Tuesday, November 2, 2010

El Pijama Party Espontáneo

Estoy en la corredera por el libro, las traducciones, el pago de facturas y el “Don Totín se acabó el jamón” de Josefa. En la cabeza tengo el pago del cheque, llevar el vestido a no sé quien para no sé qué cosa, dejar las carpetas de CADIVI en el banco, entregar el artículo y llamar para que traigan el gas. Busco mi cartera que nunca está al lado de mi celular, el cual no está ni remotamente cerca de los cigarros.

Comienzo el peregrinaje por mi casa para el juego más ilógico de “palito mantequillero”. Entro al cuarto de mi papá y mi mamá. A oscuras, cortinas cerradas, todo pulcro y todo en orden como suelen estar los cuartos adultos cuando la gente se va de viaje. Encuentro una caja de fósforos, me las meto en el bolsillo y camino hacia la puerta, cuando de repente me volteo y veo la cama.

“¿Tú sabes qué? –pienso– yo no voy a hacer un coño. Olímpicamente me pienso saltar el día y recostarme a dormir una siesta. No me interesa nada ni nadie. No voy a pensar en más nada sino en el placer de echar un camarón a deshoras.

Agarro una de las cobijitas azul pitufo donde sólo cabe una persona, me quito los zapatos y me acuesto en el mero medio de la cama. Cinco almohadas de plumas enormes en diferentes tamaños esperan mi cabeza mientras me hundo hacia atrás. ¡Qué placer! Mentira, ¡qué privilegio! La gente casada tiene que tener un manual sobre cuales almohadas se tienen que comprar para soportar el matrimonio. Siempre he pensado que la cantidad de almohadas se debe al derecho a construir una barricada para esos momentos en que no se soportan. Jamás he imaginado que es por el placer de acostarse a dormir.

Ni un rayo de luz entra por las cortinas verde botella. Me pongo en posición fetal y subo la cobijita hacia la barbilla. ¿En verdad el niñito Aguerrevere se va a dormir en plena luz del día? ¿Es cierto que no va a pensar tres mil cosas innecesarias antes de dormir como la inseguridad, lo que le diría al Señor Presidente y las personas que tiene que mencionar en su discurso de aceptación de los Premios Óscar? Algún ente etéreo me cubre los ojos de arena mientras sucumbo a Morfeo. Es completamente cierto. No voy a pensar en nada. En nada. En absolutamente na…

Sueño como los Dioses. Todo es verde. En mi currículo me tengo que acordar de poner que sueño en Tecnicolor. Siempre es la misma locación. Un lago rodeado de pinos mientras camino descalzo como si a nadie se le hubiera ocurrido inventar los zapatos. Lo que cambian son los personajes. De repente un carro o una nave espacial. Algo ilógico que no debería estar pero que me lo gozo. Qué pasa en el sueño no es importante. Poco probable que me recuerde luego. Lo sabroso es que hace Sol y tengo calor.

Me despierto. No sé qué hora es, ni cómo ni cuándo ni dónde. Lo único que sé es que no estoy solo y me da miedo. Detesto esa gente que se sienta a ver a los demás dormir. En mi caso nadie me ve. Sólo duermen. Entre la maraña de almohadas, cobijas y cojines hay humanos. Bibi con la barriga de embarazada a mi izquierda, Alejandro a mis pies. Subo los brazos para estrecharme y siento una cosa peluda que ronca. Ava la perra duerme encima de mí. ¿Qué pasó aquí?

Con mi movimiento cada uno de los entes se despierta. Estrujándose los ojos, Alejandro me dice que el pijama party se dio de manera espontanea porque nadie pudo creer que yo pudiera dormir tan sabroso. Tal fue la envidia del camarón que les dio sueño a todos. Tres horas con Morfeo, los hermanos y los canes. Mientras me levanto para volver a mi estrés rutinario y darme cuenta de todo lo que no hice, volteo a la cama y veo la forma que ha dejado mi cuerpo sobre la colcha y las almohadas. Me provoca tomarle una foto y todo para el recuerdo. Tal ha sido el placer de mandar todo al zipote por unas horas y sencillamente descansar de mí.-

1 comment:

Luis! said...

:-)
¡Qué momentazo!

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