Yo no soy racista. Crecí en un colegio laico donde abundaban todas las nacionalidades. El uniforme comunista impuesto por Luis Herrera Campins luego de su visita a China nos ha podido enmarcar a todos dentro de un ámbito de igualdad pero la verdad, el color de piel, los accesorios religiosos como el velo o el kipá y el contenido de nuestras loncheras nos distinguían más que una camiseta blanca. Luego me mudé a otro colegio donde el más negro era albino pero eso no hizo que yo cambiase mi forma de pensar en cuanto a los demás.
Soy de mentalidad abierta y acepto que cada quien tiene una forma de pensar, vestir o comportarse, pero en verdad, verdad no soporto a aquellas personas que insisten en disfrazar a sus mascotas de humanos. Tengo el leve presentimiento que las próximas discordias religiosas se basarán más en el tema del agua que sobre la religión y si tuviera un deseo jamás me lo gastaría en la paz mundial, sino en una cura para la calvicie. La gente calva ha sido discriminada a lo largo de la Historia y nos necesitan. En algún momento llegará La Rebelión de las Catiras y no hay nada peor que una catira con iniciativa. Al no tener pelo, los calvos no tenemos nada que perder en la destrucción de las Stepford.
Si el racismo está presente en Venezuela, no se habla a viva voz. Cierto, el 90% de la publicidad vende un sueño que ni siquiera es de nosotros. A menos que todos seamos hijos de Camila Canabal o de Norkis Batista y no lo sepamos. Las políticas de entrada a una discoteca en Caracas se amparan bajo el “se reserva el derecho de admisión”, código clave para decir que si a un gordo sin amigos con mirada al horizonte no le da la gana que tú entres, tú no entras. A veces temo que al morirme vaya al Cielo y haya un bouncer. Eso sería el colmo.
El Señor Presidente siempre ha mantenido un discurso que la gente oligarca (yo la busco. En serio que yo sí he buscado a los oligarcas y, salvo una doña encopetada que parece guerrillera, no los encuentro) lo desprecia por considerarlo “zambo” o “negrito merecumbé”. Y si lo dice, sus razones tendrá. Resentimiento u orgullo, la que mejor le convenga. Uno no tiene problema aquí con cómo se vean sus presidentes porque bastante flaco que era López Contreras y ese sí supo ser militar convertido a civil. Pero ojo, uno no tiene problemas con sus presidentes. El problema es cuando vienen los demás a tu país y te imaginas si esos fueran los que gobernasen aquí.
Es ahí cuando me entró la locha: yo soy más racista de lo que pensaba. En una acostumbrada transmisión en cadena nacional de la cumbre presidencial celebrada en la isla de Margarita el pasado fin de semana, no apareció el presidente al que estamos acostumbrados. Lo que apareció fue otro presidente que me hizo agradecer al mío. Hablaba sobre la discriminación que sufrían algunos países por parte de la FIFA, al no poder competir para ser sedes del Mundial y aún así uno no podía dejar de pensar en que si esta persona apareciese en televisión todos los días de nuestras vidas, el estrés nacional sería tan elevado que la FIFA no nos negaría la sede precisamente por la altura del terreno nacional.
A nuestro presidente, uno lo ve como uno más. Son catorce años en Sábado Sensacional de lunes a domingo y aunque se le ame o se le odie, ya nos es reconocible. Así sea de corbata o de boina, es cuestión de costumbre mediática. Aunque estoy de acuerdo en cómo luce y no estoy de acuerdo en lo que dice, lo cierto es que la lección de esta cumbre es que siempre podemos estar peor. Si eso es racismo, que me agarren confesado. Uno sufrió demasiado de chamo con las películas del Viernes 13 y ahora con el hampa para encima no salir corriendo si a ese otro presidente le gustó esto de las cadenas de transimisión nacional en nuestro páis y se viene a decir que se quiere lanzar a presidente por estos lares. A ese -como las hienas en El Rey León- sí hay que decirle "Mufasaaa".-
Soy de mentalidad abierta y acepto que cada quien tiene una forma de pensar, vestir o comportarse, pero en verdad, verdad no soporto a aquellas personas que insisten en disfrazar a sus mascotas de humanos. Tengo el leve presentimiento que las próximas discordias religiosas se basarán más en el tema del agua que sobre la religión y si tuviera un deseo jamás me lo gastaría en la paz mundial, sino en una cura para la calvicie. La gente calva ha sido discriminada a lo largo de la Historia y nos necesitan. En algún momento llegará La Rebelión de las Catiras y no hay nada peor que una catira con iniciativa. Al no tener pelo, los calvos no tenemos nada que perder en la destrucción de las Stepford.
Si el racismo está presente en Venezuela, no se habla a viva voz. Cierto, el 90% de la publicidad vende un sueño que ni siquiera es de nosotros. A menos que todos seamos hijos de Camila Canabal o de Norkis Batista y no lo sepamos. Las políticas de entrada a una discoteca en Caracas se amparan bajo el “se reserva el derecho de admisión”, código clave para decir que si a un gordo sin amigos con mirada al horizonte no le da la gana que tú entres, tú no entras. A veces temo que al morirme vaya al Cielo y haya un bouncer. Eso sería el colmo.
El Señor Presidente siempre ha mantenido un discurso que la gente oligarca (yo la busco. En serio que yo sí he buscado a los oligarcas y, salvo una doña encopetada que parece guerrillera, no los encuentro) lo desprecia por considerarlo “zambo” o “negrito merecumbé”. Y si lo dice, sus razones tendrá. Resentimiento u orgullo, la que mejor le convenga. Uno no tiene problema aquí con cómo se vean sus presidentes porque bastante flaco que era López Contreras y ese sí supo ser militar convertido a civil. Pero ojo, uno no tiene problemas con sus presidentes. El problema es cuando vienen los demás a tu país y te imaginas si esos fueran los que gobernasen aquí.
Es ahí cuando me entró la locha: yo soy más racista de lo que pensaba. En una acostumbrada transmisión en cadena nacional de la cumbre presidencial celebrada en la isla de Margarita el pasado fin de semana, no apareció el presidente al que estamos acostumbrados. Lo que apareció fue otro presidente que me hizo agradecer al mío. Hablaba sobre la discriminación que sufrían algunos países por parte de la FIFA, al no poder competir para ser sedes del Mundial y aún así uno no podía dejar de pensar en que si esta persona apareciese en televisión todos los días de nuestras vidas, el estrés nacional sería tan elevado que la FIFA no nos negaría la sede precisamente por la altura del terreno nacional.
A nuestro presidente, uno lo ve como uno más. Son catorce años en Sábado Sensacional de lunes a domingo y aunque se le ame o se le odie, ya nos es reconocible. Así sea de corbata o de boina, es cuestión de costumbre mediática. Aunque estoy de acuerdo en cómo luce y no estoy de acuerdo en lo que dice, lo cierto es que la lección de esta cumbre es que siempre podemos estar peor. Si eso es racismo, que me agarren confesado. Uno sufrió demasiado de chamo con las películas del Viernes 13 y ahora con el hampa para encima no salir corriendo si a ese otro presidente le gustó esto de las cadenas de transimisión nacional en nuestro páis y se viene a decir que se quiere lanzar a presidente por estos lares. A ese -como las hienas en El Rey León- sí hay que decirle "Mufasaaa".-



























