Thursday, October 14, 2010

La verdad del error empresarial

Me reúno con un pana para tomarme un whisky. Tragos van, tragos vienen, me confiesa de que hoy lloró en la oficina. Hago una pausa para decirle que es un maricón. El se ríe. Yo me río. Para hacer énfasis le vuelvo a repetir lo maricón que es. Me cuenta que pasó un mes preparando una presentación que iba a hacer su jefe para la junta directiva. Un estudio completo del balance financiero para el año que viene y todas esas cosas con numeritos que yo digo “ajá, ajá, si como no” para que él crea que estoy entendiendo pero la verdad no entiendo ni papa.

Al momento de entrar a la reunión, el jefe le pregunta por casualidad si las cifras están estimadas en miles o en millones. Mi amigo se pone pálido. No le da la cabeza para saber. Se preocupó por todo hasta el colorinche de la presentación pero por esa pregunta jamás se paseó. Le dice al jefe que no está seguro. El jefe le pone el puño ficticio de “te quiero caer a coñazo limpio” y entra a la presentación. Mi amigo se va a la baño y suelta dos lagrimas.

El estrés por lograr la perfección en los trabajos agobia. Mucho más cuando uno tiene un jefe que ni por error te da opinión sobre cómo vas. Los tres meses de prueba al principio de cada trabajo son una falacia. Todo el mundo jura que lo van a sentar a decir “eres bueno, aquí está este nuevo contrato con una bonificación, echémosle pichón juntos”. Los tres meses de prueba pasan a ser seis años en un mismo trabajo en donde la presión por probar ser infalible ante los errores termina por querer anudarse un poco más la corbata en el ascensor. Provoca pegarla con Krazy Glue en el botón del PH y dejarse caer.

Le digo a mi amigo que de no haber dicho la verdad, lo hubiese botado. Lo siento. No importan las barras, los datos ni el color de la presentación. Si los hechos no están claros, la presentación no sirve. Todo el mundo queda mal porque la reunión fue improductiva. Por eso es que su honestidad fue acertada. Mucho peor hubiera sido que mintiera sobre los datos. Decir que son millones cuando son miles puede hacer caer la Bolsa de Nueva York en cuestión de segundos. Ha pasado. Si pasa ahí, puede pasar en cualquier reunión ejecutiva.

La cuestión está en cómo reacciona un jefe ante el error de otra persona. Nadie pide que se sienten con ellos, le den una carita feliz todos los días por ser el mejor empleado del mundo. A menos de que trabajen para la empresa que hace las calcomanías de las caritas felices, pues. Lo que sí es importante es el feedback previo y posterior al error. Un jefe despide en el acto a la gente mediocre que acompaña sus actos con mentiras o mala praxis. Un buen jefe sabe que no trabaja con gente mediocre, porque ambos tienen la confianza de admitir sus errores, sin mentiras, a sabiendas de las consecuencias ulteriores.

El “no sé” es honesto. Más aún cuando se está en la posición de “tener que saber” si algo es o no es. El problema es que consideramos que una mentira nos saca del paso cuando en verdad nos embarra más en la presión de ser empleados perfectos. Los errores son de todos y hay más que están por venir. La honestidad en el error, en cambio, es el cénit del progreso.

Mi amigo me cuenta que después de la reunión, su jefe se sienta con él para decirle que entiende el error pero que se tiene que meter en el negocio. Hacerlo suyo y saber que su trabajo es parte del éxito de la empresa. Eso es más que un jefe. Alguien que haga tiempo para transmitir la misión y el valor de la empresa a sus empleados, es una bendición curricular.-

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