Thursday, June 23, 2011

El Armisticio del Sobaco

Una de las tragedias del crecimiento es cuando llegas a esa interesante edad en la cual te tienes que poner desodorante. Sí, esta entrada es sobre los sobacos así que pueden dejar de leer ahorita si les asquea el tema. Un beso, nos leemos mañana. Pero hay que hablarlo. En materia de olor corporal ¿qué pasó entre los 0 y los 12 años que no teníamos tufo y de repente de los 13 a los 98 sí?

Es ilógico por donde se mire (cierto, hay una teoría científica pero este tea party no es Wikipedia). Todo niño que se respete fue maratonista en sus buenos tiempos. Hasta el más inquieto corrió cien veces alrededor de una mesa de vidrio en el apartamento de noventa metros cuadrados de sus papás cuando estaba lloviendo o la mamá estaba demasiado enratonada como para llevarlo al parque. Todo niño suda. Incluso la versión La Pequeña Lulú de Bárbara Blade y el negrito fullero del comercial de Old Spice. Pero ningún niño ha tenido que preocuparse por andar con una barrita de Aquamarine en la maletica de Snoopy.

Con el tiempo, la barrita del desodorante pasa a ser un accesorio indispensable en el bagaje de todo ser humano (salvo los franceses quienes se entienden entre sus olores). Se puede dejar el cepillo de dientes en casa y uno resuelve con el dedo lleno de pasta pero el desodorante no. Los sobacos no perdonan el movimiento de los brazos. En programas como Survivor, la queja no es la falta de comida. Es el olor de los demás.

No hay nada peor que tener tufo. La señal internacional de subirse uno de los brazos de manera conspicua y pegárselo a la nariz es la sentencia a muerte de que el día de uno va a ser una mierda. Es Ley de Murphy que el tufo no pega en casa. Pega en plena Avenida Francisco de Miranda cuando uno corre para llegar a una cita con dos clientes. Por más que uno pida el baño y se eche jaboncito debajo de las alitas, el olor a portada de Algebra de Baldor se queda hasta que uno pueda resolver en casa.

Escribo esto porque me tiene molesto el hecho de que hayan descontinuado la marca de mi desodorante. Descontinuado siendo un término fancy para decir que no volvió a verse en los anaqueles de las farmacias. Eso me ha obligado a convertirme en conejillo de Indias de otras marcas que si bien no me han dado tufo, han hecho mi vida imposible. El mes pasado estuve con uno de talco cremoso. Ese comprobó que soy un lerdo a la hora de ponerme una camisa. Me enrollaba la misma, me la pasaba por los brazos y me la ajustaba hasta la cintura. Bingo, senda mancha de talco por el contacto.

Estuve con uno de spray pero me dio frío. Nada puede ser más ilógico que echarse un aliento de Dr. Freeze (Arnold Schwahrzedtemaid en Batman) por las mañanas. Me cambié a uno de gel. Es tremenda satisfacción tener arepas por culpa del gel. Produce una capa protectora más fuerte que el Scotch Guard, la cual hace imposible de secar. Ponerse una camisa mnga larga probó ser una tragedia. Por lo general, uno desabotona la camisa y hace un giro tipo María Von Trapp en la montaña con la tela para llevarla hacia atrás. En un nanosegundo, la parte de la camisa que cubre la etiqueta que dice wash, junto a los botones de repuesto, se manchaba. Éxito. No me dejaba asumir la elegancia ni semidesnudo.

Opté por otro que sencillamente se rindió con mi cuerpo. Tuvimos diferencias irreconciliables desde un principio. Uno de esos de bolita que sirven de maravilla. Que no manchan ni se pegan. Aun así, llegó un día en el cual decidió que no me iba a proteger más nunca. Se divorció de mí sin derecho a réplica. Se asqueó, pues. Poco importaron las semanas de convivencia con la misma marca. Ese desodorante me dijo «es mejor que lo dejemos hasta aquí» obligándome a cambiar nuevamente de marca.

Ahora estoy con el último. De barrita con talco, gel, loción y partículas de fibra óptica que balancean el PH mediante satélite molecular. Es el papá de los desodorantes. Sin olorcitos a colonias para promocionar marcas de diseñadores. Tampoco como los que se ufanan de secar al instante y chorrean como una estalactita con sólo apretar los brazos para escribir un e-mail en una laptop. Y yo le rezo al Dios de los Olores y la Sequía para que éste me deje quieto mínimo seis meses de mi vida. Que no me tenga que preocupar por camisas manchadas o arepas creadas artificialmente. Ese es el precio que pido por la inevitabilidad de ser gente grande: paz a mis axilas.-

4 comments:

Anonymous said...

Tots y el brand descontinuado? Maybe asi como le traen a Nina JollyRanchers de patilla pueden traerte como public service tu brand...

Isa said...

La versión femenina de esta historia cambiaría el desodorante por un shampoo.

Loved it!

Tuve un problema similar cuando viví en Bélgica y la solución fue Ipostel, jajaja

Gabriela said...

a mi parecer la versión femenina sería con las toallas sanitarias y la desaparición de ciertas marcas de los anaqueles.... uno pasa toda la vida buscando una que le vaya bien... y de buenas a primeras ya no la encuentras!

Anonymous said...

NOTESE QUE SOY MUJER, NO HE CONSEGUIDO A ESTA ALTURA MI DESODORANTE GEMELO, A LOS 13 ME SERVIA UNO DE GEL DE MI PAPA Y "JEDIA" A MACHO TODO EL DIA, POR AHORA OPTO POR BICARBONATO DE SODIO "JUANTA" CON MEDIO LIMON, HACE QUE EL DESODORANTE QUE USES TE SIRVA POR UN MES, SUERTE CON TU BUSQUEDA

PD: PLAN B: BOTOX EN EL SOBACO! LO MAXXXXIMO TAMBIEN.

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