Sunday, December 26, 2010

El Cambio


No sé si llegó la Navidad. Lo que sí sé es que llegó el Cambio. Vestido de rojo o de gris nube, cualquier color sirve. Lo cierto es que no me dejó. Como un homosexual reprimido que llega a Narnia y lo devuelven diciéndole: “papito es pa’l otro lado del closet que tienes que salir”, la Navidad me dijo: “no te pongas medias que la foto es tipo carnet”.

Empecemos por la decoración de mi casa. Yo me di cuenta que mis papás tenían algo que ver con el Niño Jesús porque veía las fotos de San Nicolás cuando era chiquito y no se veía tan idiotamente feliz como este par de progenitores decorando la casa. Todas las casas ponen un nacimiento. Aquí construían una ciudad.

Siempre digo que la escasez del musgo se originó en la Quinta Buena Vibra. El nacimiento de mi casa era tan grande que podías caminar por dentro de él. Con el Niño Jesús puesto desde un principio porque eso de esperar hasta el 25 era motivo de perder la cajita donde quedaba envuelto los otros once meses del año.

Un año se pasaron con la tecnología y sustituyeron el río hecho de papel lustrillo con un río de verdad. Con una cascada incluida por donde se deslizó mi muñeco de Orko el de He-Man, hasta que me regañaron porque tumbé a uno de los reyes magos y le quebré la cabeza. Ese año aprendí sobre la persecución iconográfica.

Desde hace unos cinco años para acá el nacimiento se ha venido haciendo más pequeño hasta llegar a un punto en el que no existe. Igual con el pino de Navidad. Luego de varios ensayos de pinos caídos (a las dos de la mañana que se caiga un pino no es beneficioso para ser hijo de mi madre), compramos uno artificial.

Como somos exagerados, ocupaba las dos plantas de la casa. Pero después nos pusimos nostálgicos porque no olía a pino y vinieron los pinos “Torres Gemelas”. Las terroristas eran mis perras que ocasionaban que el pino se viniese abajo. Hoy, no hay ni siquiera hay uno dibujado con creyón en la nevera.

Los 150 muñecos de la historia de Dickens que comencé a coleccionar luego de un viaje a Maine están por la casa. Bibi mi amiga les dice los “merry cocksuckers” porque están todos con la boca abierta pero a mí me parecen de lo más navideños. Inexistente, la colección de cascanueces de mi papá. No hubo tiempo o de repente fue la flojera o quizás es que todos estábamos o enfermos, hospitalizados o pariendo pero aquí no provocó que llegara San Nicolás.

Añadido a los estragos del Cambio en la decoración, el Cambio también se llevó a parte de mi familia. Cierto, algunos se fueron a bonchar en la cena navideña del Cielo pero los vivos, se los llevó la inseguridad o la persecución hacia otras tierras. Skype es una bellísima excusa para no sentir el Cambio pero hay que hacer un ejercicio mental para no recordar los abrazos del pasado.

Hay más comida y más caña porque las medidas son difíciles de re-adaptar cuando se viene haciendo la misma fiesta para un arsenal. Pero la pea romantica puede todo y siempre hay una canción que me pone a pensar: “si tan solo Cousin Gus o la Tia Terrorista estuvieran aquí”. Es distinto.

Para más colmo, el Cambio trae la nube pavosa. Aquella que causó estragos en Caracas el 24 de diciembre. Parado en la cola de taxi pues no podía caminar cinco cuadras por culpa de la lluvia, veía como las mujeres se iban montando las bolsas de Auto Mercados Plaza en su cabeza. A nadie se le ocurrió llevar paraguas. ¿Cuándo en la vida ha llovido en Caracas un 24 de diciembre?

Un viejo parado al lado mio veía al Cielo y preguntaba: “¿Pero qué es esta pava tan grande que nos tiene Papa Dios en Caracas? Compartiendo el taxi con tres personas para llegar a mi casa, el sentimiento fue el mismo. La pava, la pava, la pava del Cambio.

La noticia del 25 de diciembre es que Carlos Andrés Pérez muere. Un bastión más de una vieja democracia que jamás fue perfecta pero que no ahogó las tradiciones ni a la familia en este ácido sulfúrico llamado Cambio. Como John Addams y Thomas Jefferson (muertos el mismo 4 de julio), comparte con Rafael Caldera el hito de irse un día de Navidad. Sin funeral de Estado ni condolencias públicas. Aquí los presidentes todos mueren como forajidos. El Cambio se niega a reconocer que hasta lo malo, bien merece un funeral digno.

Lo irónico es que no es depresión ni tristeza lo que siento. Más bien es asombro la sensación que me embarga. Un diciembre que pasa y nadie lo siente no es un buen presagio para los diciembres que están por venir. El Grinch no pudo robarse la Navidad, el Cambio tampoco. Ésta llegó en su mínima expresión y se gozó con lo que hay para celebrarla. Pero asusta. Asusta que esto sea el amanecer de la decadencia y que en un par de años, no quede más nada sino el Cambio hecho Ley.-

3 comments:

Anonymous said...

Si! Asusta!

alei said...

A mi este Diciembre me pareció caótico, ya veo q no fui la única q lo sintió distinto.
Me mató la frase del closet !! jajajaja

Ira Vergani said...

OMG...

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