Sunday, June 6, 2010

El Silencio de las Piponas

Any Given Monday

Silencio absoluto. La combinación de los astros caninos y humanos confluyó en mi hogar y me concedieron mi deseo de Gepetto. Mis papás se largaron a un viaje, Dios sabe por cuanto tiempo pues eso jamás se ha dicho aquí y mis perras, las Piponcitas, se mudaron temporalmente a casa de mi hermana porque anda en un desequilibrio hormonal con esto de la maternidad y necesita cariño. Algo que me parece completamente lógico, considerando que a ambas perras les acaba de venir la regla nuevamente y ahora andan con sendos embarazos psicológicos como si la Anunciación les hubiese plantado a dos Mesías que ladran. En la distancia, sólo se oye el ya acostumbrado “¡Eso Burrera!” que le da Josefa a la nevera cada vez que ésta produce hielo. La casa de los Locos Addams, en completo silencio y yo no puedo estar más feliz.

Todos necesitamos vacaciones y para alguien que trabaja desde su casa, éste es mi momento Shangri-La. Son demasiadas las distracciones, los ruidos de teléfono, las reuniones de señoras tomando café y la persecución de un loro suicida como para no tener momentos de paz durante el día. Aún así, tenerlos a todos cerca es tener la fuente de inspiración para sentarme a escribir estas crónicas. El problema no son ellos por separado, sino la combinación de todo. Incluyendo a Mario Silva.

Mi mamá es una señora divertida que se acuesta arrecha. No sabíamos por qué hasta que descubrimos que su adicción al programa La Hojilla le estaba causando estrés a la psique. Eso produce que se despierte hablando del gobierno. Como los twitteros cuyos primeros ciento cuarenta caracteres en la mañana están enfocados en la amargura que causa una hazaña gubernamental. No ayuda que el mal humor se incremente con la estampida canina de las Piponcitas buscando cariño. Una perra entrando a tu cuarto a saludar es una belleza. Dos cohetes con pelo en el aire cayéndote encima, es como para entrar en un bunker a resguardarte del bombardeo aéreo de saliva.

Es que las Piponas son metiches en todo. Mi papá se tiene que tomar religiosamente unas pastillas para que no se le tapen las venas del cerebro, como consecuencia del aneurisma que le provocó el accidente el año pasado. Él es solamente consecuente con su eterna búsqueda por el postre perfecto en las panaderías más escondidas de la ciudad, pero la verdad es que con las pastillas se ha portado de maravilla. El problema es que dada la pobre visión y la falta de delicadeza de los pulgares masculinos, no es muy ducho abriendo los paqueticos por lo cual, la pastillita de turno sale volando por el aire y cae en el piso. Su búsqueda es infructífera. La pastilla no ha tocado el piso y ya salió una de las Piponcitas a tragársela.

La preocupación no es que las perras se mueran intoxicadas. Más bien, es el miedo a que las venas se les pongan más perfectas y en consecuencia, vivan más de la cuenta. Es que estamos obstinados de ellas. Las perras vinieron a mi casa como propiedad del niñito que se fue a Milano y de la carmelita descalza que se casó. A los que no las queríamos, nos las dejaron "porque eso nos iba a hacer más felices". Como tal, nos hemos visto sometidos a la invasión de los Hunos y ser los babysitters de dos monstruas disfrazadas de los Cariñositos. Vivir con ellas es como ser un guía de campamento en donde toda media es objeto de una destrucción y no hay actividad que no involucre rascarle la cabeza. Lo peor, es que son tan bellas que uno no se puede resistir.

Ahora que no los tengo, en silencio escribo. Y me da risa que en el éxtasis de una vacación familiar, donde todos los botellones de Coca Cola son míos, no puedo sino dejar de pensar sobre qué estarán haciendo las malandras de mis Piponas.-

1 comment:

Astrina said...

awgh..! #yoamoalosbeagles

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