Friday, June 25, 2010

El Incruste de las Razonables Rottenmeier


La Señorita Rottenmeier era la institutriz de Clara, la amiga invalida en Heidi. Yo no sé mucho de ella dado que recuerdo solamente haber visto capítulos genéricos de la comiquita de ‘Abuelito Dime Tú’. Sólo sé que la Rottenmeier estaba nerviosa por la salud de la catira lisiada, odiaba a Heidi por arrabalera y si le hubiesen dado un roncito, se le hubiese declarado al Señor Sessemann. Me imagino que la señorita era del todo odiosa porque no concebía un mundo sin reglas. Cada cosa en su lugar y todo sereno. Ella no creía en aquel viejo refrán que dice que no se debe juzgar a un libro por su tapa. ¡Oh, la Señorita Rottenmeier juzgaba! Antes de haber sacado el libro del envoltorio, ella ya sabía que eso era más dantesco que leer Peyton Place en los años cincuenta.

Hay gente así. Calvinistas modernos que se caen a latigazos por los pecados propios pero que se auto flagelan con más vehemencia ante los pecados de los demás. Las Férulas de La Casa de Los Espíritus de Allende disfrazadas de blue jeans Seven y camisas Columbia. Gente que son buenas, buenísimas la verdad pero que creen ser los semidioses del orden y las buenas costumbres. Como tal, el resto de nosotros, los invitados a las fiestas de Gatsby, los que cometemos pecadillos al tomar una copa de más, repetir el postre, probar una bocanada de cigarrillo a deshoras o echar un cuento salaz, somos vistos como la maleza. Una hierba que hay que extirpar con continuas advertencias de “no me parece”, “tú no puedes decir eso” o “tú no puedes seguir así”.

Lo bueno es que tienen razón. El incruste es que tienen razón. Porque no son personas que ofrecen consejos entendibles cuando uno se los pide. Uno jamás se los pide. Ellos lo dan espontáneamente sin que éste llame necesariamente a la reflexión de una manera positiva. Viene más bien con una rodada de ojos y un “consejo” a una hora indecente. Una desaprobación total de tú como persona en algún momento solamente porque comes de más, no haces ejercicio, fumas, tomas, bailas pegado, manejas muy rápido, duermes más de la cuenta, comes carne demasiado roja o no vas a misa. Escoge la conducta malévola que más te guste y allí está la Señorita Rottenmeier para recriminarte por ello.

Eso de decirle a una persona “estás gordísima”, sirve como ejemplo de los Rottenmeier. Yo que he vivido el caso opuesto me río pero me compadezco con la gente de contextura gruesa. Como hacen para no caerle a patadas a los Rottenmeier que se lo dicen (siempre con una inflexión en la ‘i’: “gordiiiiiisima”) escapa de mi raciocinio. La gente que tiene un problema lo sabe; ya sea la obesidad, la depresión, la falta de ambición o inclusive el alcoholismo y la drogadicción. Pero jamás reaccionan positivamente ante la recriminación frontal. Nadie responde afirmativamente al problema porque se sienten atacados. Más bien le huyen a los moralistas descartándolos con un “yo sé” u ofreciendo una excusa como “es que acabo de terminar con mi pareja”.

Los Rottenmeier tienen razón. En verdad él es gordísimo. Y yo fumo demasiado y ella se da los besos con todo el mundo y el otro no da pie con bola para terminar un proyecto. Pero los Rottenmeier pecan en creer que lo están diciendo “de pana y todo”. Lo que ignoran es que no aportan al problema, sino que provocan que uno se esconda de ellos cuando quiere echar una gozada. Uno se vuelve como un drogadicto, escondiendo sus pecados cuando están en su presencia porque saben que el regaño viene por ahí. Una y otra vez. Una y otra vez.

Creo que todos hemos sido Rottenmeier en algún momento pero en mi experiencia, hace falta el consejo-solución y no el consejo-regaño. Los Rottenmeier jamás apuestan a dar como consejo aquello de dejar la fiesta cuando ésta esté en su apogeo. Más bien “el regaño” es que no hay que asistir a la fiesta. Nadie deja una conducta de un solo guamazo. Menos sin el apoyo de seres queridos. Llegará un momento en la vida de uno en la que sencillamente no le provocará ir a la fiesta o se dará cuenta que ese no era el bonche indicado. Pero que se colee un Rottenmeier día tras día para bajarte de la tarima de la fiesta y te haga sentir como Bonnie y Clyde conversando con una Carmelita descalza no provoca. Lo que provoca es ponerle un sombrero de cotillón a la Señorita Rottenmeier y decirle: “¿Cuándo fue la última vez que Usted bailó?”.-

1 comment:

Ira Vergani said...

Ufff siiiii, este post me viene como anillo al dedo y te lo resumo en algo que mi Chino debe haber aprendido hace poco en el cole porque lo ha repetido varias veces: if you do not have anything nice to say, then don't say anything!

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