Friday, July 3, 2009

Culto al Nichismo

Culpamos a las japonesas por el consumismo desenfrenado basado en la idealización de algún personaje mediático. Como los japoneses nos llevan una morena en población, la capitalización de tendencias masivas se antepone al buen gusto. Por eso, el mundo se tiene que calar que gente como Paris Hilton esté en la palestra. Vender su condición de socialité, heredera y celebrity ha presupuesto para la Hilton una entrada de millones, sencillamente porque las japonesas vieron en ella la cúspide de un icono diferenciador. Alguien quien ser cuando todo el mundo se ve, viste y camina de la misma manera. Hay dos cosas en este mundo contra las que no se puede luchar: la portada de la revista People y las adolescentes en Japón. Conquistas ambas y el mundo es tuyo.

No dudamos que la catira Hilton trabaja muchísimo para lograr su emporio. Nadie se hace rico haciendo nada en un mundo donde se ha hecho falsa la famosa frase que definió a los noventa: “Yo no me levanto de la cama por menos de $10.000” que acuñase la top model de cabellos camaleónicos, Linda Evangelista. Hilton se ha sabido ganarse su mercado a punta de flashes fotográficos que le venden al mundo una idea de vida fabulosa. Mirada de gatita perdida, labios entre abiertos, espalda arqueada y una mano en la cintura abrazando un vestido que jamás volverá a ver la luz del día. La fórmula sirve en cualquier ámbito, así la Paris termine siempre en la lista de las peores vestidas. Las japonesas (y el resto de la adolescencia en ropa deportiva) no distinguen entre los BAFTA y los Premios Nickelodeon. La alfombra roja se ha banalizado a tal punto que hasta los bronceados son temporales. El lema “diamonds are forever” resulta falso hoy en día porque nadie compra diamantes. Nadie, menos Sean Puffy Combs.

El afiche promocional del nuevo perfume de Paris Hilton ya salió al mercado. Un adefesio de ilustración en colores ochentosos que evocan a las extintas Trapper Keepers, vendiendo el próximo sueño que colmará a las japonesas y –en efecto cascada- al resto del mundo: Paris Hilton es una sirena. Con cola de lentejuelas doradas y cabellos rubios escondiendo sus virginales senos invitando a la soñadora a adquirir el último pote de perfume que quedó en las fabricas de Jean Naté cuando salió del mercado en 1986. Y todas las palabras de la última oración son inempleables por excelencia pero cuando una publicidad invoca un culto al nichismo, no hay palabras que ameriten el tacto de la elegancia.

Abajo los intentos de Chanel por vender la cara de Audrey Tatou, Omega vendiendo a Bond o de Vuitton haciendo énfasis en los cuarenta años del arribo a la Luna con una estelar imagen de Sally Ride, Buzz Aldrin y Jim Lovell. Salvo la inclusión de Jennifer Lopez en la campaña de Vuitton hace unos años para penetrar el mercado ameriano (primero las japonesas adolescentes, después las gringas), ese tipo de mercado está segmentado a venderles un sueño a personas con alto poder adquisitivo. Cuando se vende a un mercado de masas, no importa el diseñador, ni la iluminación, ni la dirección artística y mucho menos la modelo. Un sueño barato basta para encender el rumor de pasillo: Paris Hilton quiere que tú, adolescente con frenillos y sin personalidad manifiesta, nades con ella hacia el fondo del mar y experimentes ser una heredera acuática. Con el Acrópolis de fondo.

Educarte en cuanto al gusto u ofrecerte una fotografía de caidad memorable tomada por Leibovitz con Michael Phelps y Julianne Moore debajo del mar para venderte un sueño de sirenas no importa. Cuando se vende perfumes o sueños niches como se venden papitas fritas de McDonald’s lo menos que se toma en cuenta es la educación y el cultivo del bueno gusto. Lastima para las japonesas. Lastima para el resto de los mortales.-

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Pensamiento posterior: Intriga la fantasía detrás de la figura mitológica de la sirena. En esencia es un monstruo que enamora a marineros con sus cánticos para luego proceder a ahogarlos en el fondo del mar. En la cultura pop, son mujeres sin sexo descontentas por el potencial de mercado en el mar, por lo que se ven obligadas a subir a la tierra para buscar el amor en hombres que jamás podrán penetrarlas. Con la sirena, entonces, se vende la idea de la castidad por todos los lados.

En la mitología, la lujuria del hombre lo lleva a morir ahogado sin poder participar en el acto sexual, en el libro de Andersen, es la negación del amor del príncipe lo que lleva a La Sirenita a morir convertida en espuma, sin tampoco haber participado en un acto carnal. Daryl Hannah (la que popularizó el nombre de Madison entre las gringas) logra regresarse con Tom Hanks al fondo del mar pero bajo el pleno entendimiento que su relación será puramente conversacional pues a Hanks no le dan cola.

"La Calle de las Sirenas" de Kabah es una alusión cotton candy al LSD por lo cual ni nos preocupamos en discutir el trasfondo por lo que solo queda la de Disney en la que ambos terminan con piernas. El tufo a pescado en ese caso en particular de repente prueba que mi tesis es correcta: soñar con ser mitad humano/mitad pescado es subliminalmente soñar con tu propia castidad. Y si Paris Hilton es la santa de la castidad, detengan el mundo que hay que bajarse ya.-

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