Tuesday, February 22, 2011

Detrás del anillo de seguridad


Al Yimeil: por todo el correo de este fin de semana.-

Hay amigos que son como hijos de uno. El hecho de no haberlos concebido no tiene nada que ver en el teorema de la panadería (“pana” – “panadería”). Eso no importa, uno se ha tomado la tarea de educarlos cuando se portan mal, de agarrarlos por el brazo cuando se tambalean y de quitarles las llaves del carro cuando se tambalean demasiado. Ellos supuestamente hacen lo mismo por nosotros pero no nos hemos dado cuenta. Pónganse a ver y piensen en sus cuatro mejores amigos. ¿No sienten que han ido a todos los actos de fin de curso de esas personas?

Si vamos más allá de los eventos compartidos por todos como la graduación del colegio, de la universidad, el matrimonio y el bautizo del chamo, lo cierto es que si nuestro pequeño artista decide montar una galería de arte o una banda de rock, estamos “condenados” – por gusto y por obligación– a estar en primera fila. Con cámara en mano. No importa si el pana no sabe ni pintar con ‘Pinta Dedos’ o tiene una concepción del rock como aquel que involucra flautas de viento y pelirrojas con guirnaldas de margaritas en la cabeza. Uno lo aplaude y lo siente como si fuese suyo. Eso sí, sólo toma 6 fotos del acto porque tampoco “es que uno lo parió”.

Yo quiero a mis amigos porque me dan risa. Más nada. La gente me echa el cuento de que los amigos están en las buenas y en las malas pero yo no lo veo tan claro. Hay conocidos míos que llegan más rápido que cualquiera de mis amigos a los accidentes que he tenido en la vida. Los conocidos llaman y están pendientes y van a misa y traen sopa de apio como para alimentar a Namibia. Mis amigos hacen una llamada. La primera pregunta es “¿gravedad del caso?”. La segunda, “¿Cuántas tías con cara de tragedia apoteósica tienes a tu alrededor?” Por eso los quiero. Porque saben decir exactamente lo que necesito oír y comprenden que ellos son necesarios para el after party de mi tragedia.

Por eso soy patria o muerte con la extensión de la familia. Hace un par de años uno de mis amigos tenía una nueva novia a la que ninguno de mis panas soportaba. Por lo general, uno no se mete con los attachés de sus amigos. Por lo general. Pero esto fue demasiada bombita. Ésta trepaba más por las paredes que la bruja que secuestró a Rapunzel. A todos nos odiaba. O era penosa, no recuerdo. El hecho es que si «Mufasa» hubiese sido humana, ella sería la primera en llenar el casting.

Llegamos a una cuestión de la familia de él y allí estaba ella. Con cara de tarjeta de matrimonio, saludando a los tíos con reverencia magistral. Digamos que no le faltaba caminar con el dedo anular alzado porque se le veía en la cara que esa lo que estaba buscando era marido y mandarnos al resto a un internado en Suiza. Enter Toto.

Aprovechando que ella estaba en el bar pidiendo un consabido vinito blanco, me senté al lado de ella a pedir mi whisky con agua. Uno de esos intercambios “Ay hooola” que son fastidiosísimos pero necesarios con este tipo de gente. “Yatta, yatta, yatta sí, si que frío ha hecho en Caracas, el tráfico es un fastidio, el trabajo nos están explotando, disculpa amiga, ¿Qué crees que estás haciendo?” Ella trató de poner cara de Bambi perdido en la Francisco Fajardo pero le interrumpí la dramatización. “Vamos, tú y yo sabemos que andas buscando anillo. Se te ve.”

Ella trató de pararse, me ha debido pegar la verdad pero yo seguí con mi cuento. “Yo quiero que tú sepas que él tiene toda la intención de pasar por cinco más como tú. Luego se va a ir a hacer un postgrado, y después cuando haya pasado por cinco más como para despedirse de la fiesta, es que verá si se casa o no. Así que tómate tu vinito, goza pero bájale dos al dedo arqueado que ahí anillo, no vas a encontrar en este sarao”.

Hoy en día la actual esposa de mi amigo se muere de la risa con este cuento. Patria o muerte. No me jodan la junta de condominio. Mucho menos a mi anillo de seguridad-

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