelar. Él es Kevin Bacon. Nosotros somos dos idiotas que conforman sus seis grados de separación.

Nos separamos y cada quien se va hacia el destino de la fiesta donde se sienta más estrella. Al final, cuando ya la despedida viene con regalito de salida (la pea), se abraza a Kevin Bacon y si el desconocido/a (que ahora es supuestamente conocido/a porque fuimos presentados) está cerca, se le lanza un “Mucho gusto. Un placer conocerte”. No fue ningún placer, no estuve encantado por verte. No te conozco. Placer me dio fue ver al amigo/a que nos presentó. Pero yo no me despido de mis amigos diciendo: “encantado”.

Con esa/e no me besé esa noche.

Uno está montado en un ascensor solo. Se abren las puertas en el piso 2 y entran dos señoritas. Ignoran completo la existencia de uno. Es lógico pues no nos conocemos. Pero inevitablemente, cuando estamos en un ascensor pensamos en cosas como "espera a que ellas se bajen primero o aguántales la puerta para que salgan". Es un simple acto de caballerosidad aprendido en Cívica. Es de lógica. Ni voltean. “Marica, Yuyú se operó las tetas el viernes pasado pero anda cagada que una le quedó más grande que la otra” es el perfume final de la conversación mientras uno queda como portero aguantando una puerta que no ha tenido que aguantar desde un principio. Porque no las conoce. El Manual de Carreño no incluyó jamás etiqueta de ascensor. Ni consejos para ofrecerles sobre qué hacer con la lola desinflada de la Yuyú.

Con esas dos no me besé esa tarde.

Me entero que unas alumnas mías resultan ser hijas de un socio de mi papá. Una tarde llega la mamá, a quien conozco desde hace años, la cual me saluda con un: “Mucho gusto señor.” En el mismo momento que le recuerdo que yo soy Toto, me acerco para darle un beso. Total es amiga de mi papá y yo quedaría como un imbécil dándole la mano, aun cuando le tenga que recordar quién soy yo. La cara de horror que pone la señora es de violación y asesinato. Como si le ofreciese con mi cachete la gripe porcina. “Estelita, yo soy hijo de XX y XY”, explicación completamente balurda que tengo que dar para justificar mis avances. Ahí la cosa cambia. Ya no soy un empleado acosador. Ahora ante los ojos de ella yo soy el hijo de alguien. “Hoooooola…[conversación estúpida inaudible]". En mi cabeza solamente pienso: ¿así es como se bate el cobre no? Y en este país queremos socialismo.

Con ninguna de esas me podía dar un beso.

Uno llega a una fiesta. Pinta exitosa. Actitud. Mientras campanea el whisky, divisando quien está y quien no está, la ve. La mujer de su vida, riendo a lo lejos. Poco importa que la conozca o no la conozca, hoy está más bella que nunca. Cuando uno ve ese tipo de mujeres, uno ni pregunta quién es ni le pide a alguien que se la presente. El miedo siempre es doble con eso: o te dicen que se acaba de casar (incaible los primeros meses) o el que te la presenta es capaz de gustarle también. Esta es una aventura solitaria. No importa que la fiesta sea de temática playera, uno camina hacia ella como si tuviera encima un smoking. Chorreado mentalmente pero seguro que se le tiene que presentar. Así tenga que cambiar de nombre y presentarse no como el flaco Toto sino como alguien con nombre estilo Fernando Lizárraga. “Hoooooooola”. Bache en el camino. Una imberbe se cruza entre uno y el objetivo de conquistar a la Mujer Maravilla.

“Hola ¿qué tal?” responde uno, inseguro de saber si ha visto a la imberbe o no en su vida pero sin importarle lo suficiente como para no quitarle el ojo a la mujer a lo lejos. “¿Tú no tienes idea quien soy yo, verdad?” contraataca la imberbe, “Sí, claro” le responde uno rápidamente para quitársela del paso. “A veeeeeer. ¿Quién soy?” Silencio. El ojo en el blanco se desvía de la Mujer Maravilla para posarse ante la humanidad de la idiota que tiene el tupé de preguntar semejante estupidez. Como si fuera ese jueguito que tenía uno cuando era chiquito en el que se adivinaba que personaje era la otra persona, por medio de descarte, haciendo preguntas estilo “¿es mujer?”, "¿tiene bigotes?"

Uno mira a la imberbe y se da cuenta que no tiene la menor idea quien es, ni como se llama. Y la lástima es que cuando decide que no le importa, ve como la Mujer Maravilla agarra su cartera y se va de la fiesta. La fantasía se derrumba, el smoking mental desaparece, la actitud cambia y uno se queda solo frente a una completa imbécil tan maleducada y tan insegura en la vida que tiene el tupé de emplear la contra argumentación más cruel que se le puede dar a alguien: “A veeeer. ¿Quién soy?”

Con esa de bolas que me di los besos. Por arrechera.-

No comments:

También te puede interesar:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...