
Es así. Si la década de los doble ceros sirvió para algo, fue para demostrarnos la fascinación que tenemos por saber sobre la vida de los demás. Paris Hilton, Lindsay Lohan y Britney Spears representaron a Las Tres Gracias de nuestra época, aunque nos cueste y nos duele decirlo. La llegada a la fama con la velocidad del Mach-5 se nos hizo posible a todos. Basta un llorón por los derechos de privacidad de la otrora Princesa del Pop, a un asexuado que hace la coreografía del video “Single Ladies” mejor que la propia Beyoncé Knowles y al niñito que vocifera satánicamente su incredulidad ante recibir en la mañana de Navidad una consola del Nintendo 64, para saber que vivimos una década en donde el protagonista ni siquiera fue “el vecino de al lado”. Fuimos nosotros mismos. Todos bellos in this city of blinding lights.
Los quince minutos de fama que según Andy Warhol, nos tocarían a todos en algún momento, se han convertido en 140 caracteres con los cuales narramos nuestras propias biografías. Pensamientos ilógicos en Twitter que en nada deberían importarle al vecino, si no fuese por nuestra imperante necesidad de diferenciarnos del montón. De ser protagonista de nuestro propio reality show, así sea en You Tube o en un blog. Hagan la prueba. Fíjense cuantos amigos suyos en Facebook tienen como foto de perfil una foto en traje de baño o con el torso descubierto. He ahí, en la inconsciencia de una exhibición, la necesidad de hacernos conocidos. Algunos por las letras que teclean como zombis desde sus celulares y otros, a través de una foto en bikini que hace del mini dress de los noventa, un hábito de monja.
Ha sido una década rápida en la que ha ganado el que se ha sabido vender en los medios (o el que pueda ganar un reality show para convertirse en el mejor amigo o compañero de celda de Paris Hilton). Aún a sabiendas que la frase acuñada por Heidi Klum: “un día estás in y el otro estás out” cobra más sentido en una década en donde si un video no carga su buffer a tiempo, un solo clic puede borrarte del mapa con la misma vehemencia que la sobresaturación. Que lo diga Jennifer López. Con un solo vestido verde de Versace logró que su carrera de actriz B la transformase en un emporio completo clase A para luego bajar de escalafón cuando la gente se sobresaturó del perfume, el restaurante, el blue jean, la canción, el Benifer y la confesión que ella seguía siendo Jenny la del barrio.
A diferencia de Teri Hatcher, David Hasselhof, Vanilla Ice y Paula Abdul, la Lopez no necesitó resucitar para recuperar su estatus. Solamente le bastó salir en estado como a Britney le bastó dejarse crecer el pelo otra vez. Si algo aprendimos de Madonna y de Michael Jackson es que cuando uno cimienta sus bases, una reinvención basta para volver a la palestra. Y si se llega a morir, tampoco es mala publicidad. La elevación de nuestros dioses no queda solamente en lo que esperamos sea una pronta beatificación de Juan Pablo II. Las estrellas del pop también van al cielo.
Ascienden a las alturas porque la cobertura continua en CNN de algo que debería salir en E! los ha expuesto a tal punto que los terminamos queriendo más en muerte que en vida. ¿O Anna Nicole Smith no está en el Cielo? Las denuncias de herejía o de vidas libidinosas son cosas del pasado. Vivimos en tiempos donde el Vaticano no se preocupa por ex comulgar a Angelina Jolie, considerándola hereje por romper el matrimonio Pitt-Aniston como sí lo hizo en los sesenta con Elizabeth Taylor cuando logró entrometerse en el connubio Fisher-Reynolds antes de disfrazarse de Cleopatra y caer tentada en los brazos de su Marco Antonio, Richard Burton.
Ahora, las denuncias de prácticas herejes van hacia aquellos que osan ponerse un condón para protegerse de enfermedades venéreas que azotan a millones, a los que se cambian de sexo para poder convivir con los que le dice su alma y no el espejo y a los que sugieren en literatura del género ficción que un santo en un cuadro podría en verdad ser una mujer. Galileo Galilei y Martín Lutero podrán ser nombres importantes de nuestra Historia pero la genialidad de nuestra época es que el más hereje de todos, es alguien con un nombre tan común como Dan Brown.
Esto fue la década de los doble ceros en la que todos lucharon por jamás volver a ser un cero a la izquierda. Una palabra tan disímil como Google logró ser la responsable de la inmediatez de nuestros tiempos, dejándonos a todos con cara de “Poker Face” al no saber adonde se fueron estos diez años así como cuestionarnos el por qué nos importó tanto la muerte de Heath Ledger y menos la de Ronald Reagan. Si algo nos toca reaprender para la próxima década, es el legado que nos deja Harry Potter, Frodo Baggins, Carrie Bradshaw, Peter Parker y Anakin Skywalker: hay que saber dejar al público queriendo más. Pues hay una gran audiencia que no se contenta con la inmediatez de una película pirata sino con entretenimiento de calidad. Enseñarlo todo, de un solo golpe, es lo mismo que otra fotografía más de la Lohan sin pantaletas en la pagina Web de Pérez Hilton. In this city of blinding lights.-














