Wednesday, May 11, 2011

La Inviabilidad de Salir con una Estrella del Porno

Revisando mi lista de 100 Cosas Que Hacer Antes de Morirme, me doy cuenta de que «Salir con una estrella del porno» corresponde más a los caprichos de mi adolescencia tardía que a un objetivo viable a futuro. No es fácil decir esto.

Coleccionista – ¿Quién no?– de una vasta biblioteca pornográfica, soy de la opinión de que todas las fibras ópticas de la Internet inevitablemente llegan a Jenna Jameson. Renunciar a ese sueño es duro pero hay que hacerlo en algún momento. De presentarse la posibilidad de ser novio de una estrella del porno, mi vida seguramente sería un calvario.

Vamos a suponer que conocí a mi estrella del porno por los medios convencionales. Alondra se llama, una catira despampanante con el cuerpo de Dayana Mendoza. Desde el mismo momento en que me declaro su novio, comienzan los problemas. Conmigo no. Si ella me escogió a mí es porque la trato bien y le soy una montaña rusa en la cama. Al menos eso es lo que me digo a mi mismo. El problema es con Ustedes.

Si considero que el 100% de nosotros vemos pornografía, tengo que asumir que el 100% de Ustedes ha visto a mi Alondra desnuda. Eso desencadena la paradoja del «si te he visto teniendo sexo puedo hacer lo que quiera contigo». Al ver a Alondra tener sexo de todas las formas posibles, el desenfreno cachondo de sus mentes pensará que ella puede ser suya y que yo simplemente soy un guevón de referencia, fácilmente reemplazable.

Eso conllevará a una golpiza con alguno de Ustedes en todos los lugares a los que yo lleve a Alondra para así proteger lo que es mío. En un restaurante le tendré que dar un empujón al mesonero por rozarle la camiseta al momento de poner su daiquirí sobre la mesa. Al comensal de la mesa de al lado le tendré que gritar: «¿Qué ves?» cada cinco minutos. Me sabe a bola si está sentado con su familia. Sé lo que está pensando porque yo pensaría lo mismo de él si su esposa estuviese igual de explotada que mi novia porno.

Es triste pero me tendré que convertir en el guardaespaldas de Alondra. Tendré que entrar con ella al confesionario, acompañarla al mecánico y hasta en su visita al ginecólogo. Si algo sabemos del porno es que cada vez que una mujer acude a un médico, éste la termina poniendo en cuatro. No habrá momento en el cual alguien no le diga algo inapropiado o le pida un autógrafo, en un intento fantasioso de bajarse los pantalones ahí mismo. Caerme a golpes será la rutina para proteger a mi Alondrita.

El problema está en que el porno –gracias al Cristo pero una tragedia para mi relación con Alondra– no se desvanece. Donde quiera que vaya habrá fotos o películas de Alondra, páginas Web dedicadas exclusivamente a ella. Incluso, un club de fans. Ustedes siempre van a estar allí. Me la puedo llevar a la frontera, cambiarle el nombre a María Magdalena y comenzar de nuevo. Pero la fama –sobre todo la desnuda– tiene su forma de penetrarse en los rincones más oscuros. Si la Internet llega hasta el Amazonas, no tengo escapatoria. Hasta en ese pueblo del coño voy a tener que tapar a Alondra con una burka para que nadie ande buscándole bulla.

Mis conversaciones privadas con ella tampoco serán del todo agradables. Con una novia normal, me tengo que abstener de hablar perdidamente sobre fútbol cuando quiera porque sé que ella no entiende mucho. Preguntarle a Alondra: «mi vida ¿cómo te fue hoy en el trabajo?» es tener que calarme una perla como: «¡Lo máximo! Hoy me acosté con todo un equipo de fútbol para una escena». Joder. Acompañarla a ella a su lugar de trabajo será peor. Ahí no sólo veré al equipo de futbol repetir lo suyo con mi Alondrita. También estará el vaquero, el ejecutivo, el astronauta y el profesor que han lamido el mismo pubis que yo lamo por las noches.

Si Alondra se llega a ganar un premio, la acompaño con gusto pues ir a una entrega de premios de la industria del porno es como los Premios Oscar pero con tetas. Aun así es inevitable que su discurso de aceptación sea catastrófico para mí: «Gracias a Rocco Vergadura por todo su apoyo en una escena tan larga. Y a Toto mi novio cuchi, te amo mi gusanito lindísimo». La ecuación no está bien.

Puedo si quiero mantener a Alondra en cautiverio y recrear las escenas más memorables de sus películas en mi Jacuzzi, mi calabozo y mi cama de agua giratoria. Pero hay que verle el sentido a la economía y a la realidad del espacio. Meter un Jacuzzi en mi apartamento de 50 mts.2 es tener que mudar todas mis pertenencias al pasillo. Tampoco es que puedo pedirle al conserje que me preste el maletero del edificio para recrear un calabozo lleno de látigos, cadenas y potros de gimnasio.

Es inevitable. Ni en público ni en privado puedo conservar a mi novia porno. Ha llegado la hora de despedirme de mi ilusión de Alondra y tacharla de la lista de cien cosas que quiero hacer antes de morirme. Está bien para la fantasía pero en la vida real es un desastre. Nadie quiere presentarle una mujer a su familia cuyo papá salga a decir: «Oye, yo te conozco de alguna parte y no sé de dónde». Menos, si Alondra le da por reírse y responderle: «Ay, suegrito ¡Estás pillao!». Adiós Alondra mi reina del porno. Espero que seas tan feliz como en tus películas.-

Revista UB - Abril 2010.

1 comment:

Matilde Amorell said...

Como has revelado que tu verdadera fantasía no es --SALIR con una estrella porno-- sino --CASARTE con una estrella porno-- Ha sido como leer a aquellas mujeres que aseguran que pueden tener sexo sin compromisos y terminan preguntando la clásica "papito pero tu me quieres?"... FOCUS! es SALIR con una estrella porno!!! Just for fun y tacharlo de tu lista!!

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