Wednesday, March 16, 2011

¿Quién dijo que Goethe no tenía sentido del humor?


Estoy en la biblioteca de mi abuelo. La casa estará puesta a la venta en los próximos meses y con ella se cierra mi infancia y se abre el baúl del recuerdo. Un ciclo perfecto en el cual se le da a otra familia la oportunidad de actuar su vida utilizando la casa como escenario. Ahora escojo los libros con los que me quiero quedar. Una vasta biblioteca de conocimiento que merece su puesto en una universidad pero de la cual yo gozo el privilegio de convertirme en su primer ratero. Prerrogativas de sangre me impiden voltear a ver si alguien me ve mientras meto los libros de mi abuelo en el bulto.

Tomo una copia empastada de Fausto. La cubierta marmoleada por dentro me hace pasar las páginas amarillas del texto de Goethe: «Me traéis imágenes de días felices, y algunas sombras queridas se alzan» reza una parte de la dedicatoria. Respiro hondo. Así es esta biblioteca, así ha sido esta casa. Abanico las hojas con mi mano derecha, comprobando el estado del libro. Un marca libro me interrumpe el llegar hasta el final. 

El marca libros resulta ser un sobre. Amarillento, en su membrete reza el nombre «José Luis Branger», mi abuelo. Adoro encontrar cartas en sitios disimiles. Algo que pareció terriblemente importante en su momento y que fue olvidado en un anaquel de libros para nunca más ser leído. Abro el contenido y me sorprendo. Adentro, una carta escrita en papel azul marcada con el año: «1960». Escrita a lápiz con letra de molde, los trazos infantiles se comprueban con el destinatario de la misma: «Querido Niño Jesús». Volteo la hoja para ver el remitente y sonrío. Una niña llamada Marisela quien crecería para ser mi mamá escribe la carta.

Me siento en la silla de mi abuelo para deleitarme con los deseos infantiles de mi madre en una Navidad en la cual ha debido contar con unos seis años. Allí está todo lo que una niña de su edad suele pedir: la muñeca que camina, un vestido blanco de piqué, tarjetas postales y creyones surtidos. Todo un cliché estándar de la época. Sin embargo son los alegatos del buen comportamiento que mi madre pone al final de la carta los cuales hacen que suelte la más grande de mis carcajadas:

«Querido Niño Jesús: (…) Yo me porto bien porque no digo ‘carajo’».-

Quien haya dicho que Goethe no tenía sentido del humor jamás supo lo que mi abuelo utilizaba para detener a Fausto.-

3 comments:

Ani said...

Que buena experiencia! Mucho mejor que encontrar las cartas de amor de tus ex en la caja de zapatos olvidada!

Sabri said...

Que bonito momento!! Todo un personaje tu mama, desde el inicio!! Saludos!

Emiliana said...

jajajajaja que cuchi! Que cool encontrar una carta al niño jesus escrita por tu mama!

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