Wednesday, November 17, 2010

Mi momento Charlie Brown

Estoy de turista en una librería. Quiero visitar mi libro; ver cómo le va, si lo tratan bien en la estantería y si los demás libros lo fastidian. Es emocionante ver tu nombre en otra parte que no sea tu computadora, así que esa visita anónima bien vale la pena. Algo así como un papá anónimo que ve los éxitos de un hijo desde lejos.

Entro a la librería y lo veo ahí acostadito. Entre Ken Follet e Isabel Allende. Todavía creo que le tengo que pagar a alguien o que me va a llegar una factura con “honorarios profesionales por cuidar a su libro para que se las pueda echar que Usted ahora viene en papel”. No ha sido el caso.

Miro el libro un par de veces. En mi mente lo saludo y todo. Como no lo puedo comprar porque sería ilógico, me doy una vuelta para ver los demás libros de otros autores que seguramente se pasean por las librerías para visitar a sus hijos abandonados.

Veo como un señor se acerca al estante donde está mi libro. Me escondo cual Dick Tracy, detrás de la estantería donde reposan los libros sobre biografías. Me encanta ver como la gente llega a un libro en particular. Comienzan por el primero en la mesa y los van tocando con un dedo, mientras caminan. Como si la energía del índice les dijera “take me home”.

El señor pasa por encima de la cara de Titina, las piernas de Margarita Zingg, bordea el nombre rebosado de Ken Follet y se detiene junto a mi libro. Emoción. El potencial comprador levanta mi libro y mira la portada con detenimiento. Bien, todo bien.

Voltea el libro y comienza a leer la contraportada. Siete segundos después sonríe en la instrucción cinco. Excelente. Sigue leyendo hasta llegar a la última de las instrucciones. Voltea el libro de nuevo, mira la portada. “Cómprelo, cómprelo, cómprelo” pienso. El hombre vuelve a poner el libro en su sitio y sigue con su camino. Demonios.

Así se debe sentir Charlie Brown de haber sido autor. Tampoco es que me puedo acercar al comprador anónimo a decirle: “¿Qué más?”. Eso es acoso literario que raya mucho en Herbalife. “Pregúnteme como”. Camino hacia la puerta de la librería para salir. En un momento de protagonismo compulsivo, agarro el libro de Ken Follet, el cual está expuesto de manera horizontal. Lo acuesto y levanto el mío. Ken Follet se puede dar el lujo de estar acostado en Venezuela. Yo no.

¿Cuántos libros levantamos y volvemos a poner en su sitio? Es cierto eso de que uno no puede juzgar un libro por su cubierta pero si los libros tuvieran voz, el ser llevados del mostrador a la caja debe ser un momento: “y yo y que “quéeee, nooooo que fiiiino”. Los demás deben verlo con envidia. Como los cachorros en las maletas de los carros que venden los domingos en los automercados. Adiós tú que tuviste suerte. Mañana, serás leído.-

3 comments:

Coraline said...

buen post, pero seguritico que no fue nada personal!

marianne said...

Este post es demasiado Little Orphan Annie. Es que me imagino a los demás libros con cara de decepción cuando elijo el que voy a comprar.
Todavía no consigo tu libro. Tengo que recordarme ir a Tecniciencia.
Congrats Toto!

Mel said...

Yo jamas dejaria tu libro! mas bien estoy loca de que llegue el sabado e irlo a comprar a un bazar, como pa que te quede mas ganancia a ti y no a tecniciencia! Ni sabia que existias, ahora soy tu fan! si te veo por ahi quiero mi dedicatoria larguiiiiiiiisima tambien! me enamore de ti cuando dijiste que querias ser millonario! en el programa de nelson bocaranda! Hombres asi son los que hacen falta en este pais! suerte suertisima! a ese libro le va a ir muy bien y habran mil volumenes como cuentos! ahora te dejo para seguir leyendo el blog en vez de trabajar!

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