Thursday, August 20, 2009

Lección única para sobrevivir los veinte

Father Tots dando cátedra al Che y a Atenea: así en realidad fueron todos mis veinte

Pasando revista a una década que se cierra, me pongo a pensar en cual es la lección por excelencia que aprendí durante mis veinte y que me llevo para el futuro. Ese pedazo de conocimiento virtuoso que marcó un antes y después en mi vida y que deseo compartir con los que están apenas comenzando o navegando a través de esta horripilante década de confusiones como son los veinte. ¡Vamos, es confusa! Hay tres ilusiones que uno se cree a los diecinueve años: que se está en la cresta, que va a cambiar al mundo y encima engendrar una prole que cante como la familia Von Trapp. Todo antes de los veintisiete años. Y hay gente que le pasó. La mayoría son opusos pero bueno les pasó. Lo que tengo que averiguarme es qué hicieron para cambiar el mundo.

Aún así ese sentimiento de aspiración a esa edad es sabrosísimo. Si uno no se sintiese así a los diecinueve años, entonces tendríamos que hacer terapias de grupo porque todo el mundo nos había dicho que la adolescencia era nefasta pero que lo que venía era mejor. No lo es. Pero eso no lo descubres a los diecinueve. Más o menos te das cuenta como a los veinticinco y ya, a días de cumplir los treinta, es que te da la locha: no eres nadie, el mundo es una mierda y tener a los Von Trapp en tu casa sería el equivalente a tener a siete sobrecitos de Splenda en forma humana cantando en Fa menor a las seis de la mañana. Escopeta. Tiro. Volver a dormir. Ahora ya sabes porque el Capitán contrató a una institutriz. Estaba enratonado.

¿Entonces cual es, en un mundo sin departamento de reclamos ni manual de supervivencia para sobrevivir los veinte, el mejor aprendizaje adquirido? Se me ocurre que quizás el dar las gracias sea un pedazo de conocimiento valido pero eso no es propiamente de los veinte. Si a ti no te cayeron a coconazo limpio cuando eras chiquito hasta que aprendieses a dar las gracias por la galleta Club Social que te ofrecía la pichirre de la bisabuela, entonces tú eres un desadaptado sin arreglo. Retírate. Y échales toda la culpa a tus papás en el psicólogo. Porque se la merecen. Dar las gracias es la lección más importante que uno aprende cuando es chamo. Sin las gracias, es imposible, por no decir incompatible, la convivencia humana.

Mi lección no va por ahí. Tampoco lo es, el amarrarse el cinturón de seguridad que es el aprendizaje más importante que se aprende en la adolescencia (el segundo es que el acné crea personalidad). Yo creo que lo más importante que aprendí en mis veinte y que comparto es lo siguiente: siempre hay un whisky de más; siempre hay un cigarro de sobra.

Es verdad. Todos nos echamos nuestras buenas rumbas a los veinte. Es la época de salir sin permiso, de llegar a leerte el periódico, de hacer planes de fines de semana en playas inhóspitas y a medida que avanzan los años, en hoteles de semi lujo. De probar por fin todos los vinos de la carta, decretar que odias el queso Roquefort, subir a Sabas Nieves peleando a viva voz con la novia y decirle calladito en un cine que la adoras. Es el momento de salir a rumbear sin pensar en la cuenta, pero a sabiendas que ese mantra solo aplica cuando es quince o treinta y que hay que pararse al día siguiente. Son los jueves corporativos, los viernes de almuerzo adeco, la rumba de la graduación, la despedida del postgrado, el autobusito del cortejo y la fiesta del divorcio por haberte casado antes de tiempo. Con stripper incluida.

Son todas buenas rumbas y si tú tienes entre veinte y veintinueve y estás en plan de películas, avíspate. Es tu momento para ser tú, para conocer, experimentar, concretar, soñar, salir, sin que te lo imponga otra persona, llámese papá, mamá, director o dominador sado masoquista en traje de latex. Es tu oportunidad de descubrir por ti solo, quien te gusta, y como te gusta y si te gusta. De ver que no todo se circunscribe a un salón de clases, a un cubículo o a un carro con los vidrios subidos, sino que la vida está llena de desconocidos que buscan gente como tú. Sólo falta un mucho gusto de por medio. Y sí, yo no soy el claro ejemplo ni modelo a segur. No me casé, ni tengo el apartamento ni cambié el mundo, tres ilusiones que se crea uno a los veinte que espera conseguir antes de los treinta. Pero pasa y puede pasar. Solo es cuestión de no estudiar dos carreras seguidas. Y si las estudias, gozátelas. Es tu vida.

Y todo esto se puede hacer porque es el momento para hacerlo. Vivimos en tiempos en donde la vida es longeva y aún cuando las mujeres tienen la presión de vestirse de blanco, más por el que dirán que por el tema de los hijos, y el hombre el tema de la independencia económica, ambos sexos tenemos la oportunidad de tomarnos fotos en momentos felices que nos son propios y que hemos trabajado por ellos. Aún cuando en todas las fotos no salgamos saltando. Y eso se puede hacer, con responsabilidad, sabiendo eso que yo aprendí: llega un momento en la fiesta en que es hora de despedirse. Porque no se puede quedar uno pegado en la nota ni con el cotillón en la cabeza. Y hay un trago en especifico, uno solo, que hace toda la diferencia entre una noche bien vivida y un ratón amargado.

Aprender a distinguir el penúltimo trago y decretar que ese es el último es de sabios. No solo por las consecuencias al volante, algo que claramente no hemos aprendido ninguno, sino porque es verdad: a ti ese trago de whisky no te hace falta para decretar que esa fue la noche en que mejor bailaste. Ese último cigarro que encontraste machucado adentro del saco, no te provoca. Y es de sabios porque son en esos últimos minutos, con el trago innecesario en mano, donde vas a decir la cosa inapropiada, mandar el mensaje de texto prohibido o robarte un centro de mesa, con abuelita amarrada al matero y todo. Esas son cosas que hacemos y que hicimos y que nadie baje la mano y diga “eso lo hice yo cuando era chamo” porque aquí todo el mundo se entarima con trago en mano. Así que no vengamos con cuentos.

Yo la puse bastante en todos estos diez años y la seguiré poniendo y me costó aprender que de todas las posibles lecciones, la del trago innecesario y el cigarro que no provoca, es la más cónsona con los eventos que giraron en torno a mis noches sibaritas. Porque el aprendizaje universitario, profesional, de pareja y de convivencia se aprende en las instituciones correspondientes. Pero disfrutarse una vida, siempre que se sepa como largarse de una fiesta cuando la misma está en su cresta, se aprende por experiencia. No se cambia el mundo con esta lección. Pero vaya, como se goza.-

4 comments:

Ana María Zubillaga said...

"Ahora ya sabes porque el Capitán contrató a una institutriz. Estaba enratonado." TE BOTASTE!!!!
I love you! Happy Bithday en tus 30!!!
Que comience una nueva decada....

Astrina said...

que buen post!!!!!!!
disfruta los 30!!
=)

eye of the gate said...

Demasiado bueno Mr Tots!!!!
Ahora es que comienzan los cuentos!!

Anonymous said...

Te quieres quedar en mi apartamento este fin de semana? Me voy a la playa y como "vivir solo/a" es uno de los suenos de los treinta quiero hacerte ese regalo. No tienes que traer nada, aqui hay A/A, DVD, HD, MAC, PC, ABA, IONiDJ, Wireless, videobin, libros, 87 peliculas originales de las "AFI'S 100 years, 100 movies" y una panaderia en PB que dicen que es la mejor de los palos. Eso si, cuidame porfa al gatito y si llama alguien le dices que se vaya al carajo, que estamos de cumpleanos. HAPPY BIRTHDAY CARAJITO!

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