Monday, December 21, 2009

El Triatlón Olímpico por la Mejor Hallaca

Las Navidades. Una época para compartir los deseos de prosperidad con nuestros allegados. Una celebración de tarjetas bienaventuradas y regalos que adornan nuestros arbolitos mientras compartimos una mesa de platos típicos que nos son legados por las recetas de nuestras abuelas para conmemorar la llegada del Niño Jesús a la Tierra. Una noche de paz embadurnada de Ponche Crema en la que nos damos las manos y le damos gracias por ser tan afortunados de vivir en un país que no se viste de sweater y de tener amigos que intercambian hallacas hechas en casa, como símbolo inequívoco que la amistad se fortalece con la alimentación de nuestras almas.

“El guiso de Marinés no le quedó tan bueno este año.” ¡Ah, ahora sí empezó la Navidad! Olvídense de los pensamientos cursis que si amor al prójimo y paz y prosperidad para todos. Eso se dice para quedar bien con el carnicero al que se le debe el mes de noviembre y al que vende las tarjetas de la Sociedad de Ciegos. La Navidad en este país también da para un evento secreto en el que participan –a sabiendas pero se hacen las locas- todas las señoras de su casa que se fajan con su mamá, sus tías y sus respectivas Josefas para producir aquel pedazo de cielo con el que sus maridos y familiares se deleitarán hasta que se rehusen a abrir la nevera con tal de no tener que ver de nuevo la proliferación de hoja de plátano que envuelve el platillo: las hallacas de la familia y, en un sitio intocable, la hallaca social.



El Triatlón Olímpico para la Producción de la Mejor Hallaca Social se hace con premeditación y alevosía. Están las sesenta hallacas que quedan para el marido goloso y los hijos. Las quince vegetarianas para la ambientalista enrollada, las sin tomillo para el alérgico, el bollo para el que odia la hallaca y las que vienen con picante para el guerrero. Esas se amarran sin pensarlo dos veces, se meten en una bolsa plástica y pasan a sobre poblar la nevera como si a la señora le hubiesen dado un pitazo en el auto mercado que no va a haber leche para enero. Esas no entran en competencia.

Las que son para las otras casas se hacen con un esmero que ya quisiera uno que lo consintieran así. Al guiso se le da una vueltica más con cuchara de madera. A la hoja de plátano se le pasa una lavadita casi con Pantene Pro-V y el pabilo se corta como si fuese la cinta de raso con la que amarraban las batas de piqué de María Antonieta. Una a una se van colocando en cestas de mimbre para ser repartidas en actos de buena fe “a mi compadre que tanto le gustan, a la señora que me hizo el suspiro de níspero y a la pobre Betsa que se está divorciando.” No se entregan directamente al comensal. Se las deja con la señora de servicio o el vigilante, con las especificaciones correspondientes de refrigeración y cocción y con la alerta explicita que se tiene que acordar del nombre de la señora que lo entregó. La plegaria: que les guste. La verdadera plegaria: que Armando Scannone no se les haya adelantado y entregado sus hallacas a la familia primero.

Una a una de estas hallacas sociales se van probando en las casas. Las de caraota de las Quiroba, las de almendras de las Palacios, la de carne de tortuga de las García y las de papas de los Fernández. Como las cosechas de vinos, van pasando la prueba y se van haciendo los rankings. Todos secretos porque en público se agradece con “Malula, la MEJOR hallaca fue la tuya” aunque en privado las de Malula dieron indigestión. Y las señoras de sus casas se hacen un mini trofeo mental, un aplauso propio en su espalda porque una vez más, no defraudaron a sus predecesoras que las regañaban porque no sabían amarrar pabilos, que esta vez la pendeja de Ingrid a la que siempre le dicen que es la mejor, no se salió con la suya y que deben anotar para el año que viene que no se le puede dar a Josefa la responsabilidad del picante porque le echa de más.

Una época prospera en la que las Bree Van de Kamp criollas cierran sus neveras con una mano inmaculada, luego de observar con ojos de triunfadora, el resultado de un día de faena laboriosa. Cocinera sólo hay una, y en su cabeza ella siempre es la mejor. La ganadora indiscutible del Triatlón Olímpico para la Producción de la Mejor Hallaca Social. Así los paladares de otras casas opinen de manera distinta. Sin jamás decírselo de frente, porque vamos, es Navidad. Todo mal guiso, se baja con Ponche Crema.-

1 comment:

Anonymous said...

Bicho, eres el fotografo que le hacia falta a la venezolanidad! Todo es verdad, con las mentiras que adornan el guiso por supuesto!

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