Tuesday, July 5, 2011

Yo estuve en el Bicentenario (y no fue como Woodstock)


Querido hijo(s) futuros de Toto:

A estas alturas de mi vida no los concibo en mi cabeza pero en la casualidad de que lleguen a existir, pues les escribo. Hola ¿qué tal?. Yo soy su papá. A menos de que uno de ustedes nazca pelirrojo. Más adelante les escribiré sobre como poner vasitos de plástico en las ruedas de las bicicletas para que suenen como motos, como se prepara un Toddy y como no hay que pedir la bendición si no se quiere. Por ahora, solamente les escribiré para contarles que yo estuve vivo en el Bicentenario de la república donde me imagino nacerán.

Me encantaría contarles que fue como Woodstock. Busquen Woodstock. Sí, yo no estuve ahí. Pero siempre me ha parecido que todos hemos tenido que estarlo. Woodstock fue un concierto de paz y amor. Donde más gente se drogó y tiró que nunca al compás de beats de Janis Joplin, The Who y Creedence Clearwater Revival. Qué es drogarse y qué es tirar no es para que ustedes lo sepan. Y si lo saben no es para que lo hagan hasta que sientan que me lo pueden contar. Pero fue una manifestación de vida en la cual humanos que no se conocían celebraron una sola verdad: la música une a las almas de aquellos que están dispuestas a oírla.

¿Ya buscaron Woodstock? Ok, obviamente su papá está loco y no entienden porque los lleva a esta metáfora al hablar de una república. Les cuento. Un Estado, el cual conforma a una república, es un ente organizativo creado por el hombre para regular el territorio, la población y el gobierno de unas personas unidas únicamente por cuestiones de ciudadanía. Su funcionamiento depende de una constitución la cual dictamina lo que esas personas tienen derecho a hacer y a ser.

En teoría su aplicación debería ser siempre la misma, sin importar el gobierno de turno que ejerza la administración de ese Estado. La música del Estado, muy como Woodstock, es la comunión con la veneración de una historia multicolor y el respeto inequívoco de esos derechos y deberes en el transcurso del tiempo. Sin importar las diferencias o los gustos musicales, el Estado es la venia de un gran concierto donde todos están invitados a participar. Las entradas a ese concierto se llaman impuestos. Y aun cuando la música cambie en el transcurso de gobiernos o del tiempo, la gente siempre espera oír aquella maravillosa canción titulada Verdad.

El 5 de julio de 2011, hubo un Woodstock en esta república donde imagino nacerán hijos míos. Fue un gran despliegue de hombres y mujeres vestidos en regios uniformes de gala quienes desfilaron ante presidentes de naciones contiguas celebrando 200 años de plena independencia. Volaron aviones y helicópteros, y se desplegó la bandera por todas las esquinas de la república. Pero no fue Woodstock.

Cuando el pensamiento de un solo hombre decide cuales son las notas que se cantan, las consignas que se gritan y los ciudadanos que pueden presenciar los desfiles, no es Woodstock. Cuando soldados armados gritan consignas mono partidistas, no es Woodstock. Cuando se desdibuja la historia para contar solamente lo que nos ha traído hasta aquí, no es Woodstock. Cuando solo se muestran tanques y bayonetas para afirmar que somos una república basada en la paz y el amor a la justicia social pero que tenemos arsenal como para alienar a las guacamayas, no es Woodstock.

Woodstock es una celebración de la historia a través de la música que nos hace libres. 200 años de independencia plena para poder gozar bajo el canto de las notas que nos unen. De desfiles de ciudadanos ilustres, reinas de pueblo y serpentinas. Muchas serpentinas. Woodstock es charlas en plazas públicas sobre la importancia de ser libres. De continuar siendo libres. De honrar lo bueno y lo malo pues de eso estamos hechos los que comulgamos con la república. De cantos gloriosos de aquellos que se inflan el pecho para contar las verdades más nobles sobre héroes que no quisieron más que el poder ser libres. De ciudadanos pintados en colores. El color que uno escoja. El color que a uno le dé la gana. De unirse de manos con algún desconocido, pero compatriota al fin, y decir: «que divina esta sensación de estar como en Woodstock».

Nada de esos pasó hijos míos del futuro. Yo estuve en el Bicentenario de la República de Venezuela. Fui la persona afortunada de vivir la conmemoración de los 200 años de la independencia de una república donde imagino nacerán. Tuve la oportunidad de vivir una versión de Woodstock. Y lamento decirles que nunca me he sentido menos libre.

Toto, su futuro papá.-

2 comments:

V I D A ! said...

Me encantó este post patriótico Tots

zahaGc said...

WOW!
Que belleza de post y que ganas de haberme sentido en Woodstock, comparto como no tienes idea ese sentimiento.

Llegué a tu blog gracias al hashtag de Twitter de #NatalHouseAfterParty jeje y que bueno haber hecho click.
Saludos ^^

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