Monday, April 19, 2010

Yo estuve allí

En el 2060 tendré ochenta y un años. Es descabellado de mi parte decir que seré un viejito con visera que paseará con andadera por el jardín. Yo jamás usaría visera. Y no quiero preocuparme sobre temas neo existenciales sobre si tendré hijos, nietos, bisnietos o algún carricito suelto por la comarca de mi asilo. Sólo sé que si ellos me dejan solo con un canario en un cuarto, los mando a aniquilar por comemierdas. Si son hijos decentes, me imagino ellos querrán oír mis cuentos de cuando “tú eras un pavo”. Como no lo serán, igualito los voy a obligar a que me oigan.

¿No les ha pasado? Que sale un viejo de la nada, entre el Sudoko y la sopa de apio, a contarte “Yo estuve allí cuando cayó Gallegos.” Uno anda corriendo con mil cosas pero igualito es como indecente dejar a un viejo con sus memorias sobre el derrocamiento de Rómulo. La verdad es que uno se los goza. El “Yo estuve allí el día en que Armstrong pisó la Luna” es un big hit entre los ancianitos de alpargatas. Le siguen “Yo estuve allí cuando mataron a Kennedy” y “Yo estuve allí cuando vino Guns N’ Roses al Poliedro la primera vez” (hay un único viejito setentoso por ahí que está diciendo “y me drogué” en esto último).

Pues yo estuve allí en el Bicentenario del 19 de abril de 1810. Y me doy contra la pared que, una vez más, no fui lo suficientemente mercantilista como para sacar las franelas conmemorativas. Yo quería mi franela “Yo estuve allí en el Bicentenario”. Un pito o una maraca. Una foto con mis amigos en algún desfile, en mi vecindad, orgulloso de las historias de mi pueblo. Como no lo obtuve, le pienso mentir a mis nietos. Un “Yo estuve allí” con sal y pimienta de esas que no se descubren porque mis nietos van a ser así de flojos.

Les voy a contar que el Bicentenario se celebró exacto a como pasó en 1810. Igualito. El jefe de aquel 2010 esperó a los demás caciques extranjeros en La Guaira. Cuando llegaron, les contó que en Venezuela todo el mundo andaba picado porque un tipo llamado Vicente Emparan era del Club Camurí y ellos querían ser del Club Playa Azul. Como tal, había que decirle que se fuera pa’l carrizo.

Los caciques se disfrazaron contentísimos de aristócratas y comenzaron a subir por un túnel donde había un turpial enorme pintado en la pared. El cacique Ortega, que estaba disfrazado de Martin Tovar y Ponte, comentó “ay que bonito el pajarito”. Llegaron a la ciudad bella e inmaculada donde todos los guardias le decían ‘hola’ y decidieron que sería una nota ponerle un obelisco rojo y negro horrendo para ver si Emparan se espantaba y se iba de una vez. Emparan, que era medio cegato, pasó por ahí y no lo vio, decidiendo irse a tomar el fresco en el balconcito del pueblo.

Allí lo esperaba Madariaga quien dio la orden de lanzarle a todos los diablos de los rincones del país para que le danzaran en frente y lo terminaran de botar. Pero Emparan se hizo el loco. Le tiraron los culo e pullas, el mono, la culebra de Ipure y los empleados de SIDOR pero Emparan solo bostezaba. Llegaron las mamis del Calipso a bailarle tongoneado pero Emparan solo veía a los negritos.

Advirtiendo esto, los aristócratas pensaron que de repente era medio gay por lo que decidieron lanzarle los soldados de los Ice Capades. Unos catirrucios que daban más patadas que gimnasta en anfetaminas. Nada. Los aristócratas llamaron a Libia y Argelia para que mandasen un poco de soldados; Nancy Sinatra vino y les prestó sus botas go go a las oficiales para que le marcharan; la Señora Argentina le hacía señales con un abanico de gaviota y el de Bielorrusia se ponía más chapas que mesonero de Friday’s para que lo viera. Emparan sólo miraba al cielo.

Los aristócratas comenzaron a fastidiarse de la pajuatez de Emparan, cuando alguien notó que la grama andaba medio seca. Por eso, mandaron a llamar a un poco de tractores a aplanar la tierra. Ahí un poco de granjeros hicieron lo suyo. Ya con la tierra lisita, los aristócratas decidieron ponerse a jugar a avioncitos. Los más buenos eran los chinos, hasta que llegó uno ruso que daba ochenta volteretas. ¡Como gozaron los aristócratas ahí con sus avioncitos!

En un momento dado la Señora Argentina se dio cuenta que ella no había hablado en todo el día y se paró a dar un discurso. Ella gritó “¡Que se vasssha Emparan! ¡Que viva las Malvinas!” y los demás gritaron “Que viva la Señora Argentina”. Ella se fue contentísima pa’ su casa. Los demás, que ya tenían sueño porque Emparan no se iba, decidieron hacer lo mismo para que el cacique mayor los soltase más temprano. “Qui si viyi Impiran” gritaba uno chaparraito, “Leave, Emparan leave”, gritaba el morenito. “Emparan que te vayas…que te vayas…que te vayas…que te vayas…que te vayas…” se oían los coros por todas partes. Hasta que por fin, tuvo que salir Madariaga a decir que Emparan hace siglos que se había ido. Con el maletín de la Señora Argentina.

“Yo estuve allí en ese Bicentenario” les contaré a mis nietos. Yo estuve allí y no tendrán manera de refutármelo. Ni siquiera con mis mentiritas blancas. Porque lo más triste es que, según algunos, la cosa fue así.-

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