Monday, December 6, 2010

¿En qué se parece un Bazar al CNE?


En mi countdown de los sifrinos menciono que una de las cosas más sifrinas es ir a embarrarse en un bazar de la ciudad. Por la boca muere el pez, pues este año no solo me tocó ir a los bazares caraqueños sino participar en ellos como expositor. Me gusta decir que soy un sobreviviente de los mismos. Estar en un lugar rodeado de ochocientas mujeres a la carga por la adquisición de alguna pieza de bisutería enviaría a cualquier minero chileno a lanzarse de nuevo por la mina donde estuvo preso. De clavado.

Cuando aún los Cuentos de Sobremesa era un producto similar a las galletas metidas en latas rojas, la Zubi y yo llegamos a la conclusión de que ir a los bazares a vender el libro era una buena opción para hacer colchón con la venta en librerías. Desde el principio venta en bazares brindaría no solamente un contacto directo con el público sino una súplica misericordiosa a cualquier señora que nos conociera para que nos comparara el libro.

Nada de esto pasó. El libro arrasó en los bazares sin necesidad de arrastrar a nadie. El problema es que me arrasó a mí también. Estar en un bazar como expositor es como ser miembro de mesa del CNE. Tienes que despertarte al alba, cargar cuarenta cajas y quedarte de pie durante más de doce horas atendiendo a los electores. En este caso, los electores son mujeres, mujeres, mujeres y el pobre marido que lo mandó la mujer, demandando el libro con su correspondiente dedicatoria.

Antes de mi iniciación en los bazares, juraba que podía montar mi mesita estilo tea party, con un pendón que mandamos a imprimir para el debut social y que la gente se podría sentar a echar cuentos. Nadie me preparó para la regla del metro. El metro es lo que mide el stand. Allí caben exactamente tres torres de libros, una engrapadora y con suerte espacio para poner una lata de refresco.

En el Country nos tocó al lado de Maui a quien apodamos “La Invasora”. Ella vendía carteras, sobres y todas esas cosas que le da la mamá de uno para meter el traje de baño mojado pero que nunca usa. Cada hora, su mercancía iba invadiendo mi metro. Sin contar que la socia estaba en estado por lo que había que albergar a la barriga incipiente. Del otro lado las hermanas Azpúrua vendiendo unas esculturas de la Torre Eiffel. Propicio para decirle a todo el mundo que el libro de Toto se encontraba, al lado de la Torre Eiffel.

Los autógrafos del libro los hacía con todo el gusto del mundo. Aún a estas alturas que te pidan firmar algo es demasiado “soy un nominado al Oscar” así que quien lo pedía, se le firmaba. Lo cómico era que mientras el libro se iba poneindo de moda, la gente compraba más libros. Hubo tres señoras que me llegaron con listas de dedicatorias. Una que me compró siete libros por lo cual tuve que sentarme a dedicárselo a “Fernando y Matilde, a Margarita, a Pedro, a la Señora Migdalia” y así. Muy orgullosamente digo que la firma “TOTO” es única. Ya para la número veinte, cualquier garabato con dos “te’s” servía.

En los bazares la venta no es directa. Tienes que llenar una factura y el comprador va a una caja, paga y luego se devuelve para retirar el producto. Eso era horrible, primero porque no sé hacer facturas. Eso nos obligaba a sacar cuentas de cuántos libros habíamos facturado para no pasarnos. Eso también implica que nos teníamos que esperar hasta el final del bazar con bolsas y bolsas de libros para que la gente los retirara. Casi todos se portaron bien. Hay unos enemigos del régimen que facturaron y se largaron sin decirnos que no se iban a llevar el libro. ¿Cómo cuando Tibisay no daba los resultados? Bueno así.

Lo chévere es que conocí a un gentío que vendía sus productos. Nos veíamos siempre en los bazares y me daban paté, galletas y tortas para vencer el hambre. En el del Merici me senté a ver las gaitas. Eso es otro nivel hoy en día pero debo decir que a las Ursulinas las tienen que contratar para la televisión porque eso ya raya en lo profesional. Con lo que si no pude fue con el nuevo fenómeno del bazar, la ropa para muñeca que viene con el uniforme del colegio. Me explicaron que es para una muñeca que da la hora, cuyo nombre no recuerdo ahorita y que “ayy no te burles que es cuchi”. A mí me pareció satánico. Se los dejo a su propia conclusión.

Para cuando se acaba el bazar, no eres gente. Yo terminé en todos enfermo, sudado, muerto de hambre y con la mano rayada de tinta negra. Embalar, cargar el carro y manejar hacia la casa era de soldado herido luego de la batalla. Las voces de señoras gritando “Toto” mil veces eran como para no volver a ver una mujer en tres días. Todo valió la pena y se vende bastante. Sobre todo porque parte del porcentaje de las ventas va para causas que me parecieron lo máximo. Ahora, hay que pensárselo bien a la hora de crear un producto para la venta decembrina. O si no contratar a la Zubi que es una experta en estos menesteres. Sin mi observadora internacional, yo seguiría debajo de una mesa buscando facturas perdidas.-

2 comments:

Mariana said...

Jaja debo agradecerte porq este raton que te me cargo, si un lunes, bueno el punto es que estos post de hoy hacen que pase el rato rapido en la oficina a pesar del inclemente, yo siempre me he negado a ir a esos bezares pero esa muñeca como que movio mi lado creepy y quiero verla, jaja! y con el post anterior del libro comentare aqui porq quiero, en mi opinion todo esta exelente pero eso de que los sifrinos de "caracas" deberias expandirlo, aplica aqui tambien, no hablamos igual pero si vamos a la playa con topperware, marchamos con columbia, en este momento tomo tylenol de miami, etc, es lo que yo pienso, por cierto soy de maracaibo, disculpame ya dejo de escribir porq creo o mejor dicho estoy segura que aun tengo alcohol en la sangra. bye que pena ajena!

Anonymous said...

Epa! esa muñeca es una impostora! las medias van a la rodilla! POR DIOS QUIEN HIZO ESO?

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