Sunday, December 13, 2009

Bienvenidos al País de lo Absurdo

Una sensación extraña comienza con la voz en off de algún sobrepargo: “Por favor coloque su asiento en posición vertical”. La almohadita que ha visto mejores horas yace tirada en el corredor y la liga del revistero aguanta el vasito plástico, los chicles y libro innecesario que se trajo porsia el aburrimiento. El primermundismo todavía ralla en la cornea. A fin de cuentas uno sigue rodeado de europeos albinos que se vienen en pantalones de camuflaje –su idea de un atuendo propiamente vacacional- para agarrar los rayos de sol que no consiguen en sus respectivos países. A la derecha de la ventanita, la montaña de uno del lado que no es. Bella, imponente y siempre atenta en recibirlo a uno con los brazos abiertos.

Pero con ella, viene un precio. El cinismo que nos hace únicos, como la arepa o el abrazo, nos termina de invadir. Ya venga con la burla del aplauso en el aterrizaje o en el maldito papelito del SENIAT en el que hay que declarar los montos de unas compras a las que con atención se les quitan las etiquetas y se mezclan con ropa vieja –que no es la sopa que tomaba Inés María Calero- para no ser detectadas como “de lujo”. Así sea un piche de calzoncillo de El Corte Inglés. Ese papel es el signo inequívoco que uno está llegando a un sitio donde no debería estar: La Tierra de lo Absurdo. Tan absurdo, que ESE es el papel que entrega la aerolínea pues el otro, el formulario de inmigración, “ah ese no tenemos”.

El avión aterriza y uno hace su cola para salir. Lo que no sabe es que la cola para llegar a su casa, comienza desde ahí. A la bajada del avión están dos representantes de la aerolínea para llevarse a los inválidos. El resto de nosotros, los inválidos mentales y los europeos first timers, debemos valernos por nuestros propios medios. En una mesita en la puerta como quien no quiere la cosa está el papel de inmigración. La gente se lo arranca de las manos. Nadie sabe si uno tiene que llenar tres papeles –el original, la copia y el carbón- pero se agarran de a cinco “porque mijito uno nunca sabe”. Y uno todavía es lo suficientemente iluso como para creer que no le va a dar tiempo de rellenarlo porque ya lo van a atender.

El Ellis Island criollo. Una larga maraña de colas inventada por los propios viajeros porque a nadie en el aeropuerto se le ocurre remotamente organizar. Estamos de suerte porque hay funcionarios en cada uno de los cubículos pero con cuatro vuelos internacionales llegando a la misma hora, es tal el flujo de personas que ni con eso se dan abasto. Las señalizaciones “venezolanos” y “extranjeros” son una mera formalidad para quedar bien en las fotos. La realidad es que la cola que esté menos llena es adonde uno se mete. Y si comete el error garrafal de ser pendejo y pararse en la mitad de la sala a rellenar su papelito, está sujeto a que le griten que uno es un vivo porque se está tratando de colear “haciéndose el musiú” o que sea una especie de Gandhi para los peruanos que siempre se acercan a preguntar que si ahí donde está parado Usted es que empieza la cola.

Cuarenta y cinco minutos después uno no ha llegado al cubículo pero ya entendió que la línea de abajo del formulario es donde va la profesión y que “tipo de documento” no es la cedula sino un numero ilógico de pasaporte que empieza con D. Eso es un avance histriónico pues el empeño de poner el mapa de Venezuela en el mismo grado de tinta que la letra del formulario hace que el relleno de información (que ya tienen en la computadora pero a nadie le da la locha) sea un calvario. ¿Alguien tiene una dirección básica como 5ta. Avenida, Altamira, Nº10? Porque lo usual en Venezuela es que la dirección de uno sea 99ava Transversal de Los Bosques de Roca Tarpeya con Calle Caudal, Residencias Mayomar de Mucubají Piso 32-C pero con once espacios para la dirección todos entramos al país como “Pedro por su casa.”

“Buenas mi rey” es el saludo formal de los agentes femeninos de inmigración en Venezuela. “Papa” (sin acento) es el saludo masculino. Eso viene seguido por un “hermano” para indicar que algo faltó en el formulario y que eso es TAN vital que no se puede entrar al país sin él, seguido por un “tranquilo mi doctor que no tiene que hacer la cola otra vez” porque se está convencido que el erudismo viene al que logre completar todo el formulario y se está siendo “demasiaaaaado pana” al no tener que devolver a alguien a hacer la cola. El problema de los apodos no es que seamos niches querendones sino que seamos tan ilusos de creer que con eso estamos siendo amables.

Y para terminar (ajá si ponte a creer) el pináculo de la aventura ocurre en los carruseles de las maletas. Las televisiones “esplasmas” brillan como nuevas pero el control remoto no sirve hoy. Siete flamantes guardias nacionales con su uniforme de gala velan por la seguridad y el orden del recinto pero la verdad es que si les das un perfumito, son lo mismo que cualquier modelito de tienda de departamentos que ofrece muestras de Chanel Nº 5.

El que más sabe es el señor que está encargado de desviar las maletas para que todas fluyan uniformemente por el carrusel. El sabe a qué vuelo pertenecen esas maletas, cuando viene el próximo, que hacer si una maleta se perdió, como salir más rápido que los demás y cómo va el juego de los Leones del Caracas. El por lo menos te ve a la cara. Los guardias, siempre ven al horizonte como si uno les diese ladilla cuando viene a pedir información. Porque lo cómico es que sí hay información. Debajo del anuncio enorme sobre el socialismo hay un puestico de lo más bello en donde sientan a una señorita con su gorrita roja. Pero la amiga no habla inglés, no sabe que vuelos llegaron, ignora cual es la cola para salir, y “tarde piaste pajarito” porque ella es pasante y tú viniste a preguntarle a las 5:14 y ella se va a las 5:10.

Sanas y salvas las maletas llegan. A uno le da pena que son seis maletas para tres personas pero cuando ve que el vecino saca una caja de nevera forrada que dice “Trixi Marjory Ramírez González” sabe que no raspó su cupo de CADIVI como ha debido. Entre el maletero, uno debe hacer una pausa para encontrar los benditos tickets de las maletas porque hay que revisar bien que nadie se esté robando el carry-on negro Samsonite de otra persona. Así de honestos somos en Venezuela.

Uno espera impacientemente en su cola para entregarlos mientras ve a la mami de Trixi Marjori con sendos lentes avispa de Dior y un tatuaje en el culo de terciopelo que dice Juicy Couture, pegada al lado de un flaco en corbata y walkie talkie que la está coleando para salir más rápido, porque las Trixi Marjori JAMÁS hacen cola. Uno, porque es pendejo vamos que tan honesto no es, se resigna, hablando en bajito de lo malo que es todo, de lo ilógico que es la situación pero Trixi sabe como se bate el cobre. A punta de real se llega más rápido, “enigwer”.

Justico antes de La Puerta del Paraíso, donde se encuentran los familiares con los cachetes pegados al vidrio como si los hooligans hubiesen venido a recibir a alguien del Chelsea y las moscas de “taxi a la olden” no se callan, uno explota. Con el esfuerzo del mundo con que montó las maletas en el carrito ilógico –el cual no se puede sacar afuera- uno vuelve a bajar las maletas para pasarlas por rayos X para que el SENIAT compruebe algo (no sabemos qué).

Pasada hasta a la abuela por rayos X, uno se va para el otro lado para comenzar a montar las maletas de nuevo en otro carrito (que no es el ultimo porque ese no se puede sacar del aeropuerto). Y ahí uno se da cuenta de la falta más grave que le puedan cometer en un aeropuerto de cosas ilógicas. La señorita de rojo (azul, verde, a estas alturas no importa) que está encargada de ver con ojos atentos si en la maleta con el calzoncillo de El Corte Inglés está envuelto un rifle o veinte kilos de cocaína, está conversando con la de al lado. A uno no le indigna que hizo tres horas entre el avión y el taxi. Eso, a esa altura, ya no le interesa. Lo que uno quiere saber es POR QUÉ DEMONIOS, la señorita no tuvo la decencia de ver si era verdad que uno no cargaba estupefacientes en la maleta. ¿Por qué a los demás si y a mí no?

La señorita sonríe. Entre los gritos que siempre empiezan con “no es contigo amiga pero yo te tengo que decir” y terminan con una verborrea sobre la cantidad de gente desesperada, la falta de fluidez, información y el reclamo que ni siquiera vio las maletas, la señorita sonríe. Simplemente se limita a decir: “Flaco, yo todo lo veo”.

Bienvenidos. Este es el País de lo Absurdo. Mirla que cante el himno.-

1 comment:

La Perfecta said...

Y eso que no terminaste de escribir el viacrucis (sería un post interminable).
Porque lo absurdo no se acaba con la gorda del Seniat, NO SEÑOR!.
Si tienes las suerte de llegar de día, lo más seguro es que tardes más en subir la autopista que lo tardaste en cruzar el océano o el continente entero (se volteó una gandola, chocaron dos autobuses, o se cayó el viaducto).
Y si llegas de noche o madrugada, las probabilidades de que te estén esperando dos tipos armados en una moto apenas asomes la nariz por las puertas automáticas son de 50%. Mi mejor amiga viajó 4 veces este año -por trabajo- y esto le pasó 2.

Pero claro, si nuestro líder leyera esto nos diría que es culpa nuestra. Por oligarrrrcas, ricachones inmundos, cachorros de (algún) imperio. ¿Quien los manda a viajar? Se hubieran quedado en Chichiriviche de la costa y eso no les pasa. Antes agradezcan que todavía les dejo $ para q vayan a gastárselos en vino y ropa barata.

Agh... me "enfurecí". Perdona lo largo, creo q tengo demasiado tiempo sin escribir en mi propio blog.

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