Thursday, January 6, 2011

La Inutilidad del "Gracias por venir a conocerme"


No hay nada más inútil que un recuerdo. Que lo diga yo es un paso grande para mi propia Humanidad. Una persona que tiene cajas y cajas llenas de cartas, fotos, invitaciones y anotaciones en servilletas metidas en su clóset sin saber qué hacer con ellas, no dice esto a la ligera. El problema no es revivirlos. Siempre es sabroso darse un paseíto por los días de vino y rosas. El conflicto es que mientras más viejo me voy poniendo, más son las cajas que voy llenando. El tema de la recolección de memorias no es un tema de olvido como lo es un tema de ocupación de espacio.

Estoy en esos trances «robotinescos» de limpiar mi cuarto y mi oficina para deshacerme de cuanta cosa no usé en el pasado. La máquina para anotar etiquetas del año 1997 sigue intacta. Esa que parece una pistola con un abecedario rotador para que puedas escribir un nombre. La echo a la basura cuando me doy cuenta de que en mi vida he etiquetado algo que no sean mis carpetas en la computadora. Fuera todos los mapas, el walk man, rollos completos de papel de fax y agendas telefónicas con números de casas en las cuales hoy te atienden los padres. Todo eso lo tengo en mi celular.

En una de las gavetas encuentro un recuerdito de un bautizo. Es un portarretrato azul con un barquito de plata en la parte superior y la foto de un bebé nada agraciado en la parte inferior. No dice quien es el desafortunado por ninguna parte pero da la posibilidad de quitar la foto para poner a alguien cercano a la familia. Lo veo y sólo pienso: que gastadera de real. Madres que se fajan en hacer recuerditos y regalitos de salida para que dos, cinco o diez años después gente como yo no tenga idea de quién es el gordito de la foto.

Por ser Día de Reyes, he llegado a la conclusión de que el único recuerdito que de verdad no tiene pele es aquel que hizo la Virgen María para aquellas personas que fueron a visitar a Jesús. Para empezar, todas las tarjetas de «Gracias por venir a conocerme» tienen algún símbolo religioso en la parte de arriba. Por lo general, un dibujito de la Virgen con su hijo. En el caso de María, es probablemente la primera Polaroid conocida en la Historia. Si ella es la Mamá y él es el Hijo que sale en todas nuestras tarjetas, pues de cajón que se hizo un PhotoBooth autóctono para adornar sus tarjetas.

Por otra parte, esa tarjeta ha debido ser complicada. Imaginen el texto: «Jesús de la Chiquinquirá. Nací el 25 de diciembre a las 12:00 de la noche en el garaje del Belén Inn. Mis padres: María y … bueno y que si José.» Esa tarjeta no se le olvida a cualquiera. Es como cuando en las tarjetas de matrimonio todos los papás están divorciados y a la hija la cuidó una tía e incluyen a una chorrera de gente como si fuera una esquela de entierro. No los juzgo pero tampoco es fácil de olvidar. A fin de cuentas, siempre digo que si me llego a casar, en mi tarjeta de matrimonio tiene que salir Josefa.

Lo de Jesús no es nada fácil. Menos cuando María y José andan en una de asilo político por todo el territorio para que no le maten al hijo. ¿Puede haber un regalo más engorroso que oro, mirra e incienso? Los guardas en una paquita es verdad pero si los Reyes son como mis tías mariconas, ese tipo de regalos vienen metidos en unas cajas sensacionales que duran años rondando por la casa porque –parafraseando a mi señora madre- «da como pena botarlas». Los tres Reyes Magos se guardan su tarjetica de «Gracias por venir a conocerme» en algún bolsillo de la túnica y muy difícilmente olvidarán con el tiempo que fueron a conocer a Jesús. María sin embargo tiene que montarse en una mula con un chamo, la pañalera y una parafernalia de ollas y regalos para seguir con su curso.

Los recuerdos tienen que comenzar a digitalizarse. Fotos en periódicos, servilletas que recuerdan a algún baile, cartas y demás parafernalia que sólo agarran polvo hasta que llega un momento inevitable en donde pasan a la basura por no poder identificar el origen de su sentimentalismo. Estar rodeado de cajas da una sensación que se ha vivido pero no por ello llega un momento en que su única utilidad es como te sirven para encarar el presente.-

3 comments:

Mariale divagando said...

Durante la adolescencia guardé por años una caja de zapatos a la que llamaba "la cajita importante", contenía tarjetas, cartas, fotos, entradas de alguna película vista en 1999, algún envoltorio de chocolate que me hubieran regalado...

Imagínate cómo la cuidaba, que cuando me mudaba (y me mudé 6 veces en 5 años), mandaba el joyero que había pertenecido a mi abuela en alguna de las cajas que iban en el camión, pero mi "cajita importante" iba en mi regazo en el carro, y la ponía con mis propias manos en la gaveta que le destinara en mi nuevo cuarto (y sí, tenía una gaveta pa' ella sola).

Hace un par de años estaba buscando un documento y me encontré la cajita llena de polvo; me puse a leer todas las cartas y no podía creer lo pajúo que es uno a los 15 años...

Doña Treme said...

Yo no sé si he perdido romanticismo, pero la vaina me parece antiecológica! A lo mejor me marcó Wall-e. Me parece atroz gastar dinero en objetos inútiles que de paso son para los recuerdos más nefastos... mi tía repartió mini niños Jesús en el primer aniversario de la muerte de mi abuela, gracias....

CLARA said...

Muy interesante el tema...muy bueno tu blog.....te invito a que visites los mios: http://violetadia.blogspot.com/ y http://virtualmenteadicta.blogspot.com/.

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