Thursday, October 29, 2009

No asumir que el encargo es una caja de cenizas

Blasfemar sobre los encargos es inútil. Es como los cortejos; por más que te quejes siempre habrá otro que te encasquetan cuando menos lo piensas. Mi última entrada sobre los encargos que mandan al exterior no había sido terminada de escribir y ya el regalo que sirvió de inspiración para escribirlo, planificaba maquiavélicamente su venganza. El encargo en cuestión, una caja. Como todo encargo, no era una cajita de esas donde un hombre práctico mete las yuntas. Esto era una caja laqueada donde meten a las cenizas de un hombre cuando se muere. Con sus yuntas y todo.

El regalo iba de parte de la mamá de mi amiga Coromoto a quien iba a ver en Nueva York. La primera parada de mi viaje sería una fiesta en el Museo del Barrio en la que Corolin Corolao fungía como chairwoman del evento. La señora madre me indicó que pasase por su casa para buscar unos zarcillos que Coromoto quería para esa noche. Al llegar, me entregó sin ton ni son una caja- mentira una cajota- como las que depositan las cenizas de los muertos con un lazo azul de esos que usan las abuelas para amarrar los cojines de piqué (yo no sé lo que es piqué pero la palabra es completamente de abuela). La única indicación: “Así vino.” Cerrada de puerta. Toto en sus manos con un muerto.

Ya en mi casa, la planificación de la maleta no iba viento en popa. Uno trata de ser práctico y empaca la ropa más raída que tiene porque igualito va con mentalidad de boliburgés dispuesto a rasparse la última cuota de CADIVI. Calzoncillos, tres o cuatro porque se van descartando a medida que se van comprando. Un blue jean, varias camisas que han visto mejores noches y pantalón lo suficientemente indiferente como para poderlo usar si el shopping spree se alarga. Con el semi abrigo para el semi otoño del semi frío, todo esos ítems pesan 45 kilos en la maleta. Impresionante, los 23 kilos permitidos por la aerolínea –el equivalente a un pre-adolescente atormentado por las ligas de los frenillos- no dan ni para empaquetar lo indispensable.

Obviamente, a último minuto se tuvo que escoger entre la bolsita con la afeitadora y el cepillo de dientes y la caja de cenizas de muertos. Yo no soy muy creyente en la propiedad privada. Como el Señor Presidente, soy Leo y juro que todo lo que pasa por mis manos (incluido los desodorantes de los demás) es para uso mío por derecho divino. Por eso, ni corto ni perezoso me dediqué a destrozar el lazo inmaculado que seguramente había sido fabricado por tres monjas ciegas de Tucupita y ver el contenido de la caja de cenizas. Allá adentro estaba unos zarcillos y una pulsera. Vaya, que si esto fuese un viaje en el Titanic con baúles, entiendo la caja pero en estas eras de micro mini (y no la falda, sino la maleta) hay gente que no entiende el abuso de un encargo.

Lógicamente, fuera la caja. Adentro, la bolsita con el cepillo de dientes. Coro mi amiga entendería porque yo sé que de haber sido al revés y yo le hubiese mandado una bicicleta en la maleta, ella me hubiese traído solamente la bocina. Craso error.

Mi sorpresa se vino a ver cuando veía que Coro, al abrir el estuchito zip lock en el que metí la pulsera y los zarcillos, no hizo ningún ademán para probárselos. En mi experiencia sé que cuando alguien le regala un par de zarcillos a una mujer, lo primero que hace es probárselos frente a un espejo. Y en su defecto, ponérselos en frente de la oreja para ver qué opinan los demás. Y Coro mi amiga es tan mujer que es amanerada por lo que no entendía que pasaba.

En su estado catatónico de voltear el zarcillo una y otra vez, como si su mamá le hubiese mandado los equivocados, volteó a verme y me preguntó: “¿Toto esto no venía en una caja?” Diantres, pensé. Las mujeres si son detallistas. Si por nosotros fuera, las yuntas de las camisas para el smoking serían los alambritos de pan Holsum y ya está viene a preguntarse por una caja, como si no tuviese tres mil cajas más en su casa para guardarlas. Le expliqué la situación y ella volvió a voltear los zarcillos. –“Claro. Esto es lo de George” – me dijo. “¿De la Jungla?” – le pregunté. “No mi Toto, de George Wittels.” George Wittels, George Wittels, George Wittels, rondaba en mi cabeza. Yo he oído ese nombre en alguna parte. De repente Maite Delgado vino a la mente: “attttssseessoooriooos de George Wiiiiiteeeeels”. El Miss Venezuela. George Wittels. Oh Oh.

Resulta que el bello encargo era para la subasta que se iba a efectuar en la fiesta del Museo como parte para recaudar fondos. Como no me dijeron que eso iba para la subasta, yo asumí que todo era para la Corontontero. Lección número 10 para los viajeros que aceptan encargos para llevar al exterior: “’¡No Asuman!” Hasta el teipe aparentemente es importante. Si te anotaste para el encargo, asume tu barranco completo. Aún cuando tengas que explicar en la aduana que no sabes a dónde fueron a parar las cenizas de la caja de muertos.

Si el Sr. Wittels llega a leer esto alguna vez: Hola. Nos conocemos a través del micrófono de Maite Delgado. Tranquilo, el problema se resolvió. La Coro tenía otra caja de otra pulsera que le había pedido a Usted hace tiempo, lo que me salvó de irme al día siguiente en una búsqueda desesperada a Chinatown en búsqueda de alguna caja laqueada para sustituir la original. Allí estaba su nombre y toda su información. Eso sí, puede tachar a este servidor como un potencial trabajador para FedEx si algún día le piden una referencia mía. Lo entiendo y lo comprendo. (Disculpe lo de la caja de muertos. Es bella pero cuando va en una maleta, hay que buscarle el sentido del humor).

¿Alguien dispuesto a que le lleve otro encargo al exterior? Didn’t think so.-

También te puede interesar:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...