Monday, November 16, 2009

Por una mejor sobremesa: La importancia de tener un amigo inseguro

Una parrilla en Galipán. Es ese preciso momento de cualquier almuerzo dominguero en el que los comensales se echan un poco más para atrás en sus sillas, en una señal inequívoca que el ritual cavernícola ha concluido. No volverán a pensar en comida hasta … hasta diez minutos después cuando alguna Betty Crocker autóctona (traducción: gorda antojada) se le ocurra sugerir buscar el pie de guayaba que compró esa mañana en la Pastelería Danubio. Mientras tanto, los dedos comienzan a circular el borde de una copa de vino tinto a medio tomar y las bocas a fungir como botafumeiros sevillanos con la fumarola del cigarrillo más placentero luego del post coitus: el post atragantatus.

Los cuentos van y vienen como dardos. En el olvido el fulano tema del clima para romper el hielo entre los que no se conocen. A media mañana, alguien salió con el siempre ‘elocuente’ tema escatológico –presente en toda conversación fuera de la ciudad- lo que bateó de home run cualquier tipo de conversación educada. Ya para el momento en el que se habló de la Jezebel del momento, esa que causó revuelo en la fiesta de la noche anterior por mal vestida, libidinosa o echona, uno se aferra a esa mesa. Alguien podrá decir que es un tema fatuo y que es Rachmaninoff y Borges los que revolotean constantemente en sus conversaciones de sobremesa. Yo reto a cualquier erudito a no parar la oreja cuando se hable de la mujer escarlata. Ni a palos se levanta uno de la mesa.

La conversa se torna más reflexiva a medida que cae la noche. Las botellas semi vacías y la sensación imperante de un lunes que desenmascara a todo domingo que juega a ser sábado, produce un descenso en la emoción de los comensales similar a la bajada de la mesa de las risas que se forjó el Tío Albert, el de Mary Poppins, en el techo. En medio de referencias a películas, recuerdos del pasado o temas serios matizados por diversas opiniones, la vocecita de la Tía Mamá con su “a guardar, a guardar cada cosa en su lugar” se va haciendo cada vez más ruidosa, hasta que llega el inevitable momento de la iniciativa: el valiente que se para a lavar los platos.

A nadie le gusta lavar los platos. Yo digo que sí cuando hay que hacerlo pero es una compensación boy scout por el hecho que ni me molesto en bajar una bolsa de supermercado del carro, ni por error cargo la cava y la única razón por la que me paro al lado de los carbones de la parrilla es porque alguien me tumbó el yesquero en Caracas y necesito quemar un papel de periódico para prender un cigarro. Si lo tengo que hacer lavo, seco y guardo con gusto pero me fastidia, como a los demás, tener que separarme de la conversación sabrosa para irme a la mazmorra de la cocina disfrazado de Rufino Robotina.

Alguien tiene que hacerlo pero ayer sentado en la mesa, se me ocurrió que sería genial tener en el repertorio de amigos a un inseguro. Un amigo que no sabe si lo van a volver a incluir en planes futuros por lo que hace todo lo posible para caer en gracia con los demás. Esto incluye, lavar los platos. No es egoísta ni malo pensar así. Yo pienso que todo parrillero tiene un complejo de héroe así como todo el que lleva la batuta conversacional tiene un complejo narcisista. Si los llevamos a los tres a un psiquiatra, el inseguro sale mejor parado que los otros dos.

El amigo inseguro debe rellenar unas condiciones necesarias. No es un amigo todero. Mayen mi amiga es una todera. Es la que carga la bolsa de hielo, hace la ensalada, cambia un bombillo y se para al lado del parrillero y que para abanicarlo pero en verdad, le está cayendo. Tampoco es un amigo Q-tip como mi amigo Sicilia. Ese que sueltas con un hisopo y teipe plomo y te construye un circuito eléctrico. No, el amigo inseguro debe estar dispuesto a perderse parte de la conversa de la sobremesa, creer que la gente lo está utilizando (como en efecto lo estamos haciendo) y debe pensar que si hace algo en grande, la gente lo gratificará.

Como nadie le va a dar ni las gracias que se le da al parrillero porque si no la novia se arrecha, ni le van a decir “que cómico” como se lo dicen al que se sentó en una poltrona y habló y habló hasta por los codos, el inseguro tiene que tener la decencia de lavar todos los platos, pasarle un pañito a la cocina y venirse a sentar en la mesa y empatarse en la conversación a hacer barra. Si el viaje es de un día no puede protestar que encima tiene que vaciar la cava porque sabe que en el otro carro lo van a reventar. Si es de tres días, entretiene que se arreche en la última noche y le compensemos con un trago, con todo el apartamento de playa vuelto mierda, para celebrar que sabe que lo estamos utilizando. Igualito a la mañana siguiente, a todos los inseguros les da complejo de culpabilidad y se paran más temprano que nadie a pasar coleto.

Es un trabajo difícil pero hay que aceptar el reto de serlo si se quiere contribuir al mejoramiento de la sobremesa. La inseguridad, cuando no se sabe hacer parrillas y no se sabe conversar, tiene que llevarse con dignidad . La lástima es la falta de candidatos dispuestos.-

3 comments:

Elena Sánchez Vilela said...

fácil, se hubiesen puesto todos a lavar, secar y acomodar los platos jeje.

Tropical Blonde said...

Tots!!
se te olvido decir que mientras tanto me fumo un cigarro e invento groserías nuevas... jajajajja
LOVE my new adjective!
Kusschen!

Manuela Zárate said...

Chamo...yo tengo uno si quieres te lo presento...lo que pasa es que al inseguro hay que buscarle una motivación...no puedo revelar muchos detalles porque entonces lo pongo en evidencia y no me gusta hacer eso. El pana, después de todo, es buena gente. Aunque algo si te digo, hay tenerles algo de compasión. Después de todo, we all have our insecurities.

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