Thursday, April 28, 2011

Un Aplauso a «nuestro» Guillermo de Inglaterra



Desde que en este país lo «social» pasó a ser «socialismo» y Sábado Sensacional dejó de traer a luminarias internacionales, la única escapatoria hacia un mundo de fantasía lo constituye la compra semanal de la revista ¡Hola!. Toda una biblia rosa en menesteres reales y faranduleros, la revista española nos ha regalado la posibilidad de familiarizarnos con famosos, sobre todo los venidos a menos, cuyas vidas nos ofrecen la posibilidad de escapar por algunos instantes del paupérrimo acontecer nacional.

Lo irónico de revistas de esta índole es que llega un momento en el cual terminamos pensando que la gente que aparece allí es familia nuestra. Mi señora madre jura y perjura de que las Infantas de España son sus nietas. En un almuerzo se vaticinó la separación de los duques de Lugo, se volvió trizas a la duquesa de Alba –es que no hay más que mirarla– y se aplaudió a Carolina de Mónaco cuando se lanzó el rumor de que había dejado al marido violento dormir su borrachera a solas.

Ya es tal el postgrado en farándula europea, que uno se puede dar el tupé de predecir si la revista va a estar buena o no con tan solo mirar la portada. Si sale la baronesa Thyssen-Bornemisza o Carmen Martínez-Bordiú significa que no pasó nada en España esa semana. Si sale la reina Doña Sofía es que la revista va a estar maternal. La aparición de Julio Iglesias quiere decir que Miranda está preñada de nuevo y si ponen a Estefanía de Mónaco, es porque en algún lugar del mundo, una mujer se quedó sin marido.

Este mes está dedicado al completo a Guillermo de Inglaterra. Protagonista él de su propio cuento de hadas, Guillermo desfilará mañana por la abadía de Westminster para contraer nupcias con su novia, la muy bella y plebeya Kate Middleton. Esto nos llena de orgullo porque lo conocemos desde siempre y lo consideramos nuestro. Haber nacido en el seno de una familia más locuaz que los Osbourne ameritaba que el príncipe saliera con el pelo verde, fuera miembro de la banda Korn y estuviera comprometido con un avestruz domesticado. No es así el caso. Para nuestro deleite, el príncipe Guillermo se ha convertido en uno de esos personajes que usan flux hasta en la playa y su incipiente calvicie nos demuestra que ni los Windsor se salvan de la mala genética.

Simpático el muchacho y generoso con su tiempo para las causas sociales, Guillermo ha representado para Inglaterra un soplo de aire fresco frente a las momias de Carlos y Camila que están más pasados de moda que un álbum de barajitas de «Amor Es…». La ¡Hola! se ha vuelto loca con lo que ha sido catalogado como la boda del siglo. Sobre todo porque en el dedo anular de la Middleton reposa la roca de compromiso de la difunta Diana. Un zafiro redondo rodeado de 14 diamantes montados en 18 quilates de oro blanco. En criollo, una garrapata bien comida disfrazada de corona de miss. Algo pavoso pero tradicional.

Juzgando por lo que sabemos del sarao, el Guille no la tiene fácil. En verdad la que no la tiene es Kate pero de ella que se ocupe su mamá. Lanzarse un matrimonio de este calibre, con las críticas sobre los gastos de la monarquía británica y en medio de un escrutinio público cada día más agresivo, no debe ser nada alentador. No hay nada normal en esta boda para Guillermo. Ni siquiera su despedida de soltero. Meter billetes con la cara impresa de su abuela dentro de la tanga de una stripper no puede ser catalogado propiamente como una noche de juerga.

Tampoco es que la pareja pueda aspirar a la normalidad. La economía británica espera recibir un aporte de $995 millones como consecuencia de la boda real. Las caras de Guillermo y Kate impresas en servilletas de té, platos conmemorativos, estampillas y hasta en una caja de condones –apodados acertadamente «Las Joyas de la Familia»– han hecho de estos dos tortolos un fenómeno de mercadeo del cual es difícil de escapar. Arrepentirse de casarse o peor aun manejar a la capillita más cursi para darse el «sí quiero» frente a dos testigos rascados como en Las Vegas, es la manera más fácil de descalabrar la monarquía británica para siempre. Por no decir la decepción a los más ávidos seguidores tropicales de las fantasías en el Viejo Continente.

Con todo y eso, porque lo queremos desde que comía hamburguesas en McDonald’s con su mamá, le deseamos lo mejor a Guillermo de Inglaterra. No somos parte de los 1600 invitados al ágape –somos Sarah Ferguson– pero nos pegaremos el «madrugonazo» de este lado del charco para ver las imágenes que nos ofrecerá en directo la BBC. Un príncipe por derecho divino y nuestro primo por derecho de farándula, allí estaremos presentes en el «felices para siempre» del Guille con la Middleton. Con la edición de la revista conmemorativa reservada en el quiosco, como buenos faranduleros que somos, porque sabemos que esa edición sí será de álbum familiar.-

Revista Climax - abril 2011.

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