Wednesday, December 2, 2009

Mañanas con Leonardo, mediodías con Callas

Hoy entendí a Milán. Me costó pero ya me siento como todo un local dentro del mundo del turista. Gracias al tour guiado que me pegué esta mañana, me sé muchos de los secretos históricos de la ciudad y dado que el Sol está de mi lado, pues se me ha hecho más sabroso el paseíllo a solas. Todo un local en una ciudad que no habla mi idioma.

Llegué tarde al tour guiado. La noche anterior nos habíamos acostado tardísimo luego de una comida que nos organizaron unas vecinas simpatiquísimas del edificio con quien hicimos el regalo del amigo secreto. Uno no se estresa con la levantada porque todos los horarios de los autobuses y tranvías están cronometrados. El fastidio es que el trafico matutino impide que ese tranvía llamado Deseo, circule rápidamente por la ciudad. Y la cosa no es como en Caracas que los viejitos y los responsables esperan a las lacras como yo que saben que la guagua no sale sino hasta pasadas las quince. Aquí el tour sale cinco minutos antes de lo que dice el boleto.

Entré a la agencia que me vendió el tour para anunciar mi llegada tardía. La señora que me había atendido el día anterior – un engendro de rechazada del ballet con madre superiora – solo me dijo “sígueme”. Yo juraba que ese “sígueme” era cruzar una cuadra. Fueron siete cuadras hasta llegar al Castello Sforzesco. En silencio absoluto. Esto es vacaciones, no tercer grado de primaria con camisa blanca sudada. Pero por más que saqué temas banales, Sor Margot Fonteyn se negaba a verme. Encontramos a mi grupo y ahí me dejó. Arrivederci.

Mi grupo era una pareja de recién casados gringos y dos lesbianas alemanas. Mi guía, una historiadora de arte a la que casi le pido el teléfono por considerarla una de esas personas a las que provoca tenerla a la mano en caso de que uno entre a Quien quiere ser Millonario? y quiera llamar a un amigo. Fue amor a primera vista. Fun facts que no encontrarán en la Michelin: La torre central del Castello explotó porque ahí guardaban el arsenal de pólvora y la ciudad no tuvo torre hasta bien pasados los siglos luego del siniestro. Los huecos de las paredes son producto de las labores de construcción, hoy en día utilizados por las palomas como apartamentos.

Los habitantes del Castello: sesenta gatos que llegaron para quedarse. Cuando aumenta el numero de felinos, las autoridades los botan. Siempre son sesenta. El año que viene van a tener su propio calendario. La fuente de la entrada se conoce comúnmente como la fuente de la torta de matrimonio y las chinas la usan para tomarse fotos en su día especial. Cursísimo. Los milaneses para nadar durante los cuarenta grados del verano.

De ahí agarramos para la Santa Maria delle Grazzie para ver lo que para mi fue la pieza central del tour: La Ultima Cena. Algo que me impresionó durante el tour fue lo destrozada que quedó la ciudad con la guerra. Esto no fue la excepción. Me habían dicho que no me esperara tanto del mural (no es fresco como te lo pintan en clases de arte con Miss Zoila) y dado mi fiasco con la Mona Lisa no estaba a la expectativa de nada. Ver esto me impresionó. Esos momentos en el que te das cuenta que Leonardo da Vinci estuvo en ese mismo cuarto. Que rico es estar en frente de la Historia, como si ésta fuese una pana tuya. La guía nos dio mil y un datos, blasfemó a Dan Brown y nos hizo pararnos en la mitad del salón para apreciar el uso de la perspectiva. Jamás me había sentido adentro de un cuadro como con La Ultima Cena. Era como estar sentado en un restaurante y pillarse a Jesus’s 12 en la mesa del fondo.

En vías al teatro La Scalla. Llamado así, no por su común escalera sino porque fue construido en donde estaba erigida una iglesia con ese nombre. Hay momentos de momentos. Entrar a un teatro y adorarlo como yo quiero al Teresa Carreño es de humanos. Pero La Scalla es de adoración divina. Entrar en uno de los boxes amerita imaginarse con un Pumpá y querer tener todos los millones para ir todas las temporadas a oír cantar a Tosca, Carmen, Aída y Norma. El candelabro central es como para lanzarse una escena de La Guerra de los Rose y en cualquier momento ser regañado por Maria Callas. Hay gente que tiene suerte. Milán tiene suerte de tener esta casa de opera.

Atravesando por la Galería Vittorio Emanuele donde mi guía me explicó que la pisada de las bolas al toro no significa que vas a volver a Milán sino que las tres vueltas es para pedir por salud, amor y dinero, llegamos al Duomo. Ya he entrado tanto que parece mi casa pero fueron más secretos los que me dio. El calendario astrológico impreso en el piso (sacrilegio!) que señala con perfección la llegada de las doce, el descubrimiento de la estatua de San Bartolomeo que si te asomas por detrás ves como carga su propia piel en señal de su propio martirio y los ángeles que están restaurados, contados con las manos y visibles por su blancura. Eso me impresionó. De hacer una restauración exhaustiva (imposible), los capiteles y columnas (52, una por cada semana del año) brillarían tan blancamente como la fachada externa. Marca ACE.

Esa fue mi mañana. Un paseo de cultura oceánica en la que por fin admití que me gusta la ciudad. Todo un centro histórico que ha sufrido los pormenores de guerras y reconstrucciones y aun así se erige como algo digno de ver y apreciar en un día soleado como el de hoy. Para celebrar mi contacto con la cultura europea almorcé en McDonald’s. Aquí no hay cuarto de libra y eso era digno de investigación.-

4 comments:

Anonymous said...

Y tú por qué no avisaste que estabas "en vivo y en directo" desde Milán?

Eso no se le hace a un(a) niño(a)!

Al fin alguien que no habla de los putos bancos!

Ricardo Tinoco said...

Deberías tumbarle el puesto a Valentina Quintero y hacer tu propia guía

tía mamá said...

My be you are where In want to be.
Gracias por alegrarme la vida La verdad es que transitar por donde real action was, is and will be, no tiene precio. Eso ocurre donde hay mas pasado que presente y futuro.

DANIseijas said...

que chevere es leerte toto!! QUIERO IR A MILAN!

BESOS!!!!!!!!!

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