Monday, August 23, 2010

A un año del polvazo

El año pasado, mi fiesta de cumpleaños estuvo un poco más alegre de lo normal. Por una parte, la cosa era en grande porque soy de la opinión que los arribos a las décadas se tienen que celebrar por todo lo alto. A menos que seas Roche Bonche mi amiga, quien ha insistido por cuatro años consecutivos que ella está cumpliendo veintiséis. Una pareja de amigos míos, casados, establecidos y con un retoño bajo el hombro cuidadosamente dejado en casa de su abuela por primera vez, se alegraron un poco más de la cuenta. Nueve meses exactos después, trajeron al mundo la consecuencia. Eso me hace feliz. Mi cumpleaños siempre será mi cumpleaños pero esa pobre infanta no sabe que su tío Toto la fastidiará de por vida con ese cuento que siempre da pena contar: “Mi amor tú fuiste concebida después de una fiesta en mi casa.”

Mi cumpleaños fue sensacional. Un almuerzo en Galipán seriamente amenazado por lluvias matutinas que provocaron llamadas preocupadas de todas mis amigas madres. Que si la nena tiene otitis, que si el otro tiene tos, que si hace frio, que si la lluvia afectará los resultados electorales. Las mandé a todas al horno. Suficiente con que este año concedí que soy amigo de gente con retoños para también tener que ser el Man Nanny McPhee de los padres. Pura perseverancia pues las nubes se apartaron y me regalaron uno de los días más bonitos en lo que va de año.

Eso sí, casi no llego. Previendo el colapso de camionetas les pedí a todos que estuviesen en el Hotel Avila a las dos de la tarde para subir en unos jeeps que había contratado. Mandando el convoy con It’s Good to Be hacia la estratosfera y quedándome con la Queen Zubi porque según ella, yo tenía que ser el Comité de Bienvenida como cuando reciben a los presidentes en el aeropuerto. Ni Mugabe llegó tan tarde. Iban llegando de a poquitos y de diez en diez los montaba mientras desde arriba me alertaban que el cumpleaños se iba a acabar. ¡Ni de broma! Mi torta de café y chocolate era más grande que las de Pollyanna y si alguien iba a soplar esas velas, iba a ser yo.

Por fin, el último de los Mohicanos arribó y comenzamos a subir. Muy cómico esto de tener amigos solteros que están a años luz de ir a la maternidad del Centro Médico ayudando a montar coches, pañaleras y madres vestidas en plan de bosque. No hay nada mejor que los grupos incoherentes de mi vida se mezclen entre si y lleguen a la conclusión que cualquier burla hacia mi persona va a ser doblada por los demás. ¡Tan bellos todos!

La soplada de velas fue interesante. Jamás había cantado cumpleaños con tantos chamos a mi alrededor y como mis velas eran de fuegos artificiales era como ser Willy Wonka en potencia. Me sentía crecido, mayor, bien asentado en mis años, usando chaqueta de viejo en vez de sweater de adolescente. Toto por fin había madurado y crecido y estaba en vías de ser esas personas que dan las gracias por un esplendido almuerzo, llegan a su casa y se acuestan a dormir.

Ehm, no. Claramente, yo no he aprendido NADA en esta nueva década. No solo hice que la pareja del polvazo soplase sus velas, sino que callé a las masas para contar el cuento. No solo le dije a todos los niñitos que estaban presetnes que yo era un tio chévere, sino que les enseñé la canción de “los hermanos pingones eran unos maricones que se fueron a Calcuta en busca de unas putas”. Lo único decente que hice en toda la noche fue esperar a que los padres y representantes descendieran de las nubes de la casa para inaugurar la fiesta montado en la barra con menos ropa de la que el frio (y mi abuela que siempre clamaba por mi incipiente catarro) hubiese querido. Claramente, yo nada he aprendido en la vida.

No sé como terminé bailando en una discoteca, ni a quien saludé ni de quien era la chaqueta que tenía puesta. Sólo sé que es dificilísimo jugar a Where’s Waldo al día siguiente y tratar de conectar en que carro quedó la torta, las cornetas, las botellas, la camara y la pañalera ilógica de una madre que la olvidó y me tocó la puerta de mi casa a las siete de la mañana para buscarla. Es cierto eso que la madurez viene con los años pero como un buen polvo de aniversario, la regla no aplica en el día de tu cumpleaños.-

1 comment:

Ira Vergani said...

madurez? palabra de viejo, dejala botada por ahi. El año que viene o me invitas o voy a de arrocera jajaja

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