Sunday, May 17, 2009

Momentos Kodak que merecen Tarjetas Hallmark (I)

Yayo mi amigo tuvo una novia alguna vez a quien conoció mientras él era su profesor. Habíamos oído puras cosas buenas de ella y él quería que la conociésemos. Tiendo a ser una persona malévola con mis amigos. Me gusta burlarme. Eso le pasa al primer pendejo que se le ocurrió meterse con mi calva. Por ello me pareció de lo más natural meterme con la condición políticamente incorrecta de los roles culturales que ambos fungían. Con el pretexto de conocerla, organizamos una fiesta en mi casa. De inmediato tomé la batuta entre mis amigos para hacerla entrar en calor y hacerla perder el miedo ese que da cuando no conoces a nadie.
Le pregunté de frente si ella no pensaba que era una zorra al empatarse con su profesor.

El silencio sepulcral pudo ser oído a cinco kilómetros de donde yo estaba sentado. Hasta los mosquitos se frenaron como camionero que para el tráfico para ver el choque en el otro lado de la autopista. Todos mis quince amigos se quedaron impávidos. A Yayo se le veía la campanita de la garganta. Pero la novia mantuvo el coraje: “No sé si la más zorra pero sí la más inteligente.” Yayo y ella terminaron años después pero hasta el sol de hoy sigue siendo una apreciada amiga. Lo que jamás pudo quitarse fue el sobrenombre: La Zorra.

Este cuento lo eché anoche en una fiesta con otros amigos. Uno de ellos (prometí no inventarle sobrenombres) es completamente incompatible con quien soy como persona. De repente es por eso que somos panas. Él es de los que da su nombre con los dos apellidos y su tipo de sangre en los puestos de vigilancia. Yo soy de los que digo que soy Teodoro Petkoff y que no tengo sangre. A mi amigo no le gustó mi cuento y procedió a acusarme de ser a veces demasiado honesto y que eso cae mal. Ignoraba que uno podía ser algo como “demasiado honesto” pero por primera vez, me callé y no seguí con el cuento. He descubierto que no hay nada más fastidioso que la mayéutica socrática cuando se tiene un whisky en la mano.

Ahora pensándolo en frío me gusta el epíteto de ser “demasiado honesto.” Pero ¿demasiado honesto con quien? Porque hay diferencias. Descarto que la honestidad bruta tenga que ver con ser criticón. Criticar es decir que la foto de los tequeños en el stand de refrescos de los cines en Caracas tiene connotaciones fálicas. Criticar es poder decirle a tu date que la mamá de la novia se operó tanto que había que apartarle las lolas para darle un beso. Eso son cosas que se dicen entre amigos o en confidencia. A veces para causar risa, a veces porque se nos salen pero la vida me ha enseñado que para criticar en público con gente que no es amiga tuya o tu pareja, es mejor quedarse callado.

Mi problema no es criticar abiertamente a Los Insoportables. No son amigos míos y no tengo derecho alguno a aguarles su fiesta mental que son la verga de Triana pues debe haber gente que piensa que el Insoportable soy yo. No tengo problema con eso. Todo comentario que yo tenga de gente ajena, me lo reservo para hablarlos con los que sé son mis amigos y para este tea party pues me gusta reflexionar sobre conductas típicas que pretenden ser atípicas de nuestra zoociedad. Me entretiene pero no criminalizo ni dejo de saludar. Nadie es monedita de oro. El otro día le dije a alguien que yo seguía saludando a un pasado interés romántico porque yo no tenía orgullo. Pero es mentira. Orgullo es lo que tengo. Lo que no tengo es paciencia para ir de esquina a esquina en un salón de fiestas con tal de no conseguírmela. Por eso prefiero saludarla. Generalmente la que se queda fría es ella.

Si el problema de ser crítico no viene de hablar de los Insoportables, entonces debe venir por decirles las cosas a mis amigos, sin pensarlo más de dos veces cuando no hay nada que pensar. Eso no lo entiendo. Los amigos de uno son una familia elegida y aún cuando tenemos treinta (o en mi caso que manejo un rango de amigos de 21-38) años en este mundo, hay ocasiones en las que no somos honestos sino que tenemos que ser ese tipo de gente que no le pueden decir a la otra persona (en serio o en broma) lo que uno verdaderamente está pensando. Lo que nos sale de la boca es una versión edulcorada. “Tranquilo pana me lo pagas cuando puedas”. Chévere no los necesito ahora pero hay veces en que sí estoy corto y no resuelvo sino que llamo a otro pana para quejarme de lo mala paga que es Carlos. Carlos no tiene manera de saber la situación. Si no, de cajón se hubiese movido.

Este es lo que llamo el Síndrome de la Tercera Brigadista del Cortejo. Ninguna mujer se ha atrevido a decirle a su amiga en la cara que el vestido que les montó para el cortejo es la cosa más fea del mundo pero que ella se lo pone porque entiende que eso la hace feliz. Todos los hombres del cortejo tenemos reunión en la puerta de la Iglesia para ver como carrizos nos amarramos un alambre de esos de pan Holsum detrás del chaleco porque a todos nos entregaron el frac equivocado. Con el hombre es más fácil eso de decirle “pana lo hubieras hecho en Margarita” pero pocos nos atrevemos porque la Bridezilla es capaz de oír en ondas espectro eléctricas que le criticamos el matrimonio y nos separa de por vida de nuestro pana Luis. Lo curioso es que salvo la prima de Mérida, todas las que están vestidas de un color ilógico como el azul violáceo y los que están de pingüinitos socialistas se conocen. Pero nadie se atreve a soltar prenda sobre lo incómodos que nos sentimos.

Maru es mamá de dos chamos. Y odia ser mamá. Por esto no quiero decir que deteste a sus hijos, los ama más que ella misma y es una de las que ejerce su rol como toda una campeona. Lo que le desespera es toda la parafernalia que viene con el cargo: que le toquen la barriga mientras está en estado, que le hablen de pañales, placentas y pezones como si no existiese más nada que hablar en el mundo y que le dicen loca cuando decide renunciar a su permiso post-natal un mes antes de lo previsto. Pero lo que me gusta de ella es que puede ser honesta con sus amigos y decirlo para encontrar soluciones. No hay nada más horrible que decir que a uno no le gusta ser mamá o papá. Es anti Mamá Ganso. Pero nosotros sabemos que la parte que detesta no es criar a sus dos chamos. Lo que odia es calarse las caras de quinta finalista de las idiotas que no entienden porque hay gente que dice que le aburren los baby showers. Conclusión: mis colegas le mandan a Maru su regalo a la oficina. Con motorizado. Ella es la más feliz de todas.

Le concedo a mi pana. Hay cosas que no deben decirse. Pero cuando puedes decirle todo lo que tienes en la cabeza a alguien cercano, a tus amigos del alma, pues hay momentos Kodak que merecen un tarjetón de Hallmark. Porque a veces entre panas, actuamos como Los Insoportables. Y para ti me puse con el Junip a sacar todos los comentarios que le he hecho en la vida a mi gente de pueblo que sé te darían pena. Todo por ser, brutalmente honesto. Enjoy!

2 comments:

ardi! said...

Mis amigos siempre me dicen que soy brutalmente honesta, I take pleasure in that. Me siento orgullosa y es en el unico aspecto en el cual puedo decir que soy valiente. Claro, me canso de producir esos silencios. Termino rompiendolo yo misma con un "what?!? Its funny!!" y siempre alguien me refuta "no, no es comico que te burles de la tragedia de Fulanito." Cuando tenia una compañera de clases me cayo a golpes por mi honestidad... En fin. Liked your post! Welcome to the "demasiado honesto" team, Nietzsche es el presidente, creo.

Anonymous said...

"virtuoso hasta un extremo heroico" es la definición de un candidato a santo. Sin pretenciones de involucrar esto en un contexto religioso y desatar complejos patologicos - teologicos, te considero un buen candidato. Nominado a santo, nice!

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