Wednesday, March 2, 2011

Pensamientos a control remoto


Todos los hombres estamos claros en dos cosas. La primera, es que no hay nada malo que decir sobre Katy Perry. La segunda, es que si todos pudiésemos canonizar a un santo, beatificaríamos a la persona que inventó el control remoto. Una herramienta que logró que uno más nunca se tuviese que parar del sofá para cambiar de canal, bien merece una condecoración papal. Mínimo un aplauso. Cuando no hay partido, podemos ver lo que están transmitiendo en 130 canales en menos de un minuto y consideramos que eso es un programa de televisión en si mismo. Un momento a lo Al Bundy de zapping descontrolado en el cual Eva Longoria se mezcla con la lucha libre, la persecución policial de un ladrón a toda mecha y Patricia Janiot.

Ese momento de éxtasis puede interrumpirse porque se dañaron las pilas o que hubo un apagón. Los dos no se entienden pero se respetan. Lo que sí no tiene nombre y es una ofensa a nuestro deporte, es que venga una mujer a sentarse al lado de nosotros y decirnos, “Ay Gordito, déjalo en uno solo vale”. ¡Qué bolas! Mucho menos que nos vengan a parar un rollo porque nos han dicho tres veces que en media hora hay que buscar a la abuela fugada en algún casino ilegal de la ciudad. Anotado en el cerebelo, mami. Pero uno no despega la vista en la mitad de The Matrix, así por así. No somos como ellas, que para oír lo que le están diciendo, le dan a ‘Mute’ en el control remoto. En nuestra opinión, el botón más cruel y más pro-mujeres de todos.

Definitivamente no somos iguales en lo más mínimo. Si la estructura del pensamiento entre los hombres y las mujeres fuese igual, el silencio en el deporte del zapping, sería respetado. Pero no podemos pedirle peras al olmo cuando la posición de la tapa de la poceta constituye el factor primordial para el éxito de una relación en pareja. Ese empeño que tienen ellas por clasificar todo, como esas pantaletas ahuyenta hombre que tenían los días de la semana impresos para saber qué día ponérselos, nos confunde. A ellas, les enerva que nuestra practicidad y capacidad de pensar cada cosa en su momento nos lleve a voltear el interior, cuando no encontremos uno limpio que ponernos.

El que mejor ha explicado esta diferencia es un americano llamado Mark Gungor que se la pasa viajando por el mundo dando un seminario sobre las relaciones de pareja. Él dice que el cerebro de un hombre está dividido en cajas. Cada cosa está metida en su cajita y nosotros lo que hacemos es sacar la que necesitamos para poder sobrevivir el día. Así, tenemos la caja del dinero, la de la mujer, el carro y, escondida atrás en el fondo porque no queda de otra, la caja de la suegra. Cuando terminamos de usarla, la guardamos. Extremadamente cuidadosos que una caja no toque a la otra.

El cerebro de las mujeres, en cambio, es una maraña de cables interconectados en donde todo tiene que ver con lo demás. Sentir rabia porque se le colearon en el banco es recordarse que nos tiene que decir que está brava con nosotros porque dejamos el paño tirado en el baño hace dos noches y que ella no puede vivir con la injusticia en este país. Para ella, un discurso completamente lógico. Para nosotros, lenguaje entendible por las palomas. Todo el día se la pasa con los cables chispeando, maquinando emociones que poco tienen que ver con lo que está pasando en el momento.

Ahora, lo que más las vuelve locas en medio de su chispeo cual Vicky la Robot, es otra caja que tenemos nosotros en el cerebro denominada por Gungor como “La Caja de la Nada”. Es una caja donde, como su nombre lo indica, no hay absolutamente nada. Esa, es nuestra caja favorita. Podemos estar sin pensar por horas y horas, sin que eso sea el alegato para declararnos muertos. Existen deportes hechos específicamente para esa nada. Si no existiese, sería inexplicable nuestra afición por la pesca. ‘Nada’ nos entretiene y con eso somos absolutamente felices. Por eso nuestro amor devoto al Santo Control de los Remotos.

¿Entiende esto una mujer? Para nada. Uno no puede ser lo suficientemente tonto como para responder “en nada” a la pregunta “¿En qué piensas?” cuando se está viendo televisión. Primero, porque esa pregunta solamente se les ocurre a las mujeres. Un hombre jamás le preguntará a otro sobre lo que está pensando porque si no es sexo, comida o nada, entonces no es hombre. Segundo, porque de responderle “en nada” a una mujer, la llevará a ella a psicoanalizarse a si misma. No al hombre. A ella. Pensará en si hizo algo malo o si será que él tiene a otra. “¿En qué piensas?” se tornará de alguna manera inexplicable en pensar si él la quiere. Y son tan brutas, que salen de safriscas a preguntarlo. La pregunta más seguida a “¿En qué piensas?” siempre es “¿Tú me quieres?”

El hombre, porque se ha llevado chascos a lo largo de los siglos, sabe que ante eso debe terminar de hacer nada para sacar su cajita de “Respuestas a Preguntas Ilógicas”, verla a los ojos y decirle un rotundo “Sí, te quiero”. No porque le provoque decirlo en ese momento. Sino porque ha aprendido que con decir “sí, te quiero” la mujer se aleja sonreída. Un maquiavelismo de nuestra parte para poder agarrar el control remoto de nuevo y volver a nuestra caja de la nada, cuanto antes.-

2 comments:

Ora said...

Esto me recordó algo que escribí hace tiempo ya: ¿La voz femenina agota el cerebro del hombre?( http://miorayo.blogspot.com/2009/02/la-voz-femenina-agota-el-cerebro-del.html ) Las relaciones son un caos, y definitivamente somos distintos. Pero no podemos vivir el uno sin el otro.

Ira Vergani said...

Mira Juan Aguerrevere!!! las brutas, safriscas e ilógicas mujeres somos las que muy probablemente tengamos el poder de volver realidad tu misión de volverte millonario, porque tus cogéneres rara vez salen de compras! Así que behave y comienza a hablar bien de nosotras!

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