Monday, February 14, 2011

Amor con fecha de renovacion


Cumplieron treinta y cinco años de casados el sábado pasado. Rutinaria felicitación, regalito de él para ella, cena con los hijos, beso, él se acuesta y ella ve televisión. Celebraron sus quince años de nupcias hace un mes. Dejaron a los chamos con la tía, viaje a Europa, tarjeta de CADIVI rechazada en Galerías Lafayette, cena, hacen el amor, él lee a Dan Brown, ella a García Márquez. Cumplieron diez años de entendible convivencia. Cita en la peluquería, mensaje en el celular: “Reservé en Aprile. 9:00 p.m. TQM.” Él llega corriendo de la oficina a vestirse. La sorprende a ella acostada. Con él único peluquero en la ciudad que no es pato.

Llegaron por fin a los cinco años de matrimonio. No piensan hacer nada. Él tiene una presentación al día siguiente, ella no cabe en el asiento del copiloto por culpa de la barriga. Doce meses de aprendizaje sobre la posición idónea de la tapa de la poceta. Acordaron no regalarse nada porque andan atrasados en el pago del alquiler de la excusa de apartamento donde viven. Acaban de salir de la fiesta de su matrimonio. Ella se pone una pijamita sencilla pero atrevida que se compró como parte de su trousseau. Sale con pose de felina nerviosa al cuarto. Él yace con la camisa del frac entre abierta y en bóxers. Mandándose un cambur que vino en la cesta de frutas de regalo.

Pregunta. ¿Para qué sirve la longevidad del matrimonio? Los matrimonios, como toda licencia civil, deberían venir con una fecha de vencimiento y renovación. Pensémoslo, las licencias de conducir expiran. Cada diez años uno tiene que volver al Instituto Nacional de Tránsito Terrestre a renovarla. La cédula de identidad – nadie entiende por qué- tiene fecha de vencimiento. Como la leche. Ni hablar del pasaporte, que bastante cuesta volverlo al conseguir. El gestor de pasaportes, como los proxenetas, siempre tiene clientes.

En todo acto civil, recae en la persona decidir si quiere continuar gozando o no de los beneficios que dicha licencia le trae. Si uno no ve el punto de seguir manejando en una ciudad en la que ya las horas pico son un mito, sencillamente no renueva su licencia de conducir. Si uno decide no viajar más al exterior, por imposibilidad económica o porque está decidido que Valentina Quintero debería ser beatificada en vida, pues no se renueva el pasaporte. Ese es el meollo del asunto. Si en todos nuestros actos civiles tenemos el pleno poder de escindirnos de un contrato por cuestiones de vencimiento, entonces ¿por qué no podemos hacer lo mismo con el matrimonio?

No apostamos al pesimismo. Hay parejas que funcionan. La perfecta, la cursi, la sexual, la amistosa y la felizmente separada. Son aquellos que le pasan los años y aún se siguen agarrando la mano al salir del cine. Existen los cuentos de amores eternos. Sesenta años de feliz convivencia en la que el divorcio (a diferencia del asesinato) jamás pasa por la cabeza. Eso es una belleza y es lo que toda infanta que se monta una sábana en la cabeza se imagina que le va a pasar en un futuro. Las niñas no juegan a las divorciadas. El hombre se tarda en darse cuenta de los beneficios de la vida en pareja. O su propia madre le pide el divorcio y lo bota de la casa o se da cuenta manejando después de dejar a la novia que no puede pasar una noche más sin estar arropado en la misma cama que ella.

El ser humano tiene la virtud de enamorarse perdidamente. Por eso es que es exitoso ante las demás razas. Pero, en un mundo donde un poco menos de la mitad de los matrimonios terminan en divorcio, la connotación religiosa del acto eclesiástico en el que “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” parece eterno. ¿Qué pasa si por mala leche uno termina casándose con una mujer insufrible que entra al Libro Guinness con el record de haber vivido más años? La afección longeva puede que remedie todos los males cotidianos pero también están los que lloran dentro de un baño porque no soportan ni como la otra persona respira. Si es así ¿para qué jugar ‘Sardinas en Lata’ por el resto de la vida?

El amor es el sentimiento más sobreestimado de todos. Se da por sentado y se banaliza en conversaciones tras anteojos subidos como cintillos en cafés de moda o en círculos ahumados junto a la parrilla de un domingo de hastío. Salvo los que se casaron por el marco de plata y el cotillón, uno apuesta a que la mancomunidad funcione. Una empresa contractual en la que ambos sostienen el mismo número de acciones, con una duración ficticia de unos noventa y nueve años. Pero ahí está la cosa. Pan Am cayó porque los accionistas eran otros. Traducido esto en términos de Maitena: la accionista nueva es Inés Duarte, Secretaria. La amante.

De acuerdo con los últimos datos suministrados por el Instituto Nacional de Estadística, para el año 2008 se sentenciaron en Venezuela unos 29.044 divorcios. 54 de ellos duraron menos de un año de casados. 7.527 (la media) aguantaron entre cinco y nueve años de matrimonio, mientras que otros 7.062 decidieron cancelar la celebración de sus bodas de porcelana -20 años- y más allá hasta completar la vajilla de la cual presumen aquellos viejitos que todavía bailan el pasodoble en el sarao nupcial del mayor de sus nietos.

Nos burlamos hoy en día porque los matrimonios jóvenes no duran pero alarma el hecho que los veteranos tampoco se soporten. Si lo más honesto que se le pueda decir a una persona en frente de un público es “si lo tomo”, entonces ¿por qué no se puede tener la conversación más franca con la persona a la que más se quiere en este mundo y preguntarse: “¿Le echamos pichón cinco años más?”? Una renovación de licencia, cuya vigencia está basada mutua y exclusivamente en el consentimiento de ambos. Decir que sí a la renovación, eso es amor. Decir que no, es más que amor. Es ser completamente sincero.-

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