Saturday, October 30, 2010

Un Día Sin Brujas

La sensacional Heidi Klum: hotness!
¡Que viva Halloween! Uno no entiende cómo fue que nos apropiamos tan descaradamente de esta tradición gringa pero me contenta que la adoptamos con todas las modificaciones que hacen del Día de Brujas – el 31 de octubre – uno de los días más entretenidos del año en Venezuela (después del Día de la Secretaria). Por una parte, jamás le paramos a eso de ir a comprar una calabaza para ponerla en la ventana con una velita adentro. Primero porque aquí lo que hay es auyama. Segundo porque pa’ calabaza, suficiente con Cenicienta, la caza marido más grande que ha visto la Humanidad. Con esa jeva ni para la esquina.

Toda esa cuestión de ir a buscar caramelos de casa en casa también nos la saltamos. Fran, mi pana, dice que es porque los vecinos del edificio son pichirres. Yo lo corrijo diciéndole que es por culpa del escepticismo a la hora de abrir la puerta. Si a la Sociedad de Ciegos le echamos un cuento para no tener que colaborar cuando pasan de casa en casa, tampoco vamos a salir de bienaventurados a abrirle la puerta a dos idiotas disfrazados de Neo y Nemo (uno de The Matrix y el otro de Buscando a Nemo) pidiendo caramelos. ¡Yo te echo un cuento que caramelos es lo que quieren!

Nosotros le hacemos fast forward a todo eso y nos vamos directamente al bonche de disfraces. No importa lo chiquito que sea. Si bien todo bar organiza su fiesta, celebrarlo en casa es chévere porque siempre hay un amigo fanático del Halloween que se faja decorándola como una morgue en decadencia. Con más hielo seco que carrito de helado puesto por las esquinas. La consigna es que los panas vayan disfrazados y con botellita de contribución bajo la túnica. Pasarla bien siendo alguien que no sé es normalmente de nueve a cinco. Así vengan los inseguros vestidos de ellos mismos con el cuentico que no les dio tiempo de inventar un disfraz. A lo que siempre sale una salida a decir en calladito que esos vinieron vestidos de Narciso.

Es que disfraces ha habido para todos los gustos y si bien los que se compran en las tiendas están mandados a hacer para sacarnos de apuros, lo cierto es que siempre ganan en originalidad aquellos que se los piensan. Una ducha, una copa de Martini (la aceituna era la cabeza), un Rodolfo el reno martirizado (esto de algún emocionado por la próxima temporada navideña) y hasta Museíto, el muñeco del Museo de Los Niños, han desfilado entre los zombis y fantasmas que rumbean en una noche donde Michael Jackson fácilmente hubiese pasado desapercibido. Es difícil tumbarle la comparsa a los cuatro gorditos venezolanos que se las ingenian para disfrazarse de Cariñositos Dañados: Venéreo, Alcohólico, Matón y Proxeneta.

La actitud lo es todo a la hora de disfrazarse, procurando que no sea tan aparatoso como para prohibir echar un pie con cualquier Campanita. La debacle histórica de Halloween en Venezuela fue un amigo que nos convenció para que lo rodáramos en camilla a una fiesta vestido como Hannibal Lecter en El Silencio de Los Inocentes. Con máscara de hockey y amarrado con camisa de fuerza. Tuvo su entrada triunfal como quería. Lo que no contaba era que a los demás nos pareció entretenido dejarlo en una esquina sin poder desamarrarse. Ni el SENIAT se le acercó esa noche. Hay que saber donde llegar al límite con los fanatismos cinéfilos (regla no aplicable a cualquier disfraz de La Guerra de las Galaxias).

Sin duda alguna, lo mejor de todo Halloween es que por un día al año tenemos el sumo placer de asistir con beneplácito al Desfile Anual de Mujeres Bellas Disfrazadas de Mujeres de Morales Dudosas. Una sola noche en la que las mujeres del país se vuelven moralmente amnésicas y deciden que salir de sus casas vestidas de monjas con una raja en el hábito de proporciones épicamente excitantes es completamente aceptable. ¡Que genialidad de concepto!

Como la Barbie, escogen cualquier profesión y se embuten en un micro vestido que las hace ser abogadas, jueces, enfermeras y maestras japonesas que pondrían a cualquier club de strippers a revisar sus casilleros a ver si les robaron el vestuario. Conejitas que se mezclan entre las Batichicas, dejándolo a uno pensando que si bien los gringos inventaron este día para venerar la víspera de los muertos, la materialización de todos nuestros sueños húmedos adolescentes provocado por este desfile en nuestra vida adulta, reverencia más bien la víspera de nuestro infarto.-

Nota: Esta fue mi columna para la edición UB de octubre.

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