Monday, May 3, 2010

Caracas, la Ciudad de las Huellas Indecisas

He sido muy regalado últimamente. Me encanta la gente que da regalos sin saber cuándo es tu cumpleaños. A fin de cuentas, los regalos de cumpleaños siempre son una cartera ilógica. Los regalos de un día cualquiera son completamente especiales. El primero que comparto es un libro bellísimo que me regaló Daphne, una belleza de persona a la que conocí a través de mis cuentos en el tea party. Se llama Y el Cielo decidió abrir una sucursal: Versión libre de una Caracas de ayer y hoy por José Gustavo Morales y Carlos Salas-Ponce. Lo más bonito de todo, es que Daphne me lo regala con dedicatoria. Siempre que se regala un libro hay que dedicarlo. Aún cuando los puristas se horroricen que a los libros no se les raya ni con tinta invisible.

Es un libro divertidísimo, escrito en 1978, con suficientes ilustraciones como para que nadie se aburra y con el añadido que el prólogo aclara que el libro no tiene número de páginas. Es uno de esos en los que puedes agarrarlo empezadito, por la mitad o al final y todo tiene sentido. El típico libro que me encanta a mí. Cuenta a Caracas desde todas sus aristas y describe los arquetipos de la gente que cohabita en una ciudad ahogada en tráfico. Tiene sus anécdotas cómicas. Yo no sabía por ejemplo que en la presidencia de Juan Pablo Rojas Paúl, el pueblo decidió tumbar una estatua de Guzmán Blanco en 1889, apodada el “Guzmán Saludante”. Años después, una de las botas de bronce de la estatua fue encontrada en el fondo del Río Guaire. El párroco de El Recreo decidió mandarla a fundir y así crear la campana de su iglesia. La pomposidad de uno terminó siendo la perfecta corneta para otro.

Anoche me lo terminé y le fui completamente sincero a la persona que me lo regaló, me pareció tristísimo. Salvo la inseguridad que la trata someramente, allí están presentes –de manera inocentemente jocosa- los mismos problemas que nos aquejan hoy. Un testimonio que en este país hay que arreglar no solamente las cañerías de los políticos que nos gobiernan, sino echarle una pinturita a nuestra calidad de vida y la manera en cómo nos comportamos. Se habla del mismo contraste entre ranchos y casas, de una barrera que pusieron en la Avenida Urdaneta para obligar a la gente a caminar por el paso peatonal que tuvo que ser derrumbada porque los caraqueños se pusieron olímpicos. "Caracas es una ciudad negra de pelo liso y anchas caderas, contaminada de la súbita riqueza de no saber lo que cuesta la riqueza", dice el libro. Eso se ha podido escribir en 1998 o en el 2008, muerto de la risa.

Hay un párrafo que quiero compartir que nos habla del folklore: “El catire de carnes chorreadas y bermudas y camisa de flores y lentes negros y cámara toma-fotos colgada al cuello, camina con la mirada semi-perdida por el despelote de Sabana Grande a las seis y algo de la tarde. Parece un zombie haitiano blanqueado con lejía. En estos momentos su principal preocupación es hallar un “typical Venezuelan show” para después de la cena. El pobre lo que menos se imagina es que eso es justamente lo que está presenciando. Pero él tiene su idea fija: las maracas, el arpa, las alpargatas, la cobija que alguien inventó ponerle al llanero….

Nunca encontró nada criollo. Pasó por restaurantes con mariachis, odaliscas, ombliguistas, zapateadores de flamenco, mulatas sambeadoras, frenéticas contornistas del rock y geishas orientales practicantes de las artes marciales… pero de galerón ni hablar.”

Así somos tal cual. Nada es nuestro y a la vez, nosotros somos todo eso. El libro, como dije, se escribió en 1978 y yo nací en 1979. Ya en 1978 se hablaba de Caracas como una ciudad de huellas indecisas. Entonces, alguien más viejo que yo que me explique ¿ósea que nunca fuimos felices? ¿Esto siempre fue un caos? No la quiero menospreciar porque los que se han sentado en este tea party saben que a Caracas no se le pega ni con una barajita de Messi. Lo que quiero saber es si siempre fuimos ese tipo de gente que le amarraba la media a la bujía hasta llegar al taller. O, si hubo alguna época en la que sí sabíamos para donde es que iba la cosa.-

Eso sí, el libro dice “No hay nada más pavoso que tener pantuflas bordadas con la palabra 'Amistad'". Con eso estoy completamente de acuerdo. Me las imagino amarillas.-


D: un millón de gracias por el regalo y tan bonita dedicatoria.

1 comment:

todoloquemepasa said...

Suena muy interesante, gracias por compartirlo; estaría bien leerlo!

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